Críticas

Déjame salir

Por Doc Diablo

Lo reconozco. Hasta la fecha no sabía quién era Jordan Peele. No he visto ninguno de sus programas  junto Keegan-Michael Key en Comedy Central, aunque he oído hablar mayoritariamente bien de ellos, ni conocía que tipo de humor manejaba. Esto por un lado me producía la consabida sensación de falta de conocimiento para enfrentar su primera película como director pero a la vez la tranquilidad de no estar condicionado por ningún tipo de apego/aversión a su figura televisiva.

Dicho esto, la primera escena de Déjame salir, en la que acompañamos a un joven negro mientras camina por una zona residencial presumiblemente blanca con un evidente nerviosismo y una creciente sensación de que algo no va bien, destila una potente ironía, tanto por ser el reverso de la clásica situación de adolescente blanca caminando por calle de barriada peligrosa como por la canción escogida como música de fondo: un tema de los años años 20 titulado “Corre, conejo, corre”, que es usada no como distanciamiento frente al terror “rollo meta” a lo Scream, sino como una corriente subterránea que incrementa la sensación de desasosiego al estilo de Polanski. Desasosiego formalmente potenciado por un uso del wide screen y el barrido lateral sacado directamente del Halloween de Carpenter al que el director recurrirá varias veces durante el metraje. Todo esto me tendría que haber dejado claro, visto en perspectiva, que me encontraba ante la obra de un cinéfilo empedernido que conoce de pe a pa el libro de texto de los grandes del terror. Y es ese conocimiento unido a un sentido del humor que no deja títere con cabeza y que sabe transitar muy bien la delgada línea que separa la simple parodia de la sátira, el que convierte a Déjame salir en una de las propuestas más inspiradas del pasado 2016.

El actor británico Daniel Kaluuya está estupendo, en el punto justo entre la vulnerabilidad y el rechazo a convertirse en víctima, en la piel de Chris un fotógrafo de color de clase media al que su blanquísima, guapísima y liberalísima novia, que como ella misma se encarga de aclarar con un -más tarde entenderemos- devastador “mi padre hubiera votado a Obama para un tercer mandato si fuera posible”,  invita a conocer a sus futuros suegros durante un fin de semana en su privilegiada zona residencial en las afueras de New York. Chris acepta desoyendo el consejo de su mejor amigo, un rechoncho agente de la TSA, la agencia de seguridad para el transporte en USA,  al que encarna con un timing cómico impecable y una furiosa combatividad el stand-up comedian LilRel Howery del que me declaro fan absoluto desde ya, y que funciona paradójicamente como contrapunto cómico y al mismo tiempo como ancla de la película en la realidad, mostrándonos que en el mundo actual el sentido común queda muchas veces reducido a un chiste en la mente de los necios.

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Durante el viaje, un encuentro casual con un coche patrulla será el momento que Peele utilizará para transmitirnos la sensación de peligro potencial y desamparo que supone para la comunidad afro-americana fuera de los círculos de poder o de alto poder adquisitivo obviamente, cada encuentro con las fuerzas del orden y que además aprovechará para jugar con nuestra percepción en una escena espejo incrustrada en el sangriento clímax del film.

Esta breve escena es la única donde nos toparemos con un personaje que abrace abiertamente su racismo, dado que la película tiene en su punto de mira a personajes para nada tan evidentes y fácilmente atacables como el Alt Right o los rednecks, sino esa sociedad blanca buenista de clase alta cuyo hábitat natural son los Hamptons, y que admira a Michael Jordan y Tiger Woods pero cuyo único contacto real con la América negra es a través de sus sirvientes o del ocasional invitado “exótico”. Es a partir de la llegada a la residencia familiar cuando la película empezará a mostrar sus cartas saltando de referente en referente desde una sátira descarnada de Adivina quién viene esta noche durante la cena de bienvenida articulada a través de una serie de intercambios a primera vista cargados de amabilidad pero de una paternalismo y una esforzada actitud ultra-progresista de lo más inquietante, a (SPOILERS) un remake libre pero confeso de La invasión de los ladrones de cuerpos  y/o adaptación interracial de Amos de títeres, sobrevolada por el soterrado y escalofriante sentido del humor de La semilla del diablo (FIN SPOILERS). Este tono se hace especialmente presente en la brillante escena de la reunión anual que se celebra al día siguiente de la llegada de la pareja, que nos remite directamente al horripilante “covenant” 😉 formado por viejecitas amables y señores de aspecto impoluto y educadísimo de la fundacional película de terror satánico del maestro polaco, y que desembocará en el bingo/subasta que lleva la película al terreno de los “mad doctors” y finalmente a  unos últimos 20 minutos de catarsis ultra violenta en que el director apuesta abiertamente por las explosiones puntuales de violencia con un ojo puesto en el feísmo de La matanza de Texas. Una catarsis que resulta especialmente satisfactoria por como Peele subvierte las convenciones del género que ha seguido a pies juntillas hasta ese momento para regalarnos 30 segundos finales donde horror y comentario social convergen en perfecta comunión en unas luces de automóvil.

