Críticas

El Infinito

El mensaje más importante que me llevé de El Infinito — eso, y una sonrisa en mi cara — es que el pasado nunca es tan malo como parece. Desde el propio título se nos dice que el tiempo es un factor crucial en esta película sobre la reconciliación de dos hermanos separados por las distintas opiniones que guardan de su estancia de juventud en una apartada y semidesértica comunidad de California, a la que deciden volver tras recibir una enigmática cinta que les sirve como detonante, como Ripley al Nivel 426, para ajustar cuentas pendientes y quitarse de encima el saco de piedras que les ha impedido progresar en nuestra sociedad desde que abandonaron el campamento.

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Hay un misterio en el centro de esta comunidad, Arcadia. Y la forma en la que sus directores lo exploran no solo es indicativa de la confianza técnica que Justin Benson y Aaron Moorehead han acumulado tras sus dos primeros largometrajes, Resolution y Spring, sino de su cada vez más desarrollado interés humano. Como en Spring (un espléndido acompañamiento a películas como La Forma del Agua, por si consigo despertar vuestra curiosidad), El Infinito es una historia de amor, fraternal en este caso. Igual de reposada, pero matices derivados de un pasado ni mucho menos compartido. Para un hermano, Arcadia es un Edén. Para el otro, es un culto apocalíptico. Y ninguno de los dos está exactamente en lo cierto, en una división que les ha enfrentado durante una década, pero siempre hay un ánimo de reconciliación entre ellos: son, al fin y al cabo, lo único que tienen en este mundo.

Descubro que prefiero escribir sobre la gente que protagoniza El Infinito que las incógnitas con las que lidia, y eso me parece muy buena señal. Sobre estas últimas no quiero ahondar mucho, pero sí dedicar unas líneas a destacar la amplísima gama de recursos, a múltiples niveles audiovisuales, de los que echa mano la película a la  hora de examinarlas. El Infinito no solo presenta su ración de sugerentes ideas visuales (una cuerda que se extiende sin fin hacia el cielo oscuro) propias del fantástico, sino que también practica con la manipulación de sus imágenes y sus sonidos a su nivel más elemental: juega con sus texturas, con la aberración de las lentes, con los colores, amortigua los efectos sonoros. Hay momentos de gran expresividad en lo que a los movimientos de cámara se refiere, en particular en una secuencia donde Benson y Moorehead se apartan de sus