Críticas

LA INVENCIÓN DE HUGO

Vosotros veréis: si estáis dispuestos a aceptar una correcta historia infantil a cambio de 20 minutos portentosos de lección de historia del Cine, ya tenéis película para este finde. No es una decisión salomónica. Conociendo la trayectoria de Scorsese durante los últimos años –dedicada por igual tanto a la dirección como a la divulgación histórica, al documentalismo y a la restauración cinematográfica–, es fácil ver por qué se sintió atraido este proyecto. Es la historia del pequeño Hugo Cabret, pero es por encima de todo un recuerdo a la figura de George Méliès (Ben Kingsley), más cerca de la reivindicación que del homenaje, que llega en forma de clímax de una película que, hasta entonces, ha sido “simplemente” un film infantil que tiene a los mandos a un gran director de cine, que suple la garra de la juventud con un arsenal de conocimientos.

Hasta el “momento Méliès”, Hugo Cabret sigue la línea de todos los films de Scorsese a partir de la última vez que se juntó Paul Schrader en Al Límite, cuando Scorsese muere y aparece en su lugar un megaconstructo de Hollywood: el abuelito sabelotodo entrañable y abrazable, mucho mejor artesano pero mucho peor autor, olvidándose para siempre (espero que no) de esa bestia parda enamorada del conflicto de clase, el aislamiento, y la redención a través de la violencia que inspiró a gente como Abel Ferrara. Así, Hugo está caracterizada por una perfección técnica tan abrumadora y un sentido del saber hacer que parece diseñada genéticamente… sin dejar espacio para nada más. Comenzando con el asombroso plano inicial que abre el film desde el cielo de París hasta la estación de Montparnasse, su escenario principal, Hugo es posiblemente la película más hermosa que he visto este año en términos de dirección artística (de Dante Ferretti), la más suntuosa desde La Edad de la Inocencia, pero sin resultar particularmente recargada gracias al brío de la cámara. Para un film de sus características y duración, se hace facilísimo de ver, tal y como pretende su director.

Facilísimo, pero no particularmente apasionante. Y Scorsese sabe lo que es “apasionante” porque te lo va a demostrar después. Hugo no es tanto un personaje como una excusa que, da la casualidad, reúne características bastante oportunas para que simpaticemos con él en su descubrimiento de Méliès: es curioso, es un enamorado de la tradición y la mecánica, de la ilusión que se esconde detrás de las figuras, y tiene un vacío en su corazoncito que solo puede ser reemplazado gracias al poder de la “magia” (del cine). Méliès y Hugo comparten sueños. Nuevamente, Scorsese cumple el requisito para que la conexión funcione. Lo justo y lo necesario. Si hay algo que destacar de Asa Butterfield (al margen de que está anémico), es de cara al futuro: puede ser Ender Wiggin. Esconde ciertos matices pelín siniestros que le pueden venir muy bien. Aquí, poco más que un vehículo. Vale.

El chaval tiene sus aventurillas, perseguido por el guarda de la estación (Sacha Baron Cohen) y rodeado de un grupo de un variopinto grupo de personajes que se encuentran en el lugar. Gracias a Dios, hablan y tienen amagos de historias secundarias (si bien la presencia de Chloe Moretz y el medio rollete que hay entre ellos nunca llega absolutamente a nada; y “oh, mira, Christopher Lee”), porque Scorsese sabe y tiene el buen sentido de no limitarse a poner maniquíes humanos. Pero el film apenas contiene escenas con verdadera pegada emocional (la intervención de Ray Winstone como tio borracho de Hugo es una chuminada), y ese pequeño ecosistema que es la estación nunca cobra verdadera vida como el París de Woody Allen, por poner un ejemplo cercano.

Pero es en la parte de Méliès donde la película realmente se muestra como lo que es, un maravilloso ejercicio pedagógico en el campo de la historia del Cine en torno a la figura de uno de sus pioneros de la mano de uno de sus más ilustres alumnos. En veinte minutos, Scorsese realiza un repaso del cineasta, de su talento multidisciplinar –mostrado con vigor, sentido del espectáculo y una economía narrativa que no se le veía al director desde la primera hora de Casino–, y de su pasión por la conciliación del cine –de la mano de un director que en su día nos presentó obras tan enardecidas como Taxi Driver– y del ilusionismo. Estos momentos transcurren en una atmósfera de reivindicación, como si el cineasta parisino hubiera pasado demasiado tiempo en la sombra y se mereciera una ovación por todo lo alto (lo que es legítimo y justificable: es una exaltación de la importancia de Méliès para el cine, no de su figura personal). Y, por si fuera poco, tendremos la oportunidad de revisionar algunas de sus obras más conocidas remasterizadas en alta definición e incluso en 3D, lo que a mí, que odio con todas mis fuerzas este formato, no me importó en absoluto. Es más: me pareció bastante coherente que uno de los grandes nombres históricos de la técnica cinematográfica haya sido redescubierto con ayuda de los últimos avances.

