Reportajes

NAVAJO NATION

Son conocidos como Navajo, pero ellos se refieren a sí­ mismos como los Diné (El Pueblo). Conforman la segunda comunidad india más grande de Estados Unidos, con casi 300.000 miembros. La suya es una historia de raí­ces diluidas a lo largo de 1.000 años, marcados por el combate –bien con otras tribus, como los Apache, los Ute o los Comanches; bien contra la España de Carlos II o el gobierno de los Estados Unidos de América, con el que tomaron contacto por primera vez en 1846–, las relaciones comerciales y el durí­simo entorno desértico del suroeste de Estados Unidos. Actualmente, residen entre el noreste de Arizona, el sureste de Utah y el noroeste de Nuevo México, a lo largo y ancho de un territorio semiautónomo de 26.000 kilómetros cuadrados, gobernado bajo su propio Ejecutivo independiente, muchos de ellos todaví­a inmersos en una búsqueda de los restos más ancestrales, por así­ decirlo, de su identidad histórica.

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Siete (seis hombres, una mujer) son los primeros navajo que cogen una cámara entre sus manos. Lo hacen en 1966, bajo los auspicios del cineasta Sol Worth y el antropólogo John Adair, en un estudio sin precedentes  — la historia del cine Navajo, a dí­a de hoy, todaví­a se constituye en torno a primeros pasos– conocido como The Navajo Films en el que se pretende emplear el medio cinematográfico para comprender la manera en la que los Navajo ven el mundo. Desde entonces, su cinematografí­a ha sido una de las más intermitentes del planeta: apenas se tiene constancia de films navajos en los últimos 40 años, y hemos tenido que esperar hasta este año para ser testigos de una de las primeras pelí­culas rodadas í­ntegramente en su idioma. Se trata de The Rainbow Boy: conformado por un equipo técnico enteramente navajo, financiado gracias a la ayuda voluntaria de 295 donantes a través de la web de iniciativas Kickstarter y con un mecenas de excepción: el escritor y guionista de cómics británico Neil Gaiman.

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Pero en retrospectiva, son demasiados pocos films en demasiado tiempo, porque si atendemos a la concepción navaja de la realidad que nos transmiten las conclusiones alcanzadas por Worth y Adair, el cine y los navajo están hechos el uno para el otro.

TIERRA Y MOVIMIENTO

“Quiero ver algo que se mueve delante de mis ojos”, explica John Nelson, uno de los navajo seleccionados en el estudio. “Algo que he rodado yo. Haces una pelí­cula, y entonces se mueve hasta que ves cómo se ha hecho, como se desplaza… Si escribes un libro sobre ello, todo está quieto. Le das el libro a alguien, y aunque se lo lea entero, seguirá sin tener la verdadera imagen en su cabeza”, asegura.

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Como es una cultura enormemente simbólica, el navajo no tiene excesiva dificultad a la hora manejar abstracciones. Pero la llegada del cine le permite explorar una faceta que hasta el momento le habí­a sido prohibida: la representación de imágenes en movimiento. A través de ellas, muestran acciones fí­sicas, y con la persona como centro de sus inquietudes. Estos patrones son comunes en los siete cortos realizados por el grupo escogido por el antropólogo. “Los siete cineastas graban principalmente tareas fí­sicas –tejer, lavar la ropa, cavar un pozo– e invariablemente relacionan este proceso con el trabajo humano, y con la tierra”, apunta el analista cinematográfico Fred Camper, en un artí­culo del Chicago Reader, quien califica a estos segmentos como ” siete gemas de difí­cil acceso, que en general han pasado desapercibidas para los aficionados del cine experimental”.

Así­, en ‘La Tejedora Navajo’, de Susie Benalli y en ‘La Segunda Tejedora’, de Alta Kahn, se nos muestra el proceso de la creación de una manta india desde la recogida de la lana. El ‘Proyecto del Pozo Vací­o’, de Nelson, comienza con una bomba de agua en funcionamiento. El ‘Lago del Viejo Antí­lope’ de Mike Anderson presenta al mencionado lago no como una vista pintoresca, sino como parte de la vida de la comunidad. El más destacado es ‘Sombras Intrépidas’, si acaso porque su director, Alfred Clah, fue el único de los seleccionados que habí­a acudido a cursos de arte. El corto es un drama simbólico que comienza con la ruptura de una tela de araña, y termina meditando sobre la relación del individuo con la tierra.

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Datos como éstos regocijan sin paleativos a Worth y a Adair, quienes se muestran particularmente encantados de haber recurrido al cine como piedra de toque para cimentar su estudio (“En cualquier lugar donde se ha introducido este medio, la gente siempre se ha sentido fascinada. Las razones por las que el cine esconde un atractivo tan universal todaví­a nos son desconocidas”). Ambos están fascinados por la manera en la que los navajos interpretan el movimiento.

“Para los navajo, el movimiento no tiene un significado artí­stico”, apunta Worth. “El movimiento invade el universo de los navajos, impregna su mitologí­a, su sistema de hábitos, y su lenguaje”. Un indio navajo interpretará si te mueves al hablar, tus gestos, el desplazamiento de tus brazos, si aceleras o te detienes cuando caminas y hablas a la vez. Por ello, todos sus films tienen otra caracterí­stica común, esta vez referida al montaje. “Es habitual ver cortes cuando la cámara está en movimiento”, indican los autores, quienes recuerdan que, en esa época, esta forma de edición está prohibida en el cine comercial estadounidense. “Todos los expertos consultados coinciden en la dificultad de montar este material, pero todos los navajos que vieron los films coincidieron, por su parte, en lo bien [nijunieh] que quedaba”.

