Críticas

Noé

Nota previa: Esta reseña llega con bastante retraso, y me disculpo por adelantado por ello. Técnicamente hablando, la práctica totalidad de las palabras que vais a leer a continuación llevan escritas desde hace dos meses, fruto de la emoción sentida al ver la película en el cine; pero se dio el caso de que, a falta de unos párrafos para completar la crítica, mi estado anímico se sintió contaminado ante la negatividad despertada entre el público por la película (uno de esos raros casos en los que una película controvertida acaba teniendo mejor apreciación por parte de la crítica que del público), y mi fe, al igual que la de Noé, fue puesta a prueba, por lo que perdí las ganas de publicarla.

Este tiempo de espera ha sido un tiempo de reflexión, en el que he descendido a los infiernos contemplando blockbusters y secuelas huecas (cuyo título prefiero no volver a mentar), y eso ha hecho que mi recuerdo y apreciación por Noé haya subido aún más, y es por eso que he decidido completar la tarea empezada. Me lo debía a mí mismo, y os lo debía a vosotros.

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Cuando uno de nuestros directores favoritos de cine de corte independiente (o de moderado presupuesto, si lo preferís) alejado de los circuitos de los grandes estudios de Hollywood se mete en una película de perfil alto (pongamos de 100 millones para arriba) siempre genera temor al pensar hasta qué punto tendrá que abandonar sus señas de identidad y comprometer su creatividad para poder encajar. Incontables cineastas de primer nivel (especialmente europeos) han comenzado prometedoras carreras con películas pequeñas, en las que no se jugaban nada y en las que lo daban todo, para verse tentados después por el reverso tenebroso de los grandes productores, las grandes estrellas y la fama, y se han encontrado de bruces con una pared de ladrillos formada por los fajos de billetes del presupuesto de su película de encargo.

El sistema blockbusteril hollywoodiense representa una maquinaria perfectamente engrasada en la que muchos de sus patrones ya vienen cortados y la película de moda no es otra cosa que una copia de un pasado éxito, con lo que el director se convierte en un simple mercenario con el objetivo de rodar las tomas necesarias para dejar contentos a los ejecutivos que tienen un ojo mirando a las cifras del presupuesto y el otro a los test screening, velando por apelar al máximo perfil demográfico.

Mucho miedo había en torno a que Noé pudiera ser una de estas películas: la épica adaptación de una historia de la Biblia que podría contentar a millones de espectadores con inclinaciones religiosas, uno de los grupos más poderosos en Estados Unidos, que puede conseguir que La pasión de Cristo sea una de las películas más taquilleras de todos los tiempos o que telefilms como Son of God o God’s Not Dead (¡con Kevin Sorbo!) se cuelen entre las primeras posiciones de la taquilla semanal. Pero con Dios no se juega, así que todo lo que venga marcado por el sello de la cristiandad es material de alto riesgo y futurible éxito y creador de polémicas a la par, lo que obliga a un mayor escrutinio y temor por los responsables encargados de lanzarla al mercado.

Noe-Arca

© Paramount Pictures

Por eso, me congratula decir que Noé de Darren Aronofsky, a pesar de tener algunas concesiones para el gran público y de haber sufrido una conflictiva producción (que finalmente se arregló, decantándose por la visión original de Aronofsky), no solo es una buena película, sino que es además una cinta genuinamente propia del director neoyorkino. Malpensados todos aquellos que pusieron en duda que el director de Réquiem por un sueño, La fuente de la vida, El luchador o Cisne negro pudiera hacer una película religiosa blanca y simple para apelar a los miembros de la parroquia más cercana.

Si hace cinco años un Aronofsky recién salido de La fuente de la vida hubiera acudido a un gran estudio con esta idea y le hubieran concedido la cantidad de dinero que ha manejado aquí, podría haber salido algo de lo que os comentaba: una producción en la que su director chocase contra una pared y se viese ahogado al tener que responder por una inversión de ese nivel, con decenas de personas a su alrededor controlando cada uno de sus movimientos. Pero Aronofsky ya no ese hombre; ahora es el director que consiguió que una película sobre bailarinas recaudase más de 300 millones, dándole suficiente poder como para acometer una empresa de proporciones bíblicas.

