Opinión

El circo romano de la creatividad

El otro día un amigo, con toda la buena intención del mundo, me mandaba un enlace a un portal que podía darme oportunidades de ganar un dinerillo extra. No se trataba del típico spam chungo de “Mi nombre ser Anthony. Hace tres meses me echaron del trabajo pero ahora, dedicando dos horas al día, y sin salir de casa, gano más del doble que antes”. No, era algo aparentemente moderno, guay y molón, es más, era aparentemente serio. Lo que no era, eso os lo puedo asegurar, es digno.

Una tendencia que cada vez se extiende en más sectores, sobre todo en los creativos, entre ellos el audiovisual, es la del crowdsourcing. Para explicarlo de forma clara viene bien desmontar la propia palabra, acuñada en 2006, que se forma a partir de los términos crowd (masa) y source (fuente o materia prima), algo que en la definición que encontramos en wikipedia varía de una forma más significativa de lo que parece, definiendo el crowdsourcing como una externalización (outsourcing) en masa (crowd). Esa diferencia en las definiciones es esencial para entender las ventajas y desventajas de una nueva forma de relación comercial que puede llevar del beneficio colectivo (varias personas con un objetivo común se unen para hacerlo realidad), al abuso cometido por un solo individuo sobre el colectivo (un cliente externaliza una necesidad a una masa presuntamente profesional y paga sólo a quien satisfaga mejor su demanda). Dos caras de una misma moneda.

La cara buena es la que ha dado lugar a proyectos tan relevantes como el software libre o la famosa Wikipedia, muy criticada en sus inicios precisamente porque cualquiera podía meter mano en ella, pero que tras el paso de los años, y pese a sus defectos, se ha convertido casi en la única obra enciclopédica de referencia en la actualidad, con un servicio que repercute en toda la sociedad, y que es actualizada y corregida constantemente por todo tipo de gente, especialistas y aficionados, de forma altruista (aunque siempre hay algún ejemplo de autobombo). Otros ejemplos similares han sido los que han permitido crear el último avión que ha batido el récord de altitud o, incluso, la participación de los ciudadanos en la redacción de la nueva constitución de Islandia (obviamente la redacta un comité experto, pero entre otras cosas, en base a las propuestas de los ciudadanos a través de las redes sociales).

La parte oscura de este sistema de producción, cuando nos atenemos a la segunda definición que dábamos al principio, es que se rompe radicalmente la clásica relación cliente-proveedor, que, hablando en plata, pasa a ser cliente-cazarrecompensas. Tal y como se está implantando esta tendencia lo único que se está haciendo es reventar el mercado de trabajo (luego dicen que hay paro), haciendo que numerosos proveedores (en las convocatorias más amplias pueden ser miles) peleen como chacales por un único pedazo de carne, que para colmo suele ser pequeño.

Pongamos que una pequeña empresa quiere un vídeo para promocionar su actividad en Internet, un anuncio sencillo y explicativo de 2 minutos. Ese anuncio supondrá generar una idea, al menos una jornada de rodaje y tres más más de edición, grafismos, sonorización, etalonaje, etc. Lo que una persona invierte en ese trabajo, además de la aportación del material técnico necesario y el beneficio de empresa del 10-20% que debería obtenerse, no debería bajar seguramente de unos 1000€, y hablamos de un precio bastante tirado, porque no olvidemos de que uno aporta también una CREATIVIDAD y se supone que es un PROFESIONAL, y por tanto, aporta unas garantías de buen hacer. Ahora supongamos que por esos mismos 1000€ , la empresa pide a la masa (crowd) que de forma totalmente voluntaria presenten sus trabajos en un plazo de un mes. Es muy probable que, como poco, reciba 10 propuestas. La empresa eligirá sólo una, que recibirá sus merecidos 1000€, las otras nueve, se irán con las manos vacías y habiendo perdido cuatro o cinco días que podrían haber dedicado a un trabajo “real”. Vemos lo chungo que es todo esto ¿no? Pues ahora pensad que en vez de 1000€ sólo pagan 400€, que se presentan casi un centenar de propuestas y que el cliente, que ni siquiera tiene la obligación de elegir una propuesta ganadora, en vez de una empresa pequeña es una marca con solera y facturación millonaria o incluso un organismo público. Es un insulto.


Nunca vamos a conseguir dar la vuelta a la tortilla y que nos tomen en serio como profesionales si no lo hacemos nosotros mismos.


Las empresas que ofrecen este tipo de servicios dicen de si mismas que ofrecen soluciones a clientes que buscan un trabajo creativo a un precio asequible sin que ello suponga el riesgo de comprometerse con un proveedor que haga un trabajo que no les guste. Pero ¿dónde queda el trabajo del proveedor? ¿qué valor se da a las profesiones creativas como pueden ser el audiovisual, el diseño o la música? Lejos de dar el valor pertinente a ciertas profesiones lo que se hace es desprestigiarlas, equipararlas a poco menos que un hobby, favorecer el intrusismo laboral y anular la libre competencia (porque no es libre si el precio lo pone un cliente que ni siquiera se compromete a elegir un ganador).

