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The Act of Killing

Escrita por: Rafa Martí­n | 29 agosto | 4:04 AM

Joshua Oppenheimer, Anónimo, Christine Cynn | | Haji Anif, Syamsul Arifin, Sakhyan Asmara, Anwar Congo, Jusuf Kalla, Herman Koto, Haji Marzuki , Safit Pardede, Ibrahim Sinik, Soaduon Siregar, Yapto Soerjosoemarno | Anónimo, Carlos Arango De Montis, Lars Skree | Nils Pagh Andersen, Erik Andersson, Charlotte Munch Bengtsen, Janus Billeskov Jansen, Ariadna Fatjó-Vilas, Mariko Montpetit | Karsten Fundal | | Signe Byrge Sørensen | Joram ten Brink, Bjarte Mørner Tveit, Werner Herzog, Errol Morris | | Avalon


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“Nos temen porque tenemos el poder de matar arbitrariamente. Un hombre comete un crimen, debería haberlo pensado mejor. Ordenamos matarle y nos sentimos bien. O le matamos nosotros y nos sentimos mejor. Pero eso no es poder. Es justicia, que es diferente del poder. Poder es cuando tenemos justificación para matar… y no lo hacemos”.

The Act of Killing es, en contenido, esta reflexión, una de las más poderosas de la historia del cine, repetida hasta la saciedad. Pero esto es solo el principio. El film está centrado en los responsables de las matanzas de Indonesia a mediados de los 60, quienes deciden recrear a petición de los responsables del documental sus asesinatos en una serie de películas donde participan familiares de las víctimas. Este escenario, que a servidor le parte la cintura porque nunca se ha encontrado algo así, plantea un viaje en dos partes: primero, explora el crimen sin arrepentimiento, sin complejos, sin dudas y sin temores. Habla del poder absoluto. Pero después –y aquí llega una parte aún más fascinante– explora cómo el cine es capaz de transformar al individuo. “Tus crímenes”, dice, “no son crímenes hasta que los ves reproducidos en una pantalla, ficcionalizados. Es en ese momento cuando te sientes culpable”. Y en ambas mitades supera con creces todo lo que he visto en este año y solo un milagro impediría que se convirtiera en lo mejor que voy a ver en 2013. Extraordinaria, sin paliativos.


The Act of Killing es muchas cosas. Yo prefiero destacar que es un ejemplo de que el cine REALMENTE cambia el mundo. Pocas veces a lo largo de mi vida lo he experimentado de forma tan distintiva como me ha sucedido con esta obra.


Lo cierto es que su director, Joshua Oppenheimer, se encontró con el tema por casualidad. Una investigación de crímenes de guerra en Indonesia durante los años 60 se convirtió, inesperadamente –y bajo las recomendaciones de las víctimas– en un estudio de las bandas de gángsters (o, como ellos se definen, “los hombres libres”) que han aterrorizado a la población durante los últimos 40 años. Todos ellos han ignorado las amenazas de la comunidad internacional, y muestran constantemente a lo largo del documental su orgullo por haber participado en las numerosas purgas contra el enemigo comunista –largo tiempo aniquilado (ver El Año que Vivimos Peligrosamente), y que desde entonces se ha convertido en una suerte de excusa para prolongar su dominio–.

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The Act of Killing abraza sin prejuicios esta parte de realidad (digo “esta parte” porque algunos expertos políticos en Indonesia han tachado esta pieza de “tan poderosa como descaradamente manipuladora”, tema que abordamos en un momento). Los protagonistas son un estrambótico dúo, Anwar Congo (padre fundador de las milicias de ultraderecha Pemuda Pancasila) y su compadre, Herman Koto. Llevados por su afán de protagonismo, ambos deciden recrear para Oppenheimer los asesinatos de los que formaron parte. Pasean por las calles en uniformes paramilitares de brillante camuflaje anaranjado reclutando a residentes atemorizados, muchos de los cuales se niegan a intervenir. Ambos deciden representar sus crímenes ante la cámara, contando con la ayuda obligada de hijos o hijas de las víctimas reales. The Act of Killing es, al mismo tiempo y en sus momentos más poderosos, el “acto” de matar y es “la actuación” de matar. Vemos a uno de los actores bromeando con Anwar y su compadre, los mismos que mataron al padre del “actor” hace 40 años. No hay ni rastro de incomodidad entre los asesinos. Ni culpa, ni dudas, ni complejos. La víctima es más que eso, si es posible: ha terminado aparcando su dignidad  y su capacidad de respuesta humana por puro terror. Su sumisión es completa.