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Aquí debo hacer un inciso para reivindicar la brillante dirección de actores de la película donde aparte de los anteriormente citados brillan con luz propia Marcus Henderson y Betty Grabble como los sirvientes de errático comportamiento en papeles duales que no puedo describir sin destriparos la peli, y Catherine Keener, como la madre psicóloga new age, que cimenta su personaje en un meticuloso trabajo de lenguaje corporal pasivo-agresivo que resulta desconcertante y progresivamente angustioso, frente al no menos brillante Bradley Whitford que en, otra más, excelente idea de guion y dirección es un torrente de verbalidad descontrolada, contrapunto perfecto a los silencios y miradas de Keener. Pero por encima de todos la figura bellísima e inclasificable de Alisson Williams -popular en USA por la serie Girls- que sortea con una elegancia extrema todas las dificultades que le plantea su papel clave como la sufrida y atónita hija/novia en el epicentro del pandemónium, y que es capaz de hacernos cambiar de parecer sobre su posicionamiento de una escena a otra con una exquisita ambigüedad sin la que la historia perdería gran parte de su tensión.

Más allá de todos los comentarios sociales y sobre racismo que revolotean alrededor de un film poblado de referencias visuales, algunas veladas, algunas tremendamente explícitas a las plantaciones de esclavos, a las dinámicas de la lucha de clases y a la batalla constante por no verse relegado a la invisibilidad y, donde cada aparentemente intrascendente línea de diálogo tiene una doble lectura deliciosamente perversa, el motor de la temáticamente compleja pero a la vez rabiosamente visceral Déjame salir es la lucha por la conservación de la identidad racial frente al intento de fagocitación de aquellos deseosos de vivir “la experiencia negra completa” concepto que el film lleva a las más extremas y delirantes consecuencias poniendo un pie en el territorio de La dimensión desconocida. Es a estas alturas cuando el film perpetra una de las bromas más crueles y perfectas que he presenciado en años como camino para avanzar el plot. El posible camino a la libertad de Chris, desde la esclavitud a la que parece estar abocado será propiciado ni más ni menos que por….el algodón. Puro genio.

Como película de género pura y dura Déjame salir funciona como un reloj de precisión suiza que maravillará a los amantes del terror por la cantidad y el buen uso de referencias diseminadas a lo largo del metraje, así como por su sofisticada puesta en escena de una premisa argumental en el fondo muy sencilla elevada, aparte de por todos los meritos de guión y actorales señalados anteriormente, por un trabajo de cámara y de creación de atmósfera muy cercanos a la excelencia. Como sátira social resulta demoledora en sus postulados. Escrita y rodada durante la época Obama, Déjame salir estrenada a breves días de la proclamación de Trump como presidente es terriblemente certera en sus predicciones de que la presidencia previa no era más que un espejismo, una vez corrida la cortina de humo que escondía a la auténtica América y nos deja con la duda de si el propio Barack no era simplemente uno más de los negros que había efectuado una desafortunada visita a la mansión Armitage antes que Chris.


Jordan Peele | Jordan Peele | Daniel Kaluuya, Allison Williams, Catherine Keener, Bradley Whitford, Caleb Landry Jones, Marcus Henderson, Betty Gabriel, Lakeith Stanfield, Stephen Root | Toby Oliver | Gregory Plotkin | Rusty Smith | Michael Abels | Jason Blum, Edward H. Hamm Jr., Sean McKittrick, Jordan Peele | Jeanette Brill, Raymond Mansfield, Shaun Redick, Couper Samuelson | Blumhouse Productions, Monkeypaw Productions, QC Entertainment | Universal Pictures |
  • Mudo

    Yo pillo toooooodo lo que pretende esta película, pero no me funciona más que cuando el protagonista habla por teléfono con su amigo. Vamos, que si fuera un chiste lo pillo pero no me hace gracia. Debe ser que:

    1. Los sustos a golpe de tecla de piano ni me dan miedo ni me hacen gracia (si es que son una parodia)
    2. Las tramas en las que los protas se comportan “raro” cada vez se me hacen más largas: Todo lo que hace a esta película “trasgresora” tarda un mundo en llegar. Una hora o así.
    3. El protagonista no me parece muy expresivo
    4. No conocía a su director ni su super mala leche y ni siquiera me ha parecido que dirigiera muy bien
    5. Hay poco cariño en el guión de la parte final

    Dicho lo cual, como siempre, es mi problema, no el de la película que al menos intenta hacer algo muy diferente.

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