Críticas

127 HORAS

Quiero mucho a Danny Boyle porque cuando era pequeño me dio Trainspotting, para empezar, pero tiene que madurar de una puñetera vez porque es un director bipolar, una pequeña parte como la copa de un pino y otra que con el paso de los años está apoyándose cada vez más en aspectos visuales megabarrocos, videocliperos y tácticas propias de cineasta novato e inseguro y, lo que es peor, los está aplicando a historias que no lo necesitan. Pero por esta vez me voy a meter la lengua donde me quepa, porque 127 Horas no es tanto una pelí­cula sino una prueba de fuego en lo que a Humanidad se refiere: algo raro os pasa si nada más salir del cine no estáis abrazando a señoras mayores o cantando a los pájaros del cielo –y si no tenéis esa sensación, podéis echarle la culpa a DJ Boyle–, pero el caso es que me ha parecido una Feel Good Movie de libro de escuela (y, como tal, la primera vez que se ve es la que cuenta), clines en mano, con doble mérito al estrenarse en tiempos desesperanzados y amorales por naturaleza, donde al hombre moderno le da casi todo igual y el “casi”, en el fondo, tiene un valor temporal relativo.

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127 Horas es la historia de Aron Ralston, un joven senderista que acaba atrapado en mitad de un recóndito cañón del paisaje de Utah con un brazo machado por un enorme pedrusco. Es un film basado en hechos reales y podéis descubrir el destino de nuestro protagonista con un golpe de Google. Afortunadamente, se puede reseñar esta pelí­cula sin tener que revelar el final –tanto mejor porque, voy advirtiendo, los últimos veinte minutos son antológicos–. Los primeros quince, no obstante, sirven para varias cosas: para que el público se acostumbre al desquiciante estilo de su director –la pantalla partida en tres del principio no sólo se limita a los créditos–, la presentación de los fantásticos e irreales parajes de Utah –rodados no por uno, sino por dos dires de foto, con la vibración de colores a la que nos tení­a acostumbrados en Slumdog– y, sobre todo, para que cale en el espectador la idea de que Ralston es un chico muy majete. Amable, ligonzuelo, saltarí­n, hijo pelí­n alejado pero cariñoso (su papá es el gran Treat Williams) y en resumidas cuentas, profundamente vital (si esta pelí­cula, o RED, sirven como ejemplo de reacción a la avalancha de emoaventuras oscuras y deprimentes que llevamos comiéndonos dese hace meses, bienvenidas sean).

El caso es que al cuarto de hora, la piedra cae y salta el tí­tulo del film, en anticipo de 75 minutos totalmente desquiciantes en los que el director de Manchester decide transformar a Ralston –insistimos: mundano, cercano, buen chaval– en una especie de avatar del hombre moderno. Me explico: a lo largo de su tribulación, Ralston recuerda a amigos, familia, amantes y, sobre todo, examina la cadena monumental de gilipolleces que le han llevado a esta situación (nunca deja una nota, no avisa a las autoridades, no lleva GPS, ni teléfono satélite, ni absolutamente nada que pueda facilitar el descubrimiento de su paradero).

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En honor a la verdad, hay que decir que es digna de encomio la insistencia de Boyle y de Simon Beaufoy en recalcar la idea de que ser un completo imbécil no te hace acreedor a morir de forma tan agónica. Pero esta y muchas otras acaban reducidas a miseria porque el director británico decide que no tiene suficiente con narrar una historia humana y sencilla, sino que decide elevarla a aventura epi(lépti)ca y metafórica, hasta tal punto que Ralston amenaza con dejar de ser una persona para convertirse en una expresión de la desconexión humana, simbólica y literalmente. Una discusión entre Ralston y su novia transcurre en un inmenso estadio deportivo, concurrido por una multitud ajena a las tribulaciones de nuestro protagonista, completamente aislado del entorno; flashes de entornos urbanos poblados por transeúntes que se mueven a toda velocidad entre estaciones de metro, aderezado por si no te habí­a quedado claro, por frases como “esta roca me ha esperado toda mi vida” y similares. En lugar de limitarse a narrar una clásica odisea por la supervivencia y dejar que su mensaje transpire poco a poco a través de la historia, ya sabéis, como se hace en las pelí­culas, 127 Horas está a ESTO en convertirse en un Twitter, un programa de Saber Vivir, y un jodido experimento visual de medio pelo donde las ideas se apelotonan y se contradicen, como los que te montas cuando tienes quince años y acabas de ver por primera vez Al Final de la Escapada, y en la que como consecuencia vas y te cargas al único protagonista de la pelí­cula, pilar del film, piedra negra de La Meca, lo que queráis. En resumidas lí­neas: mierda seca.

Y entonces llega James Franco y salva la pelí­cula.

Colin Firth se llevará el Oscar porque con buena picha bien se jode y todos los aspectos de El Discurso del Rey funcionan para, por y hacia él. Además de ser muy buen actor, que eso no se pone en duda. Pero James Franco aquí­ lucha contra los elementos y sale victorioso simplemente porque saca a relucir una faceta que, entre Spidermans, Howls, SuperFumados y similares, no se le veí­a desde Freaks & Geeks: es un tí­o normal, que ha tenido la desgraciada circunstancia de nacer guapo. Supongo que es así­ porque no cogen a un cualquiera para rodar anuncios de Gucci. Pero, ¿quién es el primero que los parodia? El señor Franco.  Y su vena Chanante.