Noé es el sueño dorado de Aronofsky; un proyecto que lleva en su mente desde que el director tenía la tierna edad de seis años y que ha estado esperando a realizar en el momento idóneo de su carrera. No iba a dejar que nadie se lo estropeara ni iba a amoldarse a la clásica versión de la catequesis de esta historia para trasladarla a la gran pantalla.

La película nos introduce a un mundo post-apocalíptico tipo Mad Max —siendo, irónicamente, pre-apocalíptica– con vastos terrenos yermos en los que la humanidad malvive rapiñando los pocos recursos a su disposición. Dos bandos se han formado a partir de los vástagos de Adán y Eva: los descendientes de Caín, hombres viles y corruptos encabezados por el despiadado Tubalcaín (Ray Winstone) que han extendido la maldad por el mundo, y los hijos de Set, reducidos periódicamente hasta dejar a Noé (Russell Crowe) y su familia como únicos representantes del último resquicio de bondad de la humanidad.

Noe-Crowe-Winstone

© Paramount Pictures

Lo que viene a continuación ya lo sabéis, es la historia de siempre, es lo que siempre se ha contado y es lo que habéis visto en el tráiler: Noé recibe una visión en la que contempla la destrucción del mundo por parte de un diluvio y recibe el encargo de salvaguardar el futuro de la creación juntando a una pareja de cada especie animal en un arca de madera; pero Noé no es una película en la que veréis a cuatro pordioseros cantar y bailar el Cumbayá al lado de una hoguera mientras meten a leones, elefantes y cebras en un caseta de madera para sobrevivir a una inundación y vivir felices y comer perdices cuando una paloma les dé el aviso de que han tocado tierra. No; Noé va mucho más allá de eso, y el enfoque que Aronofsky le da a esta fábula judeocristiana se distingue de cualquier representación previa que se haya hecho.

Con Noé, Aronofsky quiere contar una historia humana sobre la fe, el amor y el respeto hacia la naturaleza. Olvidad la religión, dejad a un lado creencias y los “Lo hizo un mago”; la historia de Noé es, ante todo, una parábola sobre cómo la humanidad ha degenerado, se ha corrompido y ha llegado a un punto en el que se está cargando el planeta, obligando a tener que recomenzar de nuevo. Es una historia universal recogida hace miles de años pero que sigue teniendo validez, más que nunca, hoy día en nuestra sociedad. Noé es el ecologista por antonomasia, el hombre con la labor suprema de velar por la naturaleza y la supervivencia del mundo, y con el ritmo de consumo de nuestros recursos que llevamos, es un buen punto de referencia al que mirar para reflexionar sobre nuestro futuro.

Russell Crowe ejemplifica todo lo que debe ser Noé, y no me imagino a otro actor interpretando el papel del modo tan convincente como lo hace el actor australiano –ni siquiera nombres de la talla de Michael Fassbender o Christian Bale, previamente rumoreados– en todas sus facetas: hombre, padre, esposo, ecologista, badass supremo y borracho. Crowe es uno de esos actores que tiene lo que se conoce como “gravitas”, un aura que le envuelve y que con su sola presencia otorga a sus papeles un poso reconocible. Es Crowe. Es épico. Es bíblico. Es una de esas cualidades que los actores van ganando con la madurez, como el buen vino, y que hace que gente como Liam Neeson estén viviendo un revival cinematográfico. Llegado a cierto punto de sus carreras, la fachada de un actor trasciende su propia persona y se proyecta como una fuerza mística que hace que solo necesites verle para creerte todo el bagaje y arco narrativo que vive el personaje.

