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Festival de Cine Europeo de Sevilla 2016 (II)

Parte I, aquí.

Por Manuel Vila

Personal Shopper (Olivier Assayas, 2016)

Assayas sigue en su onda de caricaturas forzadas, tras la incursión que hizo en Clouds Of Sils Maria. Esta vez sin odas populistas (make cinema great again!). Eso que ganamos. Pasa a contarnos la historia de Maureen, “personal shopper” de personas famosas. Sabueso de los recados con un olfato especial para saber lo que está “in” y le sienta bien a sus clientes. Vive de alquiler en un buen barrio de París y cobra apenas unos cientos de euros por encargo. Si quieres encontrar gangas, Olivier es tu hombre.

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Bromas aparte, se ve obligada a quedarse en París por la promesa que le hizo a su hermano gemelo, fallecido hace unos meses: no abandonará la ciudad hasta que le haga una “señal”, pues ambos son médiums y pueden detectar presencias espectrales. ¡Y vaya si se la hace! Y en el proceso el director nos trollea de mala manera. Sin duda es una película de gran portento visual, el tema fantasmagórico tratado con clichés es bastante elegante, con juegos en la altura de los encuadres, de sombras y distancias como si de The Haunting o Audrey Rose de Robert Wise se tratase. Cuando las apariciones suceden, suceden, con contundencia en el espacio, en la secuencia, no así en la trama. Volcando también bastante confianza en la actuación de Kristen Stewart, casi una maestra en transmitir estados psicológicos con leves tics.

Sigo explicando sobre la trama y “el trolleo”. Hay una gran desconexión entre lo que Maureen sufre y el mundo. Paradójico por completo, pues Assayas está superempeñado en que sepamos que nadie puede escapar a la era de Internet. Maureen usa portátiles, teléfonos, móviles, su vida profesional y personal los requieren por completo. Su novio es programador informático y trabaja en Oriente Medio, su jefa actual viaja sin parar. Sí, da esa sensación, pero entonces te das cuenta de que esto mismo es extrapolable a cualquier civilización pasada. El Egipto de los faraones o la Alta Edad Media. La tecnología no es un factor, más bien lo es el estatus, pero eso no se critica.

Se crea un cuello de botella tremendo, pues tras esas breves imágenes potentes de las que hablaba, llega el tedio de su trabajo y conflictos secundarios. Ir de a punto A a punto B, de repente es acosada vía Whatsapp por un presunto desconocido, y poco a poco ella cree que ya no puede fiarse de nada ni nadie, desembocando en un símil sobre la invisibilidad bastante grotesco. Todo esto cortando por completo el argumento principal, que reaparece hacia el final, cuando Assayas termina un conflicto que bien podría haber sido una película aparte, y con una puesta en escena de auténtica risa. ¡No tiene sentido! ¿Acaso “la señal”, no es el principal motor de la vida de Maureen en ese momento? Sí, lo expresa ella misma en palabras: sólo la retiene el querer comunicarse con el espíritu de su hermano. Podría coger un avión e irse en cualquier momento, o pedir ayuda a su ex-cuñada o amigos, dejar el trabajo y forzar el encuentro con su hermano, como médium que es. Nada de eso ocurre, al menos no a ojos de ella, y la película se acaba con otro gran impacto a los sentidos pero sin resolver nada.

Dudo mucho que aquí Assayas quiera hablarnos de algo concreto, o una posición ideológica, por mucho que quiera venderla así, no estamos ante el Ordet del siglo XXI. Las imágenes no lo muestran. Es un thriller que no le ha salido ni medio redondo. La segmentación es notable, y no puedo más que reflexionar sobre el hilo argumental de esta película como un conjunto de novelitas de Stephen King que se convierten incluso en peores tras su traducción al lenguaje audiovisual. Una obra menor del terror actual, si se quiere encajonar así, con momentos inspirados.

Le fils de Joseph (Eugène Green , 2016)

Vincent, hijo de María, no encuentra su lugar en el mundo. Abandonado por su padre, cabreado con todos y por todo, tanteando con alguna intención vandálica, descubre en su casa un día la carta devuelta por parte de su progenitor a su madre. Furioso, trama un plan para encontrarle y matarle, tomando como base para su tropelía, la serigrafía de ‘El Sacrificio de Isaac’ pintado por Caravaggio, que cuelga de la pared de su cuarto.

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Green no refuerza el aspecto simbólico bíblico en la narrativa. Más bien es una excusa para insertar momentos pictóricos, pues no establece conexión entre lo que acontece y su simbología, es decir, entre los grandes eventos y personalidades mencionados del Antiguo y Nuevo Testamento. Las dos mitades de la historia van separadas por una transición insertada como burla pues, no en vano, la explicación viene dada entre chistes. Eso no le retiene para hacer una película de claro entendimiento católico, y en ese apartado lograr impulsar la trama, girando el comportamiento errático de Vincent. De manera creíble, si consideramos lo extravagante de los acontecimientos, fantasiosos donde la lógica espacial o de personajes se manipula a antojo.