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¿Y el propósito de la narración?. Ninguno. “Todos los films excepto uno carecen de lo que llamamos ‘suspense'”, indican. “El propósito de las pelí­culas no consiste en culminar en una solución satisfactoria, sino en describirnos un viaje, una serie de movimientos que culminan en un evento. El suspense no es la cuestión. Lo que importa es el proceso de completar algo. Lo importante no es lo que va a suceder, sino cómo sucede”.

CUARENTA AÑOS DESPUÉS

The Rainbow Boy fue concebido originalmente por su director, el navajo Norman Patrick Brown, como un cortometraje nacido de la frustración durante su etapa en Hollywood, en la que trabajaba como asesor cultural, encargándose de señalar cualquier tipo de referencia errónea sobre su cultura en los guiones cinematográficos con los que trabajaba. “Habí­a veces en las que tení­a que tachar páginas enteras. Recuerdo que me decí­a ‘No, nosotros los navajos no hacemos eso… Esto está completamente mal… ¿De dónde se sacan estas cosas?'”, afirma al diario The Navajo Times.

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Brown se formó como documentalista, una tarea que combinó con un par de incursiones en la interpretación –se le puede ver brevemente en Arizona Baby, de los Coen– . Su obra era profundamente combativa (también lo era el propio Brown, quien reconoce que iba a todas partes con un revólver cargado). Su principal pieza, Poison Wind, describe los terribles efectos de la minerí­a de uranio sobre la población india.  Otros dos documentales, Horse Song y Rez  Hope, hablan de la diabetes y del abuso de drogas y alcohol por parte de los jóvenes navajos.  Con The Rainbow Boy vuelve al terreno de la ficción.

Navajo filmmaker Norman Patrick Brown talks about "Rainbow Boy"

El film narra la historia de Cazador de Águilas (Leland Greer), un guerrero navajo que “se ve transportado a nuestros dí­as y es testigo de la destrucción del mundo que profetizaron sus ancestros”. La pelí­cula está protagonizada por Leland Grass y Joshua Sandoval, en el papel de un joven contemporáneo con el que traba amistad. The Rainbow Boy incluye a unos 60 actores navajos, y la práctica totalidad del film se completó en noviembre de 2009. Sin embargo, la pelí­cula se quedó sin fondos, imprescindibles para grabar la banda sonora y añadir unas escenas adicionales.

Ahí­ entró en escena el proyecto Kickstarter: una contribución voluntaria hasta alcanzar la cifra de 15.000 dólares solicitada por sus autores, avalados por un teaser trailer y un tuiteo especialmente dedicado de Neil Gaiman, posteriormente repartido por otras 26 personas. Hay que destacar que no es pequeña ayuda: el microblog de Gaiman, cuya (simplemente extraordinaria) novela American Gods aborda entre otras la mitologí­a de los pueblos indios, cuenta con casi 1.470.000 seguidores.

The Rainbow Boy consiguió el dinero necesario en poco más de quince dí­as. Cabe destacar que la web oficial del film en Kickstarter garantiza a todos aquellos que hayan cedido al menos 25 dólares una mención especial en los tí­tulos de crédito del film –el proyecto, desgraciadamente para todos los interesados, ya se ha dado por cerrado–.

El film será estrenado a finales del próximo mes de diciembre en el cine El Morro de Gallup (Nuevo México). “Es para la gente de Gallup, porque el film va sobre la gente de Gallup y quiero que ellos sean los primeros en verlo”, asegura Brown, quien insiste, a lo largo de toda la entrevista con el diario local, que para él la única forma de representar fielmente al pueblo navajo pasa por contar con un equipo í­ntegramente formado por personas de esa misma etnia. Cuando el diario le sugiere que esa no es forma de conquistar Hollywood, Brown asegura que “la única audiencia que persigo son mis ancianos. Si puedo conseguir que mi madre sonrí­a, habrá valido la pena”.

NOTA: El estudio de Worth y Adair fue posteriormente recogido en el libro Through Navajo Eyes. Aquí­ lo tenéis en su integridad, repartido en capí­tulos en formato .pdf.

  • http://angeloydiabolo.blogspot.com/ Angelo y Diabolo

    asombroso, es una historia muy interesante q ademas no solo sirve para los nativos americanos si no para los colonos blancos q actualmente ocupan el pais, no todo empezo con la declaracion de independencia…. menos mal q los nativos americanos tuvieron que financiarla alli q si lo tuvieran q haber echo aqui no hubieran encontrado financiacion ni de coña…..

  • juan_mas

    Pues sí­ Bagauda. Lo que hicieron con los nativos fue bestial y lo peor es que después los que se consideraban ya hijos de América explotaron aún más los recursos y los pocos nativos que quedaban… Si es que el dinero, el ansia de poder y los conceptos europeos son una mierda.

  • Bagauda

    El problema no es que la historia la escriban los vencedores, es que ademas de escribirla la interpretan e imponen de forma avasalladora e impiden que la otra verdad salga a la luz

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