Noe-Crowe-Connelly

© Paramount Pictures

El resto del reparto no destaca a la altura de Crowe, ya que sus papeles no requieren de la complejidad del personaje protagonista ni gozan del mismo tipo de lucimiento, pero cumplen como es debido. Winstone ofrece un interesante, intenso y creíble contrapunto a Crowe en su enfrentamiento; Jennifer Connelly queda relegada al papel de esposa sin mucho que hacer, pero es agradable verla de nuevo bajo las órdenes de Aronofsky; Anthony Hopkins pasa por ahí, pero tiene todo lo necesario para que creamos que está interpretando a Matusalén; Douglas Booth cumple adecuadamente en su rol; Emma Watson hace también lo propio y se ve cómo cada vez va progresando más interpretativamente; y Logan Lerman continúa con su sabia elección de papeles tras Las ventajas de ser un marginado. En esta película Lerman comparte un par de escenas intensas junto a Crowe (una de ellas con una dureza que no esperaba ver en este PG-13), y al chaval se le ve madera para que en el futuro tenga una carrera juvenil interesante.

Volviendo a la película en sí, como ya he dicho, puede que os hayan contado esta historia y hayáis visto el tráiler, pero no sabéis cómo es verdaderamente.  Hay dos películas dentro de Noé, divididas más o menos cuando el reloj marca la primera hora de metraje: la primera de ellas es un relato de aventuras, fantasía y acción en el que Noé construye el arca, reúne a los animales y se enfrenta a las hordas de Tubalcaín por el futuro de la humanidad. Esta primera hora de película está resumida en los tráilers; es lo que el estudio quiere que creáis que os vais a encontrar en la sala de cine, pero eso sólo es la mitad de lo que ha hecho el director.

Noah-Battle

© Paramount Pictures

La otra mitad de la mitad de la película es un intenso thriller psicológico en alta mar en el que la fe del protagonista es puesta a prueba. Es un relato pausado, duro y en el que se plantean cuestiones de intenso calado emocional y moral. Esta segunda mitad ES la película. Es lo que hace que el Noé de Aronofsky sea el Noé de Aronofsky. No quiero desvelar detalles para preservar el misterio (que, para bien o para mal, es lo que han conseguido los tráilers) pero basta decir que Crowe ofrece en esta parte algunos de los mejores momentos de su carrera y conduce a su personaje por un terreno oscuro que uno no se pensaría que se atreviese a transitar, y que algunos actores con estatus de estrella incluso se negarían a aceptar.

Y hablando de sorpresas, y metiéndonos de lleno ya en los aspectos puramente técnicos del filme, Aronofsky se ha guardado otra carta para sorprender con Noé. Y vaya carta. La baraja al completo, casi diría. Cuando se cuentan estos relatos bíblicos se suele ir a lo de siempre: Noé por aquí, Jesús por allá, los apóstoles por el otro lado… pero se omiten los aspectos fantásticos y más locos de estas historias, dejándolas como algo terrenal y aburrido. Aronofsky no tiene miedo de exprimir hasta la última gota de la mitología recogida en las escrituras y adorna la película con pequeños detalles que pueden parecer chocantes, pero que tienen una base que el director, como estudioso que es de la materia, sabe aprovechar para enriquecer su relato.

Noé cuenta con un asombroso incentivo para ver en la gran pantalla, y no son los animales digitales (no tan espectaculares como uno cabría esperar, de hecho), sino la presencia de Los Vigilantes, unos seres, antaño ángeles al servicio de la Creación, atrapados ahora en cuerpos formados por rocas, que ayudarán a nuestros protagonistas a construir el arca y defenderse de sus enemigos. Los tráilers han omitido completamente su presencia, casi en un intento por no alienar a la comunidad religiosa, que podría sentirse confusa ante la idea de que unos gigantes de piedra (similares a los Ents de El señor de los anillos) aparezcan recogidos en el mismo libro en el que sale JESÚS.