Estos momentos evocan una sensación de repulsión por motivos iba a decir extraños pero la verdad es que sé de dónde salen y salen de un lugar bastante repugnante. Veo en Anwar y en Koto la alegría del poder sin medida. La ausencia de remordimientos y “moralidad”. Comprendo la existencia de seres humanos que justifican, defienden y reviven el genocidio. Mi mente de señorito me hace regates. The Act of Killing llama a mis instintos más bajos. Presenta un contexto, la Indonesia contemporánea, dominado por la impunidad, donde los gángsters caminan libres, desdeñan el Derecho Internacional, se cagan virtualmente en los principios de la justicia social y no solo no son castigados, sino que son objeto de sumisión por parte de las víctimas, de admiración por sus superiores (varios funcionarios y periodistas defienden la actuación de estos individuos) y viven como reyes. Y la cámara de Oppenheimer aguanta en todo momento.

Empatizo, y me pone enfermo.

Me pongo enfermo conmigo mismo.

No con el documental. En este punto, el documental no es culpable de nada. Solo me ha enseñado cosas.

Estoy enfermo conmigo mismo porque estoy en la piel de asesinos contentos de serlo.

Estoy contento de serlo y estoy asqueado por estar contento.

Me siento como si pisara terreno desconocido.

Además, se da la particularidad de que la propia idiosincrasia cinematográfica de los protagonistas es un elemento importante en el film. Las “películas” sobre las masacres están marcadas por las peculiaridades de sus responsables. Este “cine de carniceros” exagera las claves del cine de género estadounidense, parodia los éxitos del cine nacional (en su mayoría cine de terror con importantes simbolismos religiosos o espirituales) ignra la figura de la mujer –Koto se trasviste constantemente para suplir esta falta– y describe las plegarias de las víctimas con el objetivo de provocar humor y refocilamiento. Todo es peor por ello. No solo vemos el mundo como ellos lo ven a través de la cámara de Oppenheimer, sino que percibimos una visión exagerada del mismo a través de las películas que componen. No solo nos hablan como personas. Nos hablan de “cineastas a espectadores”. De directores a audiencia. El impacto es doble. Les veo en diferentes planos de realidad: una en la que existen, y otra en la que la perciben a través de una lente. Están convencidos de sus actos en ambos planos. Estoy indefenso ante ello.

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The Act of Killing se inmiscuye en esa dinámica. Termina intentando cerrar una narrativa para proporcionarnos algo de confort. Sucede cuando Anwar y Koto ven las películas que han rodado. En ese momento, se juzgan ellos solos. Obras que les hacen revivir sus recuerdos. A nadie se le escapa el gancho: las películas que han hecho para vanagloriarse de sus crímenes se terminan volviendo en su contra. Para mí es un mensaje extraordinariamente bien ganado, coherente y pertinente con la dinámica del documental, pero las críticas de algunos medios indonesios condenan la presunta complicidad de Oppenheimer a la hora de colaborar con Congo y Koto a la hora de trasladar su visión de los asesinatos. “Es difícil no sentirse traicionado”, escribe Robert Cribb en Inside Indonesia, “porque parece que Congo y sus socios parecen haber sido atraidos por Oppenheimer; es imposible que obras de esta calidad hayan salido exclusivamente de sus habilidades: son fantasías extrañas, carentes de gusto, sin ningún otro motivo que el ridículo”.

Pero Cribb escribe también que “por muy manipulador y desorientador que pudiera ser, el film es extraordinariamente poderoso”. Lo es al enfrentar a estos hombres con sus propios actos a través de las películas que han hecho de los mismos, condenados a través de las películas que han producido, el cine como forma de hacer lo que entendemos que es justicia. No te jode, claro que es poderoso. The Act of Killing no solo es observador. Es un documental que actúa contra los individuos que describe. Viola lo que he entendido por un documental hasta ahora. No se limita a mirar. El “acto” de matar, la “actuación” de matar, y la “actuación” de intervenir para modificar una realidad. Hemos oído hablar millones de veces del poder transformador de las imágenes. Bien. Es hora por fin de verlo en acción. Espero que el resultado os cambie, como lo hizo conmigo.



