Opinión

Dictadura de corrección política

El pasado mes de noviembre se estrenó en el festival Doc NYC el documental Can We Take a Joke?, dirigido por Ted Balaker, director que a lo largo de su breve carrera, hasta ahora asentada en el cortometraje documental, ha hecho una enconada defensa de la libertad de expresión. El documental aborda cómo vivimos en lo que ya se conoce como la “outrage culture” (cultura de la ofensa), una especie de estado de psicosis colectiva en el que cualquier broma es susceptible de mutar en la peor ofensa imaginable debido a la hipersensibilidad social que crece día a día bajo el amparo de la corrección política.

En Can We Take a Joke?, narrado por la humorista Christina Pazsitzky, participan otros cómicos como Gilbert Gottfried, Penn Jillette, Lisa Lampanelli, Adam Carolla, Jim Norton y Heather McDonald, que hablan de esta situación crítica en la que ya no sólo se cuestiona la libertad de expresión, sino la propia naturaleza transgresora del humor. Transgresora porque el humor siempre se ha basado en convertir lo humillante en gracioso, hasta el más inofensivo chiste nace de una situación incómoda, pero a la vez es la forma más terapéutica de lidiar con los dramas reales.

Podríamos tener la tentación de pensar que este fenómeno afecta a gente inculta o con poca capacidad intelectual, incapaces de discernir la broma del insulto, de reflexionar a través del humor, pero es fenómeno global, que afecta a muchos colectivos con alta formación académica. Un claro ejemplo es que, en Estados Unidos, muchos humoristas (Jerry Seinfeld, Chris Rock, Larry the Cable Guy…) han abandonado uno de sus escenarios clásicos, los campus universitarios, ante las crecientes, quejas, protestas e incluso manifestaciones de colectivos de toda índole cada vez que un chiste era entendido como una flagrante falta de respeto.

The Wrap habló el año pasado con numerosos cómicos que coincidían en que el fenómeno afectaba especialmente a gente joven con una excesiva sensibilidad para determinados temas aderezada con el impacto de las redes sociales. Pero como decía George Carlin, un cómico tan incorrecto como políticamente comprometido: “Creo que es la obligación del cómico buscar dónde está el límite y cruzarlo deliberadamente“. Algo en lo que profundiza Balaker en el siguiente vídeo: “La gente que está en una posición de poder trata de acallar a quienes les critican y hacer una broma sobre algo es el mejor forma de recordarte que aún eres libre“.

Can We Take a Joke? tendrá distribución limitada en EE.UU. por parte de Samuel Goldwyn Films. Su presidente, Peter Goldwyn se toma este hecho casi como una obligación: “En Samuel Goldwyn Films estamos ofendidos por cómo la cultura de la ofensa ha llegado tan lejos, y estamos entusiasmados de trabajar con Ted Balaker en su revelador y profundo documental sobre cómo la libertad de expresión está siendo asediada, no sólo en el mundo de la comedia, sino en todas las facetas de la vida“.

Y es que lo venimos viendo desde hace años, especialmente desde que Twitter se convirtiese en un escenario que funciona indistintamente como lugar de conversación, de exhibicionismo banal, de reivindicación y debate político o de campo de pruebas humorístico. El primer momento dramático que recuerdo, hace más de cinco años, es el famoso caso del director Nacho Vigalondo que bromeó con el holocausto en Twitter al superar los 50.000 seguidores. Era un chiste en el que bromeaba a varios niveles sobre esa naturaleza de la red social como paraíso del attention whore y sobre cómo el humor como forma de provocación (de nuevo conviene recordar la frase de Carlin). El chiste le costó uno de los hoy cotidianos linchamientos de Twitter y dejar de ser colaborador de El País, donde tenía alojado su blog personal desde hacía tiempo, en el que se disculpó y contextualizó lo sucedido antes de despedirse. ¿Qué se consiguió con esa oleada de indignación? Nada bueno. Por un lado una de las primeras muestras de daño colateral provocados por un comentario en una red social, por otro que muchos de los que leíamos sus artículos dejáramos de tener posibilidad de hacerlo y, lo peor de todo, uno de los puntos de inflexión para llegar a la situación que vivimos hoy día que, para colmo, se ha alimentado desde la esfera política y periodística para desacreditar a rivales ideológicos.