No recuerdo ahora mismo cuándo fue la última vez que sentí el placer de descubrir algo sobre un blockbuster en una sala de cine sin tener conocimiento previo de ello –conocía su existencia, pero no había visto hasta ahora nada de su aspecto y mucho menos de su particular forma de moverse–, y ha sido una experiencia realmente enriquecedora. Los efectos especiales dedicados a estos seres son los mejores de toda la película, dando como resultado una integración en el entorno y una interactuación con los protagonistas que roza el fotorrealismo.

Noe-Darren-Aronofsky

© Paramount Pictures

Y el resto no se queda atrás. A nivel de producción, vestuario, maquillaje… se nota el cariño y las ganas de todos sus implicados por hacer una buena película. Todo es palpable, todo es creíble. Se puede ver cómo los actores interactúan con los escenarios, cómo pisan la tierra, cómo tocan la madera… y eso proporciona una inmersión que no es capaz de replicar un efecto digital. Sé que muchos de vosotros renegasteis de la película con el primer tráiler al ver la estampida tipo Jumanji con todos los animales entrando en el arca. No temáis, porque eso es todo lo que Aronofsky les dedica a los mamíferos, aves y reptiles CGI; un par de escenas. Cada vez que salen los animales generados por ordenador cantan los efectos y me arroja una sensación de que el director no está interesado especialmente en esa parte y que sólo le dedica unos minutos porque el relato base así se lo exige, pero cuando llegan elementos como los Vigilantes es otro mundo. Hay un esfuerzo palpable por convertirlos en personajes de la historia, y no un simple accesorio visual.

Aronofsky sólo utiliza el ordenador en ocasiones contadas, y deja que la fotografía de Matthew Libatique brille una vez más –no tanto la música de Clint Mansell, que es una agradable pero servicial remezcla de su trabajo en La fuente de la vida–, con algunas composiciones y elecciones de planos de lo más interesantes. Pero como una imagen vale más que un párrafo entero que pudiese escribir ahora, el director compartió hace algunas semanas a través de Youtube una de las escenas clave de la película, para que todo el mundo la pueda disfrutar: su versión del relato de la creación. Un enfoque que resume a la perfección el carácter humano y conciliador del realizador: te cuenta la historia de la Biblia, sí, pero a la vez te la muestra desde una perspectiva evolutiva. Uno puede tener un pensamiento racional y científico, pero sin dejar de lado la espiritualidad. Aronofsky conjuga a la perfección la belleza de ambas posturas.

Noé es La guerra de las galaxias de Aronofsky, es su El señor de los anillos, es su deseada incursión en el blockbuster; es una película que ha hecho porque ha querido y con el objetivo en mente de llegar a un público mayor que no había tocado hasta ahora, pero sin perder su esencia. No cometáis el error de prejuzgarla por su la historia que cuenta o pensar que el director se ha vendido a un estudio. Lo que Aronofsky ha conseguido con Noé es la titánica tarea de combinar espectáculo con alma; ofrecer una película ambiciosa en realización e ideas, de esas que no acaban de ser del todo redondas, pero que cuentan con la cantidad de elementos justos y necesarios para destacar entre el resto. Es una cinta con personalidad y con la fuerza temática necesaria para hacerla relevante. Aronofsky se ha metido a jugar en las grandes ligas, y ha salido victorioso, dejándonos una película bella que, con el paso del tiempo, se descubre como un regalo especial incluso. No os la perdáis.


Darren Aronofsky | Darren Aronofsky, Ari Handel | Russell Crowe, Jennifer Connelly, Ray Winstone, Anthony Hopkins, Emma Watson, Logan Lerman, Douglas Booth, Nick Nolte, Mark Margolis, Marton Csokas | Clint Mansell | Andrew Weisblum | Mark Friedberg | Darren Aronofsky, Scott Franklin, Amy Herman, Arnon Milchan, Mary Parent | Chris Brigham, Ari Handel | Protozoa Pictures | Paramount Pictures | Matthew Libatique |
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