Críticas

MONEYBALL

Lo más destacable de Moneyball es que existe. Un proyecto que amenazaba con quedarse en el limbo, recuperado por un actor/productor que en 2011 ha alcanzado por primera vez conciencia plena de lo que es llevar una película como una estrella de Hollywood, escrito por los dos guionistas estadounidenses más reputados de la actualidad y, en general, con la conciencia y actitud de hacer la mejor película jamás realizada… sobre estadística deportiva pura. Solo en Hollywood, nenes y nenas. ¿A grandes rasgos? Que creo que no se puede hacer una película de estadística deportiva pura. Que a nivel personal no creo en el mensaje del film. Ni creo que la mejor manera de endulzar la píldora sea emplear el tema como excusa para contar una historia de superación personal –o vas a saco con el tema, o no vayas–. Pero también me parece que hay aquí una oportunidad de ver a genios en acción contra dificultades insuperables: dar un contenido humano a un tema tan fascinante como difícil de narrar. He visto este año mejores películas que Moneyball –tampoco demasiadas, ojo–, pero ninguna que se haya puesto un listón tan alto.

Moneyball está basado en un libro homónimo en el que se describe la apuesta realizada por el manager –y antiguo jugador fracasado– de los Oakland Athletics, Billy Beane, y su ayudante Peter Brand (Jonah Hill) para formar un equipo de béisbol campeón eligiendo a sus jugadores a través de un revolucionario sistema estadístico. El film te lo presenta como una ruptura con el viejo sistema, y a nuestra pareja protagonista como un par de innovadores marginados por los veteranos del antiguo régimen, agarrados al factor físico/mental/técnico, y a una serie de valores numéricos que a juicio de nuestros protagonistas se han quedado desactualizados.   De lo dicho aquí se extrae que la película pide que asumas una propuesta que quizás sea difícil de digerir: se puede relacionar el talento del jugador con una expresión matemática y, más aún –y aquí los más puristas pueden sentirse un poco indignados–  el uso de las cifras es absolutamente consustancial a la esencia del béisbol.

En faena, la pregunta es hasta qué punto es capaz de avanzar la película basándose en esta propuesta, y la respuesta es no demasiado lejos. No se extiende demasiado en el proceso –hablamos de un libro de economía deportiva con más de 300 páginas– y prefiere emplearlo como base para resaltar las cualidades personales de sus protagonistas a través de tres tipos de escenas: las que están claramente relacionadas con el tema, como los profundos y comprensibles recelos que despierta Beane entre los veteranos ojeadores del equipo y entre los propios jugadores, las que me importan directamente un huevo (todo lo relacionado con la vida familiar de Beane) y unas bastante más esquivas, que ejemplifican mis problemas con esta peli: son las referidas al agridulce pasado deportivo de Beane, que tienen el objetivo de convencerte de que Beane no solo es un enamorado del juego, sino que lo es porque acepta sus imponderables. Y Moneyball nunca, nunca, nunca llega a garantizarme que un místico del deporte pueda confiar en una calculadora: tal y como nos explican el personaje, Billy Beane (vieja escuela) está destinado a encontrar la salvación en un campo de béisbol, con jóvenes promesas; no en un ordenador. Y aquí es donde la película llega a su límite.

Pero es un límite, como ya os digo, prácticamente infranqueable. La película intenta narrar matemáticas y estadística con cierto sentido de la dignidad y desde el respeto máximo a quienes las utilizan (ejemplo contrario, ver Una Mente Maravillosa, oigs, entrañable friki…). La dificultad es brutal. Pero cuando intenta objetivos más terrenales, y está realmente centrada, hay momentos en los que funciona de maravilla: la primera conversación de Beane con su equipo técnico, donde la fricción se nota desde el minuto uno, por ejemplo, o la relación con el entrenador (Phillip Seymour Hoffman, en un papel secundario pero con el peso justo en la película), o la dinámica entre Beane y Beard, los ritmos frenéticos que dominan las secuencias en las que intercambian jugadores (como partidas de póquer) y la sensación que transmite sobre el funcionamiento de un club deportivo (más que La Red Social, este es el Sorkin más cercano al Ala Oeste que he visto desde que terminó la serie). Moneyball es espléndida a ratos aislados, en un complicado punto de equilibrio.

Pitt simplemente comanda la película, otra vez. Lejos de la gravedad de su papel en El Árbol de la Vida,  el actor pasea por la pantalla con gesto completamente relajado y transmitiendo la sensación de que confía plenamente en sus posibilidades: fallarán otros puntos de la película, pero él no. Debe ser cosa de la madurez. Ni siquiera cuando Beane se encuentra entre la espada y la pared –cosa que ocurre durante prácticamente todo el film– Pitt pierde ese aire de complicidad con la audiencia. “Soy un adulto divorciado al borde del paroxismo, ¿qué tengo que perder?”. Es en los momentos con Jonah Hill cuando se nota cómo parece que, más allá de la cámara, Pitt parece estar probando al secundario para saber hasta dónde llega (entorna los ojos, medio sonríe, apoya la barbilla en la mano y se pone a jugar al contraataque). Hill responde comportándose como un diablo de Tasmania de 100 kilos  y proporciona momentos excitantes en contraste con el estoicismo de su pareja de reparto. Miller, el director, sabe exactamente cómo jugar con la dinámica, interpreta a la perfección los puntos y los giros que meten los guionistas, capta el tono emocional de cada escena (funcione o no de cara al resultado final), trata cada matiz con mimo… gente, tiene cosas de muy, muy, muy, muy buena peli. Pero nunca se juntan. Nunca.

Se cae. Se cae por cosas mías. Se cae porque intenta combinar la frialdad analítica con los intangibles del deporte y si este espléndido equipo de gente no lo ha conseguido casi me voy a terminar creyendo que es aceite y agua. Creo que no puedes ser las dos cosas. O necesitas más tiempo. O un proyecto inicialmente más estable –conociendo la historia del desarrollo del film, a veces siento que hay momentos en los que la peli no puede esconder que “se ha hecho por cojones o MUERTE”–. Pero también porque soy un enamorado de la carga mitológica que acompaña a algunos grandes ejemplos del género (y particularmente, del béisbol… Roy Hobbs recorriendo las bases bajo una lluvia de chispas; el épico narrador de Entre el Amor y el Juego en el partido final de Costner, “Si lo construyes, el vendrá” de Campo de Sueños, los demonios de Tommy Lee Jones en Cobb, el duelo antológico de Mickey Mantle/Roger Maris en 61*). Cuando Moneyball lo intenta, fracasa miserablemente. Cuando nos traslada cifras, se contiene deliberadamente y evita ponerse densa (¿por qué no, maldita sea?). Y cuando deja de balancearse, es un error maravilloso.


Brad Pitt, Jonah Hill , Philip Seymour Hoffman, Robin Wright, Chris Pratt , Tammy Blanchard, Stephen Bishop. | Michael De Luca, Rachael Horovitz, Scott Rudin y Brad Pitt | Bennett Miller | Steven Zaillian y Aaron Sorkin, a partir de la obra homónima de Michael Lewis | Jess Gonchor | Mychael Danna | Christopher Tellefsen | Wally Pfister | Columbia Pictures, Scott Rudin Productions, Michael De Luca Productions, Film Rites, Specialty Films (II) | Sony Pictures Releasing |
  • vinsukarma

    ¿War Horse? un pufo infumable, aguantarla entera tiene mérito ¿eh? yo no lo conseguí

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