Críticas

Interstellar

“…And sometimes, I just wonder”

Alan Moore – Miracleman

Es tentador limitarse a describir a Interstellar como “la película más emocionante y ambiciosa de Christopher Nolan” pero es un poco como decir que Galactus tiene un leve problema de hipoglucemia. Para quienes desconozcan a Galactus, decir que es un personaje de cómics superpoderoso que sacia su hambre devorando planetas, probablemente del tamaño de los cojones del director londinense, que ha encontrado en la ciencia ficción su nicho favorito para expresar sus inquietudes personales y responder a la gran pregunta que le ha acuciado desde Origen: la posiblidad de que las emociones humanas sean, en sí mismas, un sistema –con sus propias reglas y variables– capaz de convivir con lo que entendemos por ciencia. Dicho de otra forma: Interestellar es un experimento en el que Christopher Nolan está decidido a demostrar, en 162 minutos, que el amor mueve el Universo.

Dos horas, cuarenta minutos. Todo aquél que tenga conocimiento del cine de Nolan sabe que ahí pueden caber MUCHAS cosas. Afortunadamente, la estructura del film es una herramienta utilísima para comentarlo y, por mi parte, ordenar mis impresiones. Interstellar se trata de una película ordenada –es fácil dividirla en actos–, limpia y cuca, que cumple varias pautas afines a todas las películas: explica, pondera, actúa y siente.

© Warner Bros. / Legendary Pictures

© Warner Bros. / Legendary Pictures

Para empezar, Interstellar nos explica una Tierra condenada al exterminio por la escasez de alimentos. Uno de los efectos rebote más acusados es el desprecio total por el progreso, por el que se desalienta a los chavales a estudiar ciencia para convertirles en granjeros. El ingeniero Cooper se convierte en única esperanza del mundo, al encabezar una larga misión para buscar un planeta capaz de alojarnos, dejando a su familia atrás. Lazos que se rompen en una película que respeta la relatividad temporal, con las consecuencias que implica la diferencia de tiempo entre el viaje espacial y nuestro mundo.

Decíamos: explica, pondera, actúa y siente. Cuando explica, Interstellar me parece un film irregular, pero venga, va. Bravo por construir en mi mente una imagen sólida de un mundo agotado, aspecto para el que es crucial la fotografía de Hoyte van Hoytema, el elegido por Nolan para sustituir a sus ojos de toda la vida, Wally Pfister. El finlandés emplea imágenes duras, con texturas que saltan a la vista, de enorme peso, y en las que el uso del color es un recurso que, primero convenientemente exagerado, pero después sutil y siempre poderoso: el sepia predominante en la tierra se traslada a la nave de nuestros protagonistas, y contrasta con mundos helados o inundados. Proporciona a la película un código visual y una identidad marcada.

Es fácil pasar por alto este toque aparentemente sencillo, realmente difícil, que obra milagros. Es fácil porque en Interstellar no se calla ni Dios. Sí, amigos y amigas, entramos en la gran Kriptonita de Nolan: la sobreexposición, aquí concentrada en su muso, Michael Caine. No quiero extenderme mucho pero tampoco quiero limitarme a “es que ya sabemos como es Nolan, qué chaval”. El gran arma del director para salvar este problema siempre ha sido el montaje a través de cortes rápidos y saltos fulgurantes de escenarios que contribuían a asimilar información nueva. Sucede no obstante que Interstellar no puede hacerlo, porque la ha concebido, de base, como su película más paciente y reflexiva. Y unido al hecho de que a Nolan no le tose nadie, el problema se acentúa. El director británico está absolutamente convencido de que verbalizar TODO, CONSTANTEMENTE, es un mecanismo cinematográfico legítimo para introducir al espectador en su universo.