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Valga esto como ejemplo muy leve que palidece en comparación a lo que sucede en 127 Horas donde Franco realiza, simple, llanamente y se ha repetido hasta la saciedad pero por insistir que no quede: un jodido tour de force, que comienza con su reacción inicial de absoluta sorpresa tras el desafortunado (y realmente bizarro) incidente. Luego cambia sin solución de continuidad a hombre de recursos e infinita paciencia que intenta salir del embrollo, para terminar en monigote desesperado de los que acepta resignado su muerte y da la mano al entrenador contrario antes de acabar el partido (como Guardiola antes del gol de Iniesta en Stanford Bridge). En un contexto normal serí­a meritorio, pero aquí­ es de premio: por cada gilipollez que se le ocurre a Boyle, Franco tiene una forma de escapar –véase la forma en la que salva una bochornosa escena en la que reconoce lo tontolnabo que ha sido… interpretando una falsa entrevista en un programa de radio–.  Por cada vez que Boyle grita “¡¡¡ES LA HUMANIDAD!!!” armado con guiños musicales para todo el mundo (desde Withers hasta Plastic Bertrand, en presunto homenaje a la novia del prota, Clémence Poésy; lástima que ella no sea belga, sino francesa), Franco responde: “No, sólo soy yo”, y se  lleva agonizante la mano a la bragueta para intentar cascarse La íšltima viendo a las dos mozas que le han acompañado al principio del film –sucede, en serio–. De alguna forma, este actor consigue que no sea Aron Ralston quien está en peligro, sino el vecino de al lado, nuestro mejor amigo, y nuestro hermano. Quién lo iba a decir. Hay una tensión entre dos fuerzas en la pelí­cula, actor y director. No sé si es deliberado, no sé si es imprevisto. Pero es un contraste, contraste que genera una dinámica,  y la dinámica es F-A-N-T-Á-S-T-I-C-A.

Es tal el peso de Franco que para cuando el lado bueno de Boyle sale a la luz, la pelí­cula sigue en pie por increí­ble que parezca, a no ser que queráis analizarla frí­amente y sin alma, con su consiguiente ejecución y hoguera. ¿La escena esa que causa desmayos? Eficaz. Muy eficaz. No por la cámara en el cogote de nuestro prota, ni por la calidad de la prótesis, sino por los planos del rostro de Franco. Hitchcock decí­a que los actores son ganado y hay que tratarlos como tal, pero el Maestro jamás se vio en semejante brete, en el que una simple decisión de casting es capaz de nominarte una pelí­cula al Oscar o de machacarte, hasta tal punto que piensas que esta pelí­cula, con cualquier otro actor, habrí­a acabado en el videoclub. El gran Danny Boyle aparece en contadas ocasiones a lo largo del film, y sin disfraces nada más que al final, escogiendo –ahora sí­– la canción perfecta para el clí­max; y conste en acta que mi gusto por este director (ecléctico, siempre estimulante) nunca está puesto en duda –no hay un sólo tiempo muerto en el film, que nunca abandona sus propios términos y es caótico hasta el final– pero aquí­, en su mayor parte del tiempo, es lastre. Y no deja de ser curioso que un hombre que ha enfocado su film para enseñarnos las desventuras de la raza humana en general, haya terminado realizando una de sus mejores pelí­culas, y una de las más asombrosas, enternecedoras, horribles y extraordinarias experiencias cinematográficas que he disfrutado en meses gracias a una sóla persona. El maldito Daniel Desario. Oh, ironí­a.


Danny Boyle | Danny Boyle y Simon Beaufoy, basada en el libro Between a Rock and a Hard Place | James Franco, Cleménce Poésy, Kate Mara, Amber Tamblyn, Treat Williams, Lizzy Caplan. | Anthony Dod Mantle y Enrique Chediak | Jon Harris | A.R. Rahman | Suttirat Larlarb | John Smithson, Tom Heller, Danny Boyle, Christian Colson |
  • jutsu_ldz_

    sinceramente esta pelicula no me gusto nada :-)
    para mi la pudieron resumir en 20 minutos aunq pa gusto los colores

  • corgan

    Otro más para Sunshine.

  • verwirrung

    A mí­ me ha gustado. Mucho. Y apuntadme, porque Sunshine también me gusta.

    Lo mejor de la pelí­cula es el momento en que sale el tí­tulo (como 15 minutos después que el resto de los créditos), justo cuando se queda atrapado. La cara de perplejidad que se le queda a Franco, sin gritos ni gestos de dolor ni otros recursos más efectistas, simplemente cara de no entender una mierda mientras el tí­tulo aparece en el lateral… genial.

  • Jgarciam4

    Danny Boyle, en su anterior largometraje Slumdog Millionaire, ya consiguió sorprenderme y agradarme, y ahora con 127 horas lo ha vuelto hacer.

    Apoyado o reforzado en una banda sonora impactante y directa, consigue llevarnos por donde él quiere, cuando él quiere. Con un estilo o montaje poco convencional, como nos tiene acostumbrados, con momentos de inmenso ritmo, y otros de gran impacto, que a algunos espectadores les hará apartar la vista de la pantalla. También hay momentos que nos invitan a reflexionar sobre nuestros hechos, los vividos, los que estamos viviendo y los que viviremos.

    Aquí­ está claro, que el protagonismo no se lo lleva James Franco, el protagonista absoluto es el cañón, pues el director nos lo muestra desde todos los puntos de vista posibles, desde el interior hasta desde la vista de un pájaro, con todas las inclemencias meteorológicas.

    Una obra de autor, sobre una historia increí­ble.

  • Fare

    Pues ese era el problema de Slumdog Millionaire o como sea: queriendo recalcar la profundidad de la significancia de la vida como algo positivo convierte la experiencia vital en algo frí­volo y trivializado.

    En esta eso se relaja, por que el protagonista no es perfecto. En Slumdog sí­.

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