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HUMILDAD

HUMILDEMENTE:

Los compañeros de Las horas perdidas me han invitado a soltar unas palabras por aquí. Se trata de una oportunidad que me apetece muchísimo aprovechar. Soy consciente de que bastante gente me tiene anotado en su agenda como “Juanjo cacahuetes”, y es un sambenito que asumo con cariño.

Ese sambenito conlleva, no obstante, algunos efectos secundarios. Por ejemplo: Siempre me piden hablar sobre cine con cacahuetes, y cada vez me cuesta más decir algo sobre el tema que no haya contado ya una veintena de veces.

Con los amigos de Las horas perdidas quería esforzarme, encontrar algún modo en enfocar el tema que no resultara demasiado manido. ¡Eh! ¿Lo habéis pillado? MANÍ-do. Maní… ¿Eh, eeeh? Maní-do…

(sonido de viento…. rastrojo rodando…)

Creo que acabo de espantar a la mitad de los lectores. Ahora estamos en petit comité, así que os voy a desvelar una de las lecciones más importantes que aprendí en los cuatro años que tardamos en dar a luz Gritos en el Pasillo:

HUMILDAD

Evidentemente, no seré el primero en hablar sobre este tema, y espero no ser el último. Los que nos dedicamos a esta mierda tenemos un denominador común: El puto ego. Eso que conocemos como el mundo de “las Artes” es un sumidero en el que naufragan mil egos del tamaño de catedrales. Yo no me excluyo. Yo también tengo ego. Sí, yo. Yo, yo, yo, yo, ¡YO!

Existen egos de mil formas y colores dentro de este gremio. Algunos lo canalizan hacia la inseguridad, otros lo disfrazan de “huída hacia adelante”, otros se decantan hacia la tiranía y la soberbia – sin tapujos, con dos cojones – , otros se lo tragan como un chupito de bilis y amasan poco a poco un cáncer o una úlcera.

¡Y a pesar de todo, ese ego es tan, TAN necesario! Se trata de un compañero de viaje del que no podemos prescindir. El día que logremos destruirlo, todas las artes se irán a tomar por saco.

Yo (yo, yo, yo, YO) creo firmemente que la piedra filosofal de nuestro trabajo no consiste en desembarazarse del ego, sino en equilibrarlo, compensarlo a base de cultivar ese otro rasgo que mencionaba más arriba: La humildad.

Yo (yo, YO) os puedo recomendar de primera mano una buena terapia para trabajar esa humildad.

Paso 1: Créete el rey del mundo, decide sacar adelante un largometraje protagonizado por frutos secos, con poquísima gente y un presupuesto casi inexistente.

Paso 2: Intenta hacer realidad esa insensatez, sin contar con distribuidoras ni demás mariconadas (lo de “mariconadas” va por ti, Brett Ratner). Acto seguido, empieza a encajar las hostias que empezarán a lloverte desde los cuatro costados.

Paso 3: Estrena el resultado final. Y, una vez más, empieza a encajar las hostias – de otro tipo – que te lloverán desde los cuatro costados.

Terapia de choque, lo llaman. Creo que los “veintitantos” son la adolescencia del artistilla actual. Es un período en el que recibir hostias no es sólo asumible, sino también necesario.

Esa humildad se puede manifestar en nuestro trabajo de muy distintas maneras. YO no voy a hablar aquí de la humildad necesaria para aceptar las opiniones ajenas, ni de la que te ayuda a no ambicionar que tu nombre figure más grande que los otros en los títulos de crédito. Ni hablaré sobre la humildad de renunciar a la roulotte y conformarse con un café de máquina, en vaso de plástico.

A mí me gustaría hablar de otro tipo de humildad. Una que considero tan importante como los anteriores:

LA HUMILDAD NECESARIA PARA SABER RESPETAR LAS NECESIDADES DE LA HISTORIA QUE ESTÁS CONTANDO.

Cada vez estoy más convencido de un cosa: Las historias son casi como seres vivos. Organismos con unas necesidades concretas, que de algún modo piden crecer de una determinada manera y a un determinado ritmo. Si uno pega la oreja a la historia que está contando, podrá escucharla latir y respirar. O si preferís un símil vegetal: Son como plantas. Se despliegan en busca de su propia luz, su propia forma, su propio tono.