Quiero apuntar no obstante tres cosas: primero, esta clase de escenas no se hacen demasiado largas; segundo: gran parte de los problemas parten de Caine, de quien se percibe que ha llegado al final de su absolutamente legendaria etapa profesional, con una testimonial interpretación que no ayuda en absoluto a que nos interesemos por las explicaciones de su personaje. Tercero: que me niego a creer que sea cuestión de formación. Defenderé hasta el día en que me muera que Nolan siempre ha sido y es perfectamente capaz de traducir conceptos a imágenes –y en Interstellar hay unas cuantas–. La única razón que veo es que Christopher Nolan es Dios, el story editor es para los pobres, y se da la trágica circunstancia de que su concepto de exposición es completamente contrario a lo que entiendo por una narración fluida.

Nolan explica, a veces mal, a veces de manera brillante. Para mí es un empate que cae en el lado del bien porque se da la lamentable circunstancia de que los defectos se notan más. Pero Interstellar va un paso más allá: pondera. Y apesta haciéndolo. Una cosa. El primero que se emociona de que una película reflexiva con un prespuesto como para construir dos Estrellas de la Muerte en una semana soy yo. Me encanta. Nolan es mi clase de persona-cineasta favorita. Pragmático, reflexivo, inquieto, con ganas de preguntar. Y pasta para aburrir. En Interstellar sus focos son humanos, directos, sencillos, y hermosos: la gente que se quiere odia separarse y su amor es el único lazo que les une a través de la inmensidad del espacio. Y les jode porque son lo único que tienen.

© Warner Bros. / Legendary Pictures

© Warner Bros. / Legendary Pictures

El director ha elegido sin embargo la peor influencia posible para ponderar, el cine europeo. Tarantino lo clavó, absolutamente, cuando hace dos días mencionó a Tarkovski como influencia. El problema es que Interstellar es un film emocionalmente demasiado sencillo como para exigir rajadas sobre la naturaleza humana. A sus ideas les falta sofisticación, arrojo y, sobre todo, hay que señalar el maravilloso pirado soviético, entre frase WTF y frase WTF, era un extraordinario planificador de diálogos, insertando planos de alto contenido simbólico entre sus reflexiones para acentuar, o negar, la carga de las palabras. Aquí tenemos una planificación completamente pedestre donde los actores se quedan completamente vendidos escupiendo frases sin parar, y capitalizando exclusivamente en su talento. En un plano cerrado, sin permiso para la expresión corporal. Constreñido. Si os lo tragáis, es porque son buenos intérpretes. Nolan, cuando pondera, escribe palabras no vacías. Blandas.

Hasta que llega un punto en que el Nolan director decide que basta de gaitas. E Interstellar comienza a actuar.

Y se la saca.

Interstellar decide darnos miguitas de acción –un poco cautivador despegue, economía de planos espaciales siempre desde la nave, a modo de Battlestar Galactica y por supuesto NADA DE SONIDO EXTERIOR– hasta que a decide dar un golpe en la mesa con la incursión de la Endurance en el “agujero negro” que iniciará su misión. La gran triunfada, la absoluta y gran triunfada narrativa de Interstellar consiste dejar de percibir el espacio como un coloso en silencio para convertirlo en una fuente inacabable de absoluta jodienda mental y variaciones físicas difíciles de aprehender para cabeza humana.

Lo hace además preservando la contundencia de las imágenes de Van Hoytema y con Zimmer, escondidito, petando los bajos — vuelvo a disfrutar de su labor creando espacios sonoros, más que melodías reconocibles –. La concepción que tiene Interstellar del descubrimiento del espacio es maravillosa. Maravillosa y el motivo principal por el que os recomiendo ver una película que hace de las estrellas algo insondable y fuera del alcance humano, que creó en mí una sensación de asombro, misterio y recogimiento. Lo hace por puro talento y clase: no todos los días me encuentro con imágenes tan avanzadas en su concepción que mi cerebro tarda un par de segundos antes de comprenderlas y pasar al siguiente plano. Y eso es deuda de un talento visual como es el director británico, irregular en los tiempos muertos de esta película, pero absolutamente excepcional en sus picos.


