Reportajes

Rusia toma el pulso a Estados Unidos

Era cuestión de tiempo que la ruptura prácticamente total de relaciones diplomáticas entre Rusia y Estados Unidos a raíz del conflicto en el este de Ucrania se extendiera al mundo del cine. La semana pasada, el ministro de Cultura, Vladimir Medinski y el primer ministro ruso, Dimitri Medvedev, solicitaron a dos voces la aplicación de un impuesto adicional sobre las compras de películas estadounidenses y otro sobre el precio de las entradas a películas extranjeras, respectivamente. Se trataría de un doble esfuerzo para limitar la influencia de las películas norteamericanas y, en un ámbito más extenso, la de aquellas películas contrarias a una visión oficialista, según informa el diario moscovita Moscow Times.

Estas propuestas se enmarcan dentro de un mercado cinematográfico emergente según datos del estudio cinematográfico Nevafilm, cuyos datos reflejan una taquilla de 2013 estimada en 1.300 millones de dólares –un 13 por ciento más que el año anterior–, unido a un crecimiento en el número de espectadores del 10,4% respecto a 2012, hasta un total de 177 millones. El mercado cinematográfico ruso es considerado, a todos los efectos, uno de los diez más importantes del mundo, no muy distanciado de Alemania o Japón.

“No puedo entender por qué nuestro sistema impositivo actúa como un subsidio de Hollywood”, declaró Medinski a la hora de proponer el impuesto adicional de compras de películas estadounidenses. Fueron unas declaraciones bastante explosivas, la verdad sea dicha. “La opinión de Medvedev”, argumentó sobre el incremento del precio de las entradas, “sería una decisión excepcionalmente correcta, que permitiría sumar fondos adicionales para sustentar el cine nacional” en un país donde el Estado invierte 130 millones de dólares al año en producción propia y se otorga prioridad –de nuevo citando medios rusos como la agencia Interfax– a, por este orden, historias de éxito, Crimea y Ucrania, la historia oficialista y, aquí cito textualmente, “la gloria militar de Rusia, particularmente en 2015, que marca el 70 aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania Nazi” en la Gran Guerra Patria, o Segunda Guerra Mundial, para el resto del mundo.

Las declaraciones de Medinski iniciaron un maremágnum bastante confuso sobre la verdadera posición de Rusia respecto al mercado cinematográfico norteamericano. Lo que vamos a desgranar aquí es un comportamiento enormemente complejo, que se mueve en un estrecho margen compartido entre el pragmatismo económico, el proteccionismo legítimo de la cinematografía nacional en un país donde la cuota estadounidense se aproxima al 80 por ciento, la defensa de la identidad oficial rusa y, finalmente entre el simple y llano bocachanclismo condicionado por la situación política actual.

EL MINISTRO

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Abrimos un pequeño paréntesis para hablar un poco sobre la interesante figura de Medinski, de 44 años de edad y forjado en el mundo de la comunicación como graduado de segunda promoción tras la disolución de la Unión Soviética. Graduado del 94 en el Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú, Medinski se forma durante sus primeros años como becario en la Embajada de Moscú durante la transición (del 91 al 92, para ser más exactos) y desarrolla a partir de ahí una carrera íntimamente vinculada a Rusia Unida, el partido del presidente ruso Vladimir Putin hasta 2010, momento en el que da el paso previo a su llegada al Ministerio de Cultura como “miembro de la Comisión de Presidencia para Contrarrestar los Intentos de Falsificar la Historia en Detrimento de los Intereses de Rusia”.

Medinski, quien en 2012 abogó por enterrar el cadáver de Lenin y un año después salió a la palestra por contradecir a Putin* al asegurar que “Chaikovski no era homosexual”, adquirió relevancia internacional con el estreno de Leviathan, película nominada al Oscar y comentada aquí en esta web, al reconocer cierto talento de su director al tiempo que criticaba la pobre imagen del país que comunicaba la historia de un hombre enfrentado a la corrupción local. “Está repleto de un espíritu de desesperación y nihilismo existencial”, aseguró. La prensa mundial se hizo solo eco de la segunda parte de estos comentarios y rebuscó en su pasado misticista –“si no aplastamos el veneno de los sucios mitos sobre Rusia, pasarán hasta la siguiente generación, como un bastión de mando”, llegó a declarar— hasta configurar una imagen que dista de la realidad.

¿Van en serio las advertencias del Gobierno ruso? La respuesta es un “depende del día, pero probablemente no”. Es una contestación quizás poco satisfactoria, pero tratándose de Rusia en la propia respuesta se encierra la gracia, porque es un episodio más de un largo pulso de dobles entendederas entre Rusia y Estados Unidos que se ha extendido al cine. Medinski anunció hace unas semanas la prohibición del estreno en el país de una producción británica-estadounidense El Niño 44 por “retratar una imagen negativa del pueblo ruso” pero hace un año era una voz discordante frente a quienes solicitaban la eliminación total del cine estadounidense en las salas de cine rusas o, como mínimo, la imposición de un límite de películas extranjeras, como hace China, que solo permite la entrada de 34 películas extranjeras al año. “Nuestros espectadores se merecen elegir”, declaró Medinski en comentarios a Itar-Tass frente a opiniones como las de los directores Yury Kara o Stanislav Govorukhin, quienes recordaban que las películas estadounidenses ocupaban entre un 70 y un 80 por ciento del espacio cinematográfico ruso. Y, con todo, Rusia ha recomendado activamente durante años en su “selección oficial de películas para la población”, películas estadounidenses como El Padrino, Star Wars o Qué Bello es Vivir.

GUERRA Y PAZ

Medinski, cuando no está ejerciendo de punta de lanza ideológica, es uno de los principales conocedores de las consecuencias que implica la ausencia de películas estadounidenses en un mercado nacional: el incremento de la piratería. La lucha contra la difusión de contenido fuera de los canales autorizados por el Gobierno ha sido un ámbito en el que Estados Unidos y Rusia han mostrado un acuerdo total desde el plan de acción firmado en 2005, que introducía fuertes restricciones contra las descargas ilegales; restricciones que se han endurecido cada año (la última, que entró en vigor el pasado mayo, concedía a las páginas acusadas un plazo de 72 horas para presentar sus contraargumentos so pena de la eliminación permanente). Aquí, por contra, hay que indicar que los informes 301 fuera de ciclo del Departamento de Estado de EEUU sobre piratería incluyen a Rusia dentro de su lista de países vigilados por un motivo en particular: la ausencia de condenas por esta clase de difusión de contenidos.

Sin embargo, las palabras de Medinski se quedan por ahora en solo eso, palabras, porque los propios profesionales de la industria consideran que la imposición de un impuesto adicional sería una absoluta catástrofe. Quien lo dice es Oleg Berezin, consejero delegado de Nevafilm y responsable del mayor éxito de taquilla de la historia del cine ruso, la última versión de Stalingrado, dirigida por Fedor Bondarchuk –hijo del mítico Sergéi Bondarchuk, responsable de la pantagruélica (y absolutamente ES-PEC-TA-CU-LAR) versión de 1966/67 de Guerra y Paz— que ha recaudado casi 70 millones de euros en taquilla. “No solo sería una decisión dañina: sería de iletrados”, apunta Berezin. “La audiencia padecería el incremento resultante de los precios de las entradas y las cadenas de cines sufrirían el descenso de la demanda”. Berezin va más allá: el hipotético impuesto quedaría incluido dentro de los prespuestos federales y, dado la actual cuesta arriba que atraviesa la economía rusa, derivada de las sanciones internacionales derivadas de la incorporación de Crimea y el conflicto en la región de Dombas (este de Ucrania), “obligaría al Gobierno a efectuar recortes aún más dolorosos y no habría garantías de que el dinero obtenido regresara a la industria del cine”. En suma, “la idea de que ese impuesto contribuiría a la cinematografía nacional no tiene el menor sentido”, culmina Berezin.


* “Chaikovski era gay. La verdad es que no le queremos por eso. Le queremos por ser un gran músico y todos amamos su música. Tampoco vamos a hacer una montaña de un grano de arena” – Vladimir Putin

Críticas

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