Le fils de Joseph vira del drama familiar, a la comedia ligera sobre la bondad y el karma. Transigente con las maldades y errores, descritas con poco aderezo en la puesta en escena, para luego llegar a un lugar mejor, más atrayente, luminoso.

Liberami (aka Libera nos) (Federica Di Giacomo, 2016)

Más estremecedor que el propio esquema que la Iglesia Católica tiene organizada con el exorcismo, es la inoperancia de los estados para hacer frente a tales actividades que pasan impunes y hasta se hacen más fuertes y prósperas con el tiempo. Esa es la principal idea que te reconcome la cabeza al pensar en el off-frame de Liberami.

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Siguiendo a varios curas y sacerdotes de la provincia de Sicilia, el montaje de Giacomo no refleja una corrupción generalizada por parte de la Iglesia para justificar este tinglado. Creen fehacientemente en lo que hacen y que su ruta para sacar al demonio de las personas y familias que se han separado del camino de Dios, no es más que la última instancia de un largo proceso de descarte de enfermedades mentales y episodios anímicos. Con todo, en algunos planos se formula un juego de mentiras y medias verdades por ambas partes en los que el afectado parece no cumplir su parte y prefieren caer en la excusa rápida del demonio antes que el autocontrol o acudir a médicos; o los sacerdotes no siendo rigurosos y aceptando que hay una parte de sus fieles que se dejan llevar por un personaje, pero no piensan dejar de atenderles.

Sin respiro, una bendición tras otra, una exorcización tras otra, locuras espetadas de derecha a izquierda, y aunque sí que hay cierto humor en cómo colisiona el mundo moderno con estas antiquísimas prácticas (Padre Cataldo no mitiga su hipertensión rezando), también en los momentos de caos, caldo de slapstick, lo cierto es que el documental acaba deprimiendo por completo, al no mostrar ninguna salida para estas personas. Incluso cuando son ya “curados oficialmente”, vuelven a recaer en trance al mínimo contacto con la palabra de Dios, o Jesucristo.

La impotencia me abrazó por completo tras mostrarnos la escuela internacional de exorcistas del Vaticano. Cada vicario y cura más ocupados en suplir para un público enfermo (contando rápido, obradores de más milagros que el propio Cristo), antes que preguntarse si ése es el camino que su vida religiosa debe llevar. Las instituciones del mundo siguen actuar. Un reverso oscuro sobre Sicilia igual de descorazonador que el que Belluscone nos propuso el año pasado.

Mimosas (Oliver Laxe , 2016)

El segundo largometraje de Laxe nos invita a reflexionar y rellenar los huecos que se dan en los cambios generacionales en tribus conservadoras. El mundo occidental, siempre a la puerta pero nunca invadiendo por completo la costumbre, más bien retroalimentándose de ésta: a Shakib, un conductor de taxis con un gran ensimismamiento en el mundo espiritual, repudiado como inútil por sus compañeros, le es transferida la misión de reemplazar al Sheikh (o jeque) de una expedición destinada al fracaso.

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Si bien, en otras películas de corte social o religioso, podríamos aborrecer la simbología, aquí es necesaria en todo momento. No compro por tanto esa postura de Oliver Laxe sobre lo incontrolable del rodaje y dejarse llevar. Sí, hay aspectos, más con actores no profesionales y terrenos inhóspitos, siempre, pero por fin atisbamos en el festival el comienzo de las películas pensadas, que no pueden simplemente arreglarse en la mesa de montaje. Las imágenes crean un círculo infinito sobre la idea de la Yihad, o sea, el desgaste del creyente para no obviar el poder de Dios y su ley sobre la vida humana. Shakib es miembro de una caravana de taxis que patrullan incansablemente el desierto, los destinos son individuales, misiones solitarias, que sin la voluntad del ánima perecerían.

Breve inciso para hablar del sonido, nada nuevo, pero predominan leves notas sintetizadas, sin armónicos, que transicionan apropiadamente los momentos de limbo expositivo, estos taxis, con la realidad de la narración, a su vez contrastando con el áspero diseño de sonido que contiene el resto de la película.

Cuando consigue alcanzar a la expedición descubre que el Sheikh ya ha muerto y que las nuevas generaciones, Ahmed y Said, no creyente y creyente de Allah, no están muy dispuestas a cargar con el legado ni reproducir los ritos de enterramiento que recaen en los familiares del jeque. Prefieren las trampas, o la libertad sin sentido antes que el trabajo proveniente de la costumbre. Por desgracia para ellos las realidades del camino, ora ladrones, ora momentos de fortuna, su propia incompetencia, terminarán por romper la inmovilidad del testarudo Ahmed y requerirán de él, esfuerzo para luchar y dar sentido beneficioso a su vida. Mimosas queda rematada en un marco parecido a los westerns a nivel temático, si bien de poca subversividad o espectacularidad visual. Nunca se especifica quién es el malo, si es que lo hay. Todo parece formar parte de un plan y el hombre debe amoldarse a él, sólo a través de la Yihad y con la ayuda de Dios, podrá descubrir o forjar el final.

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