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  • neooni

    ¿Cuál es la tercera capital de España? ¿Qué la determina?

    La crítica a la peli es casi tan buena como el documental. Me quedo con los momentos en los que te hace hasta empatizar con los asesinos, como cuando uno le responde al director que por qué le han de llevar a él al tribunal de la Haya y no a George Bush.

  • Luis Onieva Marenco

    Acabo de verla. Solo decir que es devastador y le deja a uno tan asqueado como feliz por tener una mente tan “burguesa”. Oppenheimer y su equipo se han ganado el calificativo de “poseedores de gigantescos huevos de adamantio” al haberse acercado tanto al infierno y podido volver para contarlo.

  • Perdex Xidedrep

    Cambian los asesinos pero el disurso sobre la justificación del horror es el mismo (da igual la decada, el ideal…).

    Sea como sea el documental, peor es que muera gente y nadie juzgue a los autores por crimenes de lesa humanidad.

  • Doloretes Paqtemetes

    Lamentablemente tendré que esperar, y eso que vivo en la 3ª capital de España.

  • Marius de Moraes

    Esta crítica me ha recordado muchísimo a las teorías que tiene Alan Moore sobre la Magia y el Arte. Entendiendo que el Arte y la Magia vienen a ser la misma cosa y entendiendo al acto mágico como aquello capaz de operar un cambio en la conciencia o en la percepción de la realidad.

  • nowseed

    Has capturado la esencia de lo que sentí al ver este documental. Lo que yo no supe describir con palabras, tú lo has conseguido. Gran crítica Rafa. Te entiendo perfectamente.
    Yo vi el montaje del director (casi dos horas y media), y recuerdo mis risas nerviosas (lo que has dicho: empatizar con el protagonista del horror y asquearte de tí mismo), mi estómago revuelto, y en la última escena del documental, estuve a punto de vomitar (literalmente). Es un viaje incómodo que te deja exhausto, confuso, abrumado, lleno de sentimientos encontrados que no puedes asimilar hasta pasados unos días. Nunca me había sentido así con el medio audiovisual. Terriblemente fascinante.

  • José Manuel Rebollo

    Estupenda crítica. Pienso que el poder de la película para colocar a los asesinos ante el espejo (y a su vez a nosotros mismos, espectadores que empatizan) reside en la realidad de la representación. Se podría pensar que la película que ellos realizan es grotesca y ridícula pero no por ello pierde la capacidad de realidad; una representación no es una farsa, no ocurre en un mundo ajeno, sigue siendo parte de nuestro mundo real. Mientras el espectador se enfrente doblemente a este hecho (cuando “mira” la representación y cuando “mira como miran” el resultado), los ejecutores sólo lo afrontan en sus escenas finales: “vomitivo”, pero no suficiente para tratarse de unos genocidas. Un prodigio audiovisual que a mí también me cambió.

  • Victor Noble

    EXCELENTE critica. “Me siento como si pisara terreno desconocido.” Ojala nos sucediera mas seguido en el cine.

  • GoldenEye21091987

    Me has dejado descolocado con esta crítica, ahora es algo que deseo ver pero temo a que el filme me deje molido con lo que describes.

    Me viene a la mente algo que me siempre me ha llamado la atención a la hora de estudiar personajes antagónicos, en como logramos sentirnos fascinados ante personajes como Hannibal Lecter, o el Guasón, como somos capaces de repetir frases y disfrazarnos de personajes que cometen actos horribles. Desde luego que detrás puede haber una estupenda actuación y genuina admiración hacia esa interpretación, ademas de la seguridad que representa la pantalla de cine que sirve de barrera entre nuestra realidad y la ficción de la que somos testigos; pero no dudo que existan razones mas profundas para esta conducta y en parte tu texto puede referirse a lo que estoy hablando.