A veces nos cuesta asumirlo. Todos nos sentimos muy “autores”. ¡Somos los padres de la criatura, cojones! Tendemos a pensar que nuestra creación no tiene derecho a imponernos sus preferencias. Todo lo decidimos nosotros. Lo importante es siempre lo que a NOSOTROS nos apetece contar. Yo, yo, yo, yo, YO.

Es una actitud que me recuerda a la de esos padres que obligan a sus hijos a estudiar Medicina porque a ellos les hubiese gustado ser médicos. Esa clase de hijos suelen terminar del mismo modo en que terminan las historias a las que “obligamos a estudiar Medicina”: Criaturas disfuncionales, problemáticas, sin rumbo fijo, sin un sentido claro.

Voy a permitirme el lujo de ser un poco redundante: ¡Que las historias están vivas, joder! A mí me gusta llamarlo “el síndrome de Gepetto”: Empiezas tallando algo que consideras inerte y en algún momento del proceso, ese trozo de madera cobra vida. Te sorprende haciendo cosas que tú ni siquiera esperabas.

Es la magia del inconsciente. Las decisiones más poderosas a la hora de “crear” no las toma nuestro YO. Las toma una parte de nosotros más inabarcable, quizá más lúcida, aunque maneje materiales más oscuros. Parafraseando a Stephen King, “hay que dejar que los chicos del sótano hagan su trabajo”.

Lo audiovisual implica casi siempre un trabajo en equipo, y todos escucharemos frases como “Ya sé que no viene a cuento, pero a mí me hace gracia”, o “Para mí sería muy importante que…”, o “A este plano le sobran cuatro segundos pero, qué coño, lo voy a meter entero, que nos costó mucho rodarlo”. Si trabajáis en este sumidero, probablemente hayáis escuchado ese tipo de frases más de una vez. Yo cada vez que las oigo me echo a temblar. Son el vocabulario de quien obliga al niño a estudiar Medicina, de quien disfraza a su perro con un vestido horrible sin consultar la opinión del chucho en cuestión (teclead en google “perros disfrazados”. Sabréis a qué me refiero.

Y todo esto, ¿cómo se aplica a lo del “cine con cacahuetes”?

Pues veréis: En mi – espero que humilde – opinión, Gritos en el Pasillo es una peli en la que podréis encontrar las carencias inherentes a casi cualquier ópera prima de ridículo presupuesto (a veces me asalta ese pensamiento tan estúpido como estéril: “Ah, ¡si pudiésemos hacerla con la tecnología de ahora y con nuestra experiencia de ahora!”) Pero existen también muchos factores que hacen que me enorgullezca de esos Gritos y de cómo los sacamos adelante. Y uno de esos motivos de orgullo es la humildad con la que creo que todos los integrantes del equipo supimos adaptarnos a las necesidades de la historia.

Por si fuera poco, en un caso como el de Gritos en el Pasillo las peculiaridades del concepto implican que incluso la historia en sí misma tiene que adaptarse humildemente a exigencias que están por encima de ella.

A mí, por ejemplo, me hubiese encantado que mi primer guión de largometraje narrase una historia mucho más original, con giros más atrevidos, más difícil de encasillar… Pero pedirle al espectador que acepte que los personajes son frutos secos es pedirles un salto mortal. Si encima el guión escatimase al espectador ciertos lugares comunes del género en los que sentirse seguros y ubicados, estaríamos exigiendo un DOBLE salto mortal.

Por otra parte, como realizador adoro el montaje interno, el movimiento de la cámara con respecto a los actores, el movimiento de los actores con respecto a la cámara… Si de mí dependiera, intentaría en vano ser un nuevo Scorsese, un nuevo Shyamalan, un nuevo De Palma. Pero si asumes que tus “actores” carecen de expresividad inmanente, tienes que lidiar con el hecho de que esas putas cáscaras no aguantan bien en plano más de cuatro segundos. Así que te tienes que tragar tus preferencias de autorcillo y apostar por un montaje muy picado, un Eisenstein de todo a cien. Solíamos bromear durante el rodaje diciendo aquello de que “El método de interpretación de nuestros actores no es el Stanivslasky. Es el Kuleschov.”