Recordemos el caso Zapata o el de los titiriteros, pero recordemos también el de Justine Sacco o Alicia Ann Lynch. En todos ellos una broma o una ficción fue la excusa para desacreditarlos y llevarlos a los tribunales, al calabozo o a la cola del paro.

Uno de los casos más locos fue el del humorista Patton Oswalt, que en 2014 creo unos falsos tuits de disculpa por distintos tuits eliminados que nunca colgó y que, pese a que muchos pillaron el juego, desencadenaron una ola de críticas e insultos de otros usuarios pensando en el falso agravio cometido. Como dice otro cómico, Trevor Noah, “a veces la gente ni siquiera sabe por qué está cabreada, simplemente se suben al carro sin molestarse en investigar“.

Ver a alguien como Jerry Seinfeld, que no es precisamente conocido por su incorrección política, quejarse de los constantes reproches que sufren los humoristas, es para pensar la gravedad de la situación actual:

Aquí esa hipersensibilidad alcanza cotas absurdas tanto en algunas reacciones como en los titulares que las magnifican, porque la polémica vende. Con disculpas como la que sigue deberíamos darnos cuenta de que en algún punto del camino eso del “sentido común” se sublimó y dispersó en el cosmos:

No hablamos de buen o mal gusto, ni de que el humor sea algo sobre lo que no deba debatirse, hablamos de diferenciar una broma o una ficción de la realidad. También de diferenciar la crítica del linchamiento o la venganza. Muy débil ha de ser una determinada postura para tomar una simple broma como un agravio que merece el más duro de los castigos. Es decir, ¿si una broma es capaz de desarmar tu discurso, no será que no es lo suficientemente fuerte? Y en ese caso, ¿no sería más lógico repensar ese discurso en vez de perseguir a quien le encuentra las costuras?.

El humor debería valer como ese lugar de desahogo en el que no hay mas consecuencia que la risa, la reflexión, la indiferencia o incluso el mosqueo, pero no a un permanente ejercicio de censura. El humor es como un simulador de coches donde uno puede correr a lo loco porque un accidente no tiene nunca consecuencias reales, se rige por un código que no es real que sin embargo ayuda a entender las contradicciones de esa realidad.

En esta línea de reflejar las contradicciones de la realidad profundiza Sarah Silverman (a partir del minuto 3 del siguiente vídeo), una humorista tan irreverente y política como pueda serlo Carlin, que sin contradecir esa defensa de la libertad de expresión y sabiendo que el humorista debe asumir que siempre habrá alguien molesto, sí que reflexiona sobre su propio oficio animando a evolucionar con los tiempos: “No es complicado cambiar con los tiempos y creo que es importante. Cuando asimilas más información y eres más consciente del mundo que te rodea, puedes cambiar“. Silverman añade además un punto de vista distinto al de los muchos cómicos que han abandonado los campus universitarios como escenario: “Hay que escuchar a los estudiantes porque lideran la revolución. Casi siempre son los que están en el lado correcto de la historia“. Silverman no desacredita a sus compañeros, pero si alude a la posibilidad de quedarse obsoleto.

Como ejemplo de esa evolución y obsolescencia que ella comenta podría valer este gag conocido por todos que en su día fue revolucionario y hoy sería imposible de realizar por razones obvias:

Por todo ello me parece importante considerar voces como las de Balaker o Silverman, que complementan y hacen pensar el discurso sobre el humor, y echar un vistazo a libros como Humillación en las redes, de Jon Ronson, donde se profundiza en las consecuencias desmedidas de esta dictadura de corrección política que castra el humor pero celebra la vendetta colectiva.

Vía Deadline y The Wrap.

Javier Ruiz de Arcaute

Realizador audiovisual, protoguionista y co-fundador de esta santa web.