Si Nolan, McConaughey y Chastain os venden el mensaje –y en mi caso están a ESTO de hacerlo, pero no–, no olvidaréis Interstellar en vuestra puta vida.


Pero sobre todo, Interstellar siente. “Sobre todo”, porque su prioridad es emocionar. Pero Nolan, el gran pragmático, no está del todo satisfecho con este escenario. Es IMPERATIVO, para él, que el amor sea una fuerza como mínimo igualmente relevante que las leyes de la física.

No estoy de coña. Anne Hathaway (que hace de Anne Hathaway, por si os lo preguntábais) realmente lo pondera (ay) en un momento del film. En una película, repito, con una carga de nociones científicas que rozan el documental de divulgación.

Pero el amor debe caber ahí. Debe ser cuantificable, debe ser pertinente.

Así que Nolan tuerce deliberadamente el film, tuerce sus premisas, lo tuerce todo para intentar que ambas ideas encajen. Y es mecánico. Y no es natural.

Y no hay película, ni existirá película, que consiga crear una tabla periódica de emociones.

Ergo, Interstellar se vuelve inevitablemente MOÑAS y abandona el territorio de la ciencia para adentrarse alegremente en el de la PURE FUCKING BULLSHIT.

Entramos en “la noche oscura del alma” de este tocho de reseña. Pero se atisba una luz…

…porque Matthew McConaughey y Jessica Chastain realizan las dos mejores interpretaciones individuales de toda la filmografía de Christopher Nolan, señor Ledger mediante. No sé a cuál destacar, si a McConaughey por intensidad –del relax del ingenierio al delirio y vuelta– o a Chastain por contención. Y las sacan por su absoluta devoción al director, soltando chorros y chorros y chorros de líneas con convicción absoluta. Nunca ha estado Nolan tan ducho en la dirección de actores, generalmente instrumentos en sus manos. Nunca. Y lo hace dejándoles libres. El resultado final, en términos emocionales, los más importantes, podrá no terminar de convencerme, pero el puñetazo de dos escenas de plano fijo y silencios que se casca en dos momentos determinados con estos actores son TOP de su filmografía. Y si puede repetir la experiencia, si aprende a callar, si aprende a abrazar los imponderables que aporta el elemento humano primordial –la gente que se pone delante de la cámara– el futuro es definitivamente suyo. Completo game over.

Que queden siempre en constancia los SUMOS COJONES de Christopher Nolan, que es un valiente y jamás renuncia al mensaje.

Y el mensaje privado que extraigo de esta película es que “sí, el espacio es maravilloso, extraordinario, merecedor de todos nuestros impulsos para alcanzar las estrellas, pero nada está completo sin el amor y el ser humano que le da forma”.

Y yo me quedo como un gilipollas. Feliz. Encontraremos el amor o el amor nos encontrará a nosotros. Y seremos felices y comeremos perdices foreva an eva. Pero dentro de mí, estará el Spock de Star Trek, La Película.

Spock se despierta tras un largo viaje y le dice a Kirk (todos conmigo): “¿Es esto todo lo que soy?”

“¿Es que no hay nada más?”


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  • personamayor

    Salí con cuerpo extraño. Me ha gustado y me ha defraudado por las expectativas que me he creado antes de verla y durante la proyección. No me acaba de encajar todo lo que quiere meter Nolan. Me chirrían cosas, la resolución se me hace muy forzada y hay temas que como apunta Rafa, chirrian al juntarlos. Pero es el precio de convertir un proyecto TAN PERSONAL en un blockbuster (es como cuando escribes un corto con una paja mental que solo entiendes tú).

    SPOILER

    Me ha gustado: Como concibe Nolan el espacio: Viajes en el tiempo, misterioso, deforme… La escena de la ola y los cojones de ver a un tío eyectar en pleno agujero negro.

    No me gusta: Por hablar de amor sacrificamos el resto de temas. Creo que el verdadero interés estaba en otros puntos. El giro que le quieren dar al hermano. El momento “papá fantasma”.

Críticas

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Caída en picado en el pozo de la corrupción.

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