Y esas dictaduras del montaje inherentes al propio concepto del proyecto no me limitaron sólo a mí como director. También condicionaron el trabajo del equipo de post-producción de HD Studio y de FreakLevel más de lo que ellos hubiesen deseado. Y obligaron a los compositores de la banda sonora (Andrés de la Torre y Javier López Vila) a adaptar su creatividad y sus melodías a unos ritmos y unos compases desquiciados, forzados, casi violados por la dictadura, la idiosincrasia de la edición con frutos secos.

O nuestro director artístico, Raúl López Serrano, que tuvo que renunciar – haciendo gala de una gran humildad – a muchas virguerías que hubiesen demostrado su talento de forma más agradecida. Porque la historia pedía un universo tosco, primitivo y visceral que armonizase con las texturas de los cacahuetes.

O nuestro director de fotografía, Alby Ojeda tuvo que hacer malabarismos para respetar el tono y la estética que exigía el proyecto (pasillos oscuros, “grandes” angulares) con tres focos de verbena de segunda mano que sólo podían incidir en un ángulo de unos 45 grados.

Muchos describen Gritos en el Pasillo como una película amateur. Entiendo las razones, pero no estoy de acuerdo con esa definición. Creo que podemos describirla como una película sin presupuesto, como una película realizada “por amor al arte”, o como una primera película en el currículum de casi todos los que participamos en ella. Pero os aseguro que es una película realizada por profesionales. Porque en eso consiste la actitud profesional: Todos los miembros del equipo tuvieron que amordazar sus egos. Todos tuvieron que renunciar a un centenar de caprichos porque se pusieron al servicio de una historia que requería un lenguaje muy concreto y que, por si fuera poco, implicaba la necesidad convertir ciertas carencias – económicas, tecnológicas y conceptuales – en marca de estilo, o en algo medianamente parecido.

Muchos replicarán ahora que el “mundo interior” del artista está por encima de las dictaduras de la trama, o que una misma historia varía mucho si la cuenta Tony Scott o si la cuenta Woody Allen. Y sacarán a colación que si Lars Von Trier, y que si Tarantino y que si bla, bla, bla.

Yo – yo, YO – creo que los portentos como Von Trier y Tarantino son casos muy puntuales. También creo que si analizamos las pelis más efectivas de esos tipos, descubrimos en ellas una lógica interna apabullante. Quizá existan distintas maneras de obedecer a una historia, y algunas de ellas se calzan un disfraz de cretino que nos confunde a todos. También creo que Tony Scott jamás elegiría una historia de tipo Woody Allen, del mismo modo en que Woody jamás elegiría un Último Boy Scout, o un Marea Roja.

Y me atrevo a ir un paso más allá: Nuestra auténtica personalidad es la que queda impresa precisamente cuando nos amoldamos a la historia, cuando nos dejamos de prejuicios y nos amoldamos a su propia manera de bailar. Como apuntaba un poco más arriba, creo que es nuestro propio inconsciente lo que convierte esas historias en algo que incluso nos trasciende como autores. Eso nos hace tan auténticos que ni nos damos cuenta.

Quiero terminar este articulito con unas palabras que hablan sobre eso. No las he escrito yo. Las escribió el Juanjo de hace cinco o seis años. El Juanjo que estaba a punto de sumergirse en el rodaje de Gritos en el Pasillo. Son palabras procedentes de un antiguo blog que acabó convirtiéndose en cementerio de palabras. Hoy me he acordado de algunas de esas palabras y las he exhumado. Voy a compartirlas con vosotros usando esa técnica que cada vez resulta más útil para obtener títulos universitarios:

CONTROL C, CONTROL V.