  • Greboada

    Añado la anterior esta noticia, de hoy mismo: el anterior director de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos del Reino Unido ha reconocido que estaba equivocado y que los musulmanes NO van a integrarse.

    http://www.breitbart.com/london/2016/04/10/thought-europes-muslims-gradually-blend-britains-diverse-landscape-known-better/

  • Greboada

    Sudamericanos y musulmanes son muy diferentes. Te puedo decir, por mi experiencia fuera de España, que en Europa, en los círculos de expatriados, occidentales y sudamericanos se mezclan de forma espontánea (aunque depende de países, Colombia, Ecuador, Argentina… los ves mezclados con europeos. Brasil o la zona del Caribe, no). Los israelíes y los armenios, lo mismo, mezclados con los europeos. Sin embargo, es casi imposible ver árabes, o musulmanes o gente de África mezclados con occidentales. Como mucho, algún turco laico, y para de contar. Y ya sabes lo que dicen de que dime con quien andas…

    Pero fíjate que tu mismo das con la clave al decir “en países como Francia hay muchos musulmanes de varias generaciones que no tienen tantos problemas”. Precisamente los que llevan tanto tiempo datan de inmigrantes que llegaron cuando apenas había inmigración. Si alguien que llega de un país árabe vive completamente inmerso en la cultura francesa, al final será francés, y sus hijos pensarán y se comportarán como franceses. Pero para eso es preciso una cosa: INMERSIÓN. Y si en Marsella ya casi el 50% son musulmanes… ¿que inmersión va a haber?. (Y Alemania va camino de tener el mismo problema).

    Escolarizar, culturizar, no sirve de nada, porque la cultura se mama desde la cuna. Si vives en un entorno islámico las 24 horas del día, que pongan a un profesor a hablarte de los derechos humanos no va a cambiar nada.

    Cuando se habla en estos casos de que se necesita inversión… me da la sensación de que es una actitud extremadamente arrogante de Occidente (y no lo digo por ti, porque es un mensaje que se repite y otra vez), que nos pensamos que lo podemos solucionar todo abriendo la chequera. Y no, si sus hijos viven las 24H inmersos su cultura, y van a seguir inmersos en ella porque hablamos ya de muchos millones de personas…. eso ya no lo puedes arreglar firmando cheques.

    No sé como se puede arreglar. Pero tengo claro que el dinero aquí ya no sirve de mucho.

  • http://www.lashorasperdidas.com Javier Ruiz de Arcaute

    Me refería a nuestras normas, claro. Con cierta flexibilidad, pero la que permitan nuestras leyes, no más. No se trata de involucionar en leyes que tenemos y que ha costado conseguir.

    Y hay comunidades que se integran mejor que otras. Yo he tenido compañeros de todas partes de latinoamérica en distintos curros y no hay problema alguno. Es verdad que, sobre todo cuando tienen un nivel educativo más bajo, notas que hay un poso de machismo mayor que el de aquí, pero no es algo que no se pueda suavizar con el tiempo.

    Con los musulmanes está claro que es más complicado y más en la actualidad. Lo de que el grueso sean wahabíes no lo sé. Pero en España y Francia, que tienen comunidades musulmanas más o menos grandes, la mayoría vienen de Marruecos o Argelia si no me equivoco, que dentro de que tienen costumbres retrógradas no son ni por asomo las de Arabia Saudí. El problema quizás es que la poca integración les hace vulnerables a fenómenos como el islamismo radical, que les vende una idea de comunidad y de nación. Por eso sigo pensando que el tema de las escuelas es esencial y seguramente de hacer un seguimiento o una especie de “clases de refuerzo” a sus familias, para que no se sientan excluidas y a su vez asuman las costumbres del país al que han llegado.

    Ya sé que lo que digo a lo mejor suena un poco a utopía y que la inmigración es difícil de administrar. pero en países como Francia hay muchos musulmanes de varias generaciones que no tienen tantos problemas. Aunque no refleje más que una parte, el fútbol francés está lleno de jugadores de origen árabe perfectamente acomodados en la Francia de 2016. Y seguramente sirvan como ejemplo para otros que lleven menos tiempo.

    Quizás haya que pensar a medio largo plazo medidas que hagan que la inmigración no sea algo que se resuelva en ghettos, sino evitando estos. Como te comentaba en algún comentario anterior, muchas veces la ciudad/barrio en la que uno crece marca mucho las aspiraciones de la gente. Si se invirtiera más en mejorar, escolarizar, culturizar, etc. en esas zonas, quizás se evitaría que se convirtieran en ghettos. El factor económico, el urbanismo y el acceso a determinados servicios también marca mucho la sensación de aislamiento y de pertenencia.

    Sé que en esto tampoco nos pondremos de acuerdo, pero yo veo lo que ocurre ahora con los refugiados sirios y se me cae la cara de vergüenza.

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