Queda bastante claro que esta es la parte que enamora a Scorsese porque desde ahí no hay mucho Hugo ni más historia que contar. Así que en lugar de someter al espectador a una lenta agonía, el director lo presenta como momento cumbre, y a terminar. Gracias. Hay que elogiar que el director se haya tomado la molestia de rodar con tanta corrección la historia infantil que envuelve a esta lección de cine, tan grande que salpica la historia del chaval con innumerables guiños al cine mudo. Entre estos detallitos, algunas escenas aisladas verdaderamente naturales (la del tímido cortejo entre Cohen y Mortimer) y la solidez habitual que distingue a Scorsese en esta etapa de su carrera, la historia de Hugo cumple con lo justo como presentación de un tramo magistral en el sentido más amplio de la palabra. Scorsese rueda bien hasta borracho, así que lo de que el cuento del chaval iba a ser algo decente, estaba más o menos cantado. No: Hugo habría sido un rotundo fracaso si Scorsese solo hubiera actuado una micra por debajo de sus posibilidades a la hora de honrar la figura de este verdadero padre fundador. Pero Scorsese sabe.

*Sobre el 3D: al margen del el tramo del film dedicado a Méliès, Scorsese hace un uso inteligente del formato de proyección a lo largo del todo el film, sin abusar y con carácter inmersivo: tú entras en la historia, no al revés –ver todas la películas en las que te lanzan mierda a la cara–. Fantástico en el momento de enfado de Baron Cohen y en el plano inicial. Es un triunfo del sentido común y del “úsalo si lo necesitas”. Poco más que añadir.


Asa Butterfield, Chloe Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Jude Law, Emily Mortimer, Michael Stuhlbarg, Ray Winstone, Christopher Lee, Richard Griffiths | Martin Scorsese | John Logan, basado en la novela 'La Invención de Hugo Cabret', de Brian Selznick | Howard Shore | Thelma Schoonmaker | Robert Richardson | Dante Ferretti | Johnny Depp, Tim Headington, Graham King, Martin Scorsese | Christi Dembrowski, Barbara De Fina, David Crockett | Infinitum Nihil, Paramount Pictures, GK Films | Paramount Pictures |
  • Mari

    Deberíais leer el libro, porque la crítica que aquí se hace de la historia es porque (aunque no se haya comentado porque Scorsese es un “genio”), la película se la ha cargado emocional e ideológicamente. La infantilidad con que se arreglan varias escenas simplemente oculta lo que la verdad esconde: el maltrato continuado sufrido durante meses por Hugo de parte de su tío; las riñas que hay entre los dos niños durante casi todo el tiempo, incluso con guantazos y empujones, eso sí con sus reconciliaciones (de hecho la llave se la arranca del cuello); una agorafobia que Hugo tiene que superar tras tanto encierro; su terror ante el sistema (no solo ante su perseguidor humano, el guardia), que lo puede dejar encerrado y desgraciado de por vida; su marginación y sus carencias; la maldad de los personajes secundarios que en la pelicula aparecen como entrañables y en la novela son represores; la verdadera mala leche que tenía al principio el personaje de Melies, antes de ceder al amor; su enfermedad y el trabajo de Hugo en la juguetería para salvar la situación; un personaje importante desaparece, y desde luego no hay en la novela original un final redentor donde todos los secundarios malos de pronto se vuelven buenos y aquí no ha pasado nada: eso sí, hay final feliz para Hugo. En fin, se han cargado tanto la lucha de clases como la violencia de la situación marginal que sufren los protagonistas. Así que solo queda el Óscar y mucha purpurina. Aunque desde luego sigue siendo, a pesar de todo, una buena película. Y la historia de Meliés, contada también con fotos, es aún más emocionante en la novela original… (e inventada).

  • http://twitter.com/Agus_Sanchez Agustín Sánchez

    Será eso :) Ya te digo que iba dispuesto a dejarme engatusar, pero… no se, se me cruzó y al final…. pues pasa lo que pasa, jejeje. No digo que sea una mala película, no debe serlo, pero yo no tuve la suerte de poder disfrutar con ella. Gustos seguramente

  • http://twitter.com/pabliter bliter

    Es una castaña monumental. Hay bastante poco salvable de la película y la historia infantil es insufrible.

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