“Sabemos lo que hacemos, sabemos cómo lo estamos haciendo… y estamos siendo honestos y humildes con nosotros mismos. De alguna manera misteriosa, estamos encontrando nuestro propio lenguaje, nuestra propia estética… Tal vez el estilo, el verdadero estilo, no venga determinado por esas ideas e imágenes que tenemos en mente (esa ensalada de influencias e ídolos que se combinan para generar monstruos de Frankenstein nunca vistos; un brazo de Burton, un pie de la Hammer, un tornillo de Lynch – el que le falta a Lynch –, un ojo de Hitchcock, el otro de De Palma, un hombro de la Corman, las orejas de Poe). Todo eso ayuda, por supuesto… todo eso es el sustrato… pero creo que lo que termina de cincelar el acabado final es la forma totalmente personal y propia que tenemos los artistas de afrontar los obstáculos que se presentan en el camino. Sí… creo que ésa es la guinda del pastel del estilo: Cuando la idea se enfrenta al mundo real, cuando no puede adaptarse bien a él y empieza a deformarse… Los artistas se esfuerzan a toda prisa en moldear la ensalada que acaban de vomitar, para que se adecue mejor a los páramos del mundo tangible… y el resultado es el ESTILO con letras mayúsculas en times new roman doce.

Creo que eso nos está sucediendo en Gritos en el Pasillo. Da igual que hayamos crecido o madurado con Burton, Hitchcock, Lovecraft o Poe. El mundo real va erosionando poco a poco nuestros corsés platónicos. Va echándole un poco de aliño a la ensalada… y entonces uno se detiene, mira hacia atrás y se da cuenta de que en algún lugar del proceso, hemos dejado de hablar con la voz de nuestros ídolos y hemos empezado a hablar con nuestra propia voz. Porque uno se encuentra con esos problemas imprevistos, con las despiadadas aristas de la praxis… y piensa, ¿qué harían Burton, Spielberg y Poe en una situación como ésta? Y es entonces cuando uno, casi inconscientemente, responde: “no tengo ni puta idea”. Y es entonces cuando no queda más remedio que acudir a la propia voz, las propias ideas, las propias ilusiones…

Y si eso sucede cuando uno pinta o escribe, imaginaros el resultado en un largometraje, en el que siempre, por cojones, tiene que trabajar más de una persona.”

Juanjo Ramírez.

SOBRE EL AUTOR: Juanjo Ramírez es director y guionista. Su primer largometraje, Gritos en el Pasillo (2006), está considerado uno de los títulos de culto más extravagantes e insólitos de nuestro país. Ha sido guionista del largometraje (2009), de César del Álamo, y ha trabajado en el proyecto Zombie Western, coproducción con Dinamarca que iba a ser su segundo largometraje como director y de la que tanto él, como el equipo de Gritos en el Pasillo, acabaron saliendo por diferencias con el equipo danés. Cosas de la vida.

  • Anónimo

    Yo vi esta peli porque causalmente el director es el primo de uno de los mejores amigos de mi novio, que se compró la peli en el VIPs un día que la pillamos. Original, ambiciosa y tremenda. Dadle perras a este chico productores¡¡ y dejen de financiar tanta mediocridad¡¡

  • http://www.lashorasperdidas.com Javier Ruiz de Arcaute

    Sé que la película está disponible también con el libro “Cult Movies” que se presentó en FNAC la semana pasada.

  • Verónica G. Lagos

    Me ha encantado. El auténtico estilo surge cuando te encuentras con dificultades y tienes que solucionarlas sin poder acudir a modelos anteriores o ídolos personales. Maravilloso. Estoy deseando ver la peli de los cacahuetes por fin.

  • http://www.facebook.com/profile.php?id=100001657867525 Juan Yonófui

    Pues mira que salió una muy valiosa lección de arte (Más que audiovisual) aquí. Gracias por el articulo.

  • http://www.youtube.com/rafaeldarro Rafael Darro

    Magnífico articulo Juanjo, me ha encantado. Habrá que echarle un vistazo a esos cacahuetes.

  • Anónimo

    Es la primera vez que oigo el nombre “gritos en el pasillo”, y me he zampado el artículo de inicio a fin. Me ha gustado mucho, mucho. Lo siguiente es echarle un vistazo a la peli. Felicidades.

  • Peter Banning

    Un BRAVO para este caballero.