Imaginaros si eso mismo, en vez de en profesiones creativas, se hiciese con cualquier otra profesión. Por ejemplo en el sector gastronómico. Un tipo se sienta con su familia en una mesa y pide una mariscada para 6 personas por 75€. Automáticamente cocineros y restaurantes varios se ponen a preparar su marisco, lo sirven y dan la opción a la familia de elegir entre 60 mariscadas distintas. La familia elige una y, suponiendo que le haya gustado lo suficiente, paga esos 75€ al ganador. Bien. Una de dos, o el cocinero/restaurante victorioso ha tenido pérdidas de 200€ (no digamos los 59 perdedores) o esa familia no tiene ni puta idea de comer.

El trabajo bien hecho y el talento tienen precio, claro que sí. Porque para poder hacer un trabajo de calidad la persona que lo realiza ha tenido que formarse, tirarse varios años currando para ganar experiencia, entender lo que quiere su cliente, saber lo que ese proyecto demanda, ha tenido que convertirse en autónomo o empresario, invertir en equipo técnico y/o empleados solventes. A un profesional lo avala su trabajo y su esfuerzo y debe responder ante el cliente con eso mismo. Y, pese a todo, sigue sin haber una garantía absoluta de satisfacción para el cliente. Ahora bien, la mariscada siempre será mejor si la pides en un restaurante gallego famoso por su buen producto que si lo haces en un restaurante chino de barrio. Si quieres la primera, la pagas, si quieres ahorrar, allá tú y tu diarrea.

Algunos diréis que en el fondo esto del crowdsourcing no difiere mucho de un concurso de toda la vida. Pero nos olvidamos de que los concursos, además de un premio siempre han aportado un RECONOCIMIENTO. Y con todo, siempre ha habido concursos serios, concursos de aficionados y estafas.

Son muchos los profesionales que desde que surgió el crowdsourcing han venido criticando este modelo y lo enmarcan dentro del denominado trabajo especulativo. De hecho ha habido campañas como la de No-Spec.com, creada precisamente para concienciar a la gente sobre esta clase de prácticas y sus nocivas consecuencias para los sectores afectados y, a la larga, para los mismos clientes.

Entiendo que todos hemos pensado en participar en este tipo de cosas, que la crisis aprieta y que uno intenta buscar oportunidades incluso donde, en el fondo, no hay tal cosa. Pero nunca vamos a conseguir dar la vuelta a la tortilla y que nos tomen en serio como profesionales si no lo hacemos nosotros mismos. Basta de tener que demostrar lo que valemos a gente que no está dispuesta a pagar dignamente por ello. Basta de que conseguir cobrar por un trabajo parezca una lucha de gladiadores. Es una cuestión de principios y de solidaridad hacia aquellos que también tratan de ganarse la vida de forma digna. Si bajamos el listón para nosotros, lo haremos también para todos los demás, y no nos engañemos, el listón está ya por los suelos.

Javier Ruiz de Arcaute

Realizador audiovisual, protoguionista y co-fundador de esta santa web.

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  • http://www.lashorasperdidas.com Javier Ruiz de Arcaute

    Yo no creo que sea utópico plantarse ante un abuso. Creo que es necesario porque si no la bola irá a más.

    Es cierto que el mercado es cruel, que este tipo de negocios en torno al crowdsourcing es como poner 50 palos en cada rueda de la bici, pero es que hay más caminos para darse a conocer y seguir activo que no consistan en aceptar esta clase de propuestas.

    Si estás dispuesto a hacer cosas gratis, a invertir tu tiempo de una forma mínimamente rentable y digna, lo suyo es hacerlas para amigos o para ti mismo, tener una web actualizada con tus trabajos propios, probar y experimentar ideas visuales que puedan tener una aplicación en distintos trabajos pero que, ya que lo haces gratis y por tu cuenta, no tengan las limitaciones creativas que puede marcarte un cliente. Si lo haces para un colega que no te puede pagar seguramente te devuelva el favor en un futuro, si lo haces para ti mismo aprendes, pruebas, experimentas y te pones tu creatividad como único límite. En definitiva, inviertes tu tiempo y tu esfuerzo en ti mismo.

    De toda la vida los realizadores de publicidad han hecho “truchos”, publicidades falsas pensadas para demostrar su capacidad como realizadores y que muchas veces han sido una excelente carta de presentación ante futuros clientes. Pueden ser pensando en un producto concreto o en uno inventado, la cosa es mostrar solvencia creativa y capacidad para adaptarte a las necesidades que pueda requerir un producto.

    Participar, compitiendo con 50 tíos, por algo en lo que, en el mejor de los casos, te van a pagar 300 o 400€ y que es cualquier cosa menos un trabajo estimulante, es entrar en el juego de quienes pretenden abusar de la profesión y sacar tajada de la crísis de unos para favorecerse a sí mismos. No renta, de verdad. Salvo que hablemos de un concurso serio, con un buen premio y con un reconocimiento importante, el resto son trampas profesionales que nacen de gente que piensa que, como sobra mano de obra, seguro que consiguen que 50 mataos curren grátis mientras les ofrecen una zanahoria pocha como motivación.

    Ya digo que cada uno es libre de actuar como considere, pero en la vida hay que saber decir que no.

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