Críticas

13 Horas

En 13 Horas la gente no sabe qué sucede y después muere. Lejos de ser la exaltación patriótica de sacrificio heroico presentada en sus avances, la nueva película de Michael Bay nos muestra por vez primera a un director emocionalmente perceptivo que comienza a descubrir grietas en los ideales que ha defendido a lo largo de toda su carrera y nos comunica sus dudas con una enorme eficacia a través de poderosas imágenes que exhiben confusión primero, derrota y rendición después, por mucho que todavía carezca del pack completo de herramientas para racionalizar sus sentimientos a través de un discurso cinematográfico.

© Paramount Pictures

© Paramount Pictures

“Desconcertante” es la palabra que define a 13 Horas porque se aplica a prácticamente todas las facetas de la película. Todavía me resisto a describirlo como un film de acción bélica, aunque gran parte de su metraje nos cuente el asedio ejecutado por las milicias libias contra las instalaciones de Estados Unidos y aunque posiblemente sea la mejor película de su director en este ámbito: Bay comulga como nunca con su director de fotografía, Dion Beebe, del que absorbe parte de las ideas sobre la acción nocturna que Beebe y Michael Mann desarrollaron en Miami Vice y Collateral, con excepcionales resultados. Me resisto porque nunca me quito de encima la sensación de que Bay me está susurrando que el “pum-pum-pum” no solo ha dejado de ser divertido, sino que quizás debería pasar en esta ocasión a un segundo plano en favor de sus protagonistas humanos: seis soldados que no saben cuándo apretar el gatillo, porque el hombre que tienen en su punto de mira podría tratarse de un aliado y que acaban abandonados a su suerte no solo por el Gobierno estadounidense, sino por sus propios camaradas, abrumados por una realidad inmensamente compleja, la de los conflictos armados del siglo XXI.

Y esto es importante viniendo de Michael Bay, un director que durante décadas ha glorificado el espíritu de hermandad en las filas del Ejército de Estados Unidos, una entidad propia casi ajena a la ideología de la administración que estuviera al cargo. Hace diez años, Bay habría humillado a los enemigos de lo militar. Los hay, en esta película, en la figura de un pusilánime jefe de sección de la CIA — identificado únicamente como “Bob” (David Costabile) — que impide a los seis soldados romper la cadena de órdenes para iniciar una misión de rescate suicida. Se trata de un personaje plano en comparación con nuestros héroes, absolutamente carente de pasado o cualquier otro tipo de fondo más allá de una breve descripción. De haber vivido en tiempos de Transformers 2, habría sido objeto ideal de burla y desdén por parte de Bay, un mero objeto contra el que desencadenar su ira. Y sin embargo, aquí es odiado por motivos profesionales, nunca abochornado por simple orgullo castrense. Conforme pasa el metraje, el director comienza a mirar con una simpatía cada vez mayor a este personaje, una víctima más de un descontrol total que alcanza a todos los estamentos.

Parece un nimio detalle pero la idea de “Bob” se extiende a las imágenes de la película, muchas de ellas de gran impacto por sí mismas, y de resonancia aún mayor en perspectiva con la carrera del director. Los una vez todopoderosos aviones de combate que surcaban los cielos bajo el tronío de Hans Zimmer se quedan en tierra, velados por un soldado al atardecer. Una bandera estadounidense flota en una piscina rodeada de escombros. Generales y comandantes aparecen en distantes pantallas mientras proponen ideas para rescatar a sus soldados; ideas que nunca fructifican. Un lejano plano de la Casa Blanca nos informa de que “el Presidente ya ha sido advertido de la situación”, sin más detalles. Y mientras, los espías de la CIA que protegen nuestros protagonistas, inicialmente desdeñados como “Jason Bournes” por uno de ellos, comienzan a hacer una inesperada piña ante la adversidad con los hombres que intentan salvar sus vidas. Y unos dejan de ser soldados y otros dejan de ser espías: todos ellos son americanos que sospechan que han sido traicionados por un sistema roto.

“Desconcertante” es la palabra que define a las elecciones del reparto protagonista, repleto de excelentes intérpretes en parte ajenos al cine de acción (David Denman, Toby Stephens, Pablo Schreiber), en parte más acostumbrados a un cine de acción más cerebral (Max Martini, visto en The Unit o Redbelt) y que elevan sin ningún tipo de problema las dos o tres pinceladas que limitan sus personajes: padres, amantes, trabajadores sin fortuna en el sector civil que se han visto obligados a retomar las armas como contratistas y tratan de sobrevivir como pueden en un país donde cada persona puede ser su asesino. Creo que no habría sucedido nada si la película hubiera condensado su metraje a unos cómodos 120 minutos — dura 144, de los cuales 20 se dedican a describir la realidad libia, algo en lo que Bay no está en absoluto interesado ni sabría explicar llegado el caso –, pero también es cierto que me lo pensaría dos veces si ello me privara de las interacciones entre los dos grandes protagonistas del film: John Krasinski y James Bagde Dale, dos actores de mirada pacífica y rasgos cotidianos que aportan a la película el exacto punto de relajación que necesita, y cuya dinámica personal — su relación de amistad es creíble desde el minuto 1, sus conversaciones iniciales de machitos evolucionan sin esfuerzo a aspectos más íntimos como el divorcio y la paternidad — y credibilidad como soldados sirve a su director para relajar sus miedos y despejar su camino hacia su ámbito natural: volar las cosas en pedazos.

Algo que hace como nunca había hecho, cabe apuntar. “Desconcertante”. Otra vez. Porque quien se espere la orgía de vísceras en super slow motion de Dos Policías Rebeldes II no va a salir muy contento. Sí, vuelan cabezas. Sí, coches explotan. Y decir que los milicianos libios alguna vez llegan a adquirir una identidad propia sería ir demasiado lejos. Sin embargo, también sería exagerado definirlos como una “horda anónima de sanguinarios musulmanes”. En un primer momento, son sombras, una descripción absolutamente pertinente con su intención de contarte que cualquiera en Libia podría ser un enemigo. Después, y en el fragor del combate, son borrones: Bay le dice a Beebe que dé rienda suelta a la textura digital y ambos te ponen prácticamente en el fragor de la batalla, y por primera vez estilo y temática coinciden porque el 12 de septiembre de 2012 en Benghazi nadie sabe quién está disparando a quién. Pero, finalmente, son víctimas: Bay dedica los últimos instantes de los combates a mostrarnos con su cámara a los asaltantes como caídos en combate llorados por sus familias, con una eficacia y sabiduría inmensamente superiores a los vergonzosos clichés a los que recurría en Pearl Harbor para mostrarnos el lado japonés. No recuerdo hasta ahora que el estilo de Bay exhibiera una intencionalidad tan pulida, algo refrendado por el hecho de que su instrumento para aclarar geográficamente la acción sea el punto de vista aséptico y desinteresado de un dron de combate, ajeno al sufrimiento que está sucediendo a ras de suelo.

Lo que he hecho con 13 Horas ha sido una lectura muy emocional. Con Bay me pasa un poco como la defensa que hizo Torres de Luis Aragonés cuando éste criticó a la selección tras perder contra Suiza en el Mundial: “hay que leerle entre líneas”. Bay no es un cineasta racional. No es Oliver Stone. Carece de argumentos para describir los motivos de esta sensación de confusión y tristeza que discurren por debajo de cada uno de los 144 minutos de película. No es Ridley Scott — Black Hawk Down es mencionada explícitamente en la película, por cierto –, carece del pragmatismo del veterano director británico para asumir que “esto es la guerra, macho”. En 13 Horas me llega como un chaval superdotado en un ámbito, el de la acción, que hasta ahora estaba disminuido a la hora de describir una realidad fuera de sus propias obsesiones sobre la cultura pop estadounidense. Bay, y este es el mayor problema de la película, está incapacitado para describir los mecanismos de un nuevo mundo internacional, y su condescendencia hacia lo extranjero todavía sigue siendo sonrojante en algunos momentos — Un “A ver si os aclaráis en este país”, es el único comentario al respecto –.

Pero Bay, por lo menos, reconoce ya la existencia de un mundo confuso y dañado, y su sensibilidad, por estrambótica y simplista que siga siendo, alcanza en esta película un nuevo nivel de conciencia: el de la decepción. Solo falta que alguien le explique el motivo. Bastante tiene con lidiar con la caída del mito — sí, Campbell también aparece explícitamente citado; si esto no es un grito de ayuda, no sé lo que es –. De cualquier otro director merecería un gesto de aprobación solo por su deseo de progresar como artista. De Bay, se merece poco menos que un aplauso.


Michael Bay | Chuck Hogan, basado en el libro de Mitchell Zuckoff | John Krasinski, James Badge Dale, Dominic Fumusa, Max Martini, Pablo Schreiber, David Denman, David Costabile, Alexa Barlier, Matt Letscher | Dion Beebe | Pietro Scalia, Calvin Wimmer | Jeffrey Beecroft | Matthew Cohan, Scott Gardenhour | Michael Bay, Erwin Stoff, Jasmin Torbati | Lorne Balfe | 3 Arts Entertainment, Dune Films, Latina Pictures, Paramount Pictures | Paramount Pictures |
  • Pableras Saavedrus

    ” la nueva película de Michael Bay nos muestra por vez primera a un director emocionalmente perceptivo” y ahí paré de leer.

  • +K

    La vi al fin anoche y me ha encantado.

    SPOILERS
    SPOILERS
    SPOILERS

    Me ha parecido especialmente lúcida la escena de la llamada a la base de los F-16. Ahí Bay nos hace la cobra a lo loco. Porque yo he visto esa escena en otras películas. Es más, la he visto en otras películas de Bay. Y me han enseñado que la caballería viene. Que cuando pides ayuda a los tuyos la caballería viene. Que el ejercito no deja tirados a sus soldados. Que inmediatamente después de que la espía diga que si no van todos ellos van a morir, lo que toca es subir el volumen de la música y ver a los pilotos corriendo a sus avioes y los F-16 despegando con un tema heróico de fondo.

    https://www.youtube.com/watch?v=JA3_ejAsT2w

    https://www.youtube.com/watch?v=GUusHbKEji4

    https://youtu.be/pXkPWEIY8wM?t=3m11s

    E ínmediatamente después de ver a Sona suplicarlo con la cara desencajada se marca ese plano de la base, tranquila, en silencio, sin nadie yendo a los aviones.

    Me pareció enorme.

  • Leto83

    “¿estáis dispuestos a morir por vuestro país? por que yo si”

    Aer, que igual yo no me he enterado de una mierda y el problema es mío. Esta frase se dice a inicio de la película la cual choca frontalmente con el desenlace de la cinta. Quiero decir, esa frase se queda como papel mojado en el instante en que Krasinsky llama a su mujer para decirle que vuelve a casa esta vez para siempre, es decir “paso de toda esta mierda, paso de mi país, me voy a dedicar a lo realmente importante” acentuado todo ello con la esquela de dimisiones con la que cierra la película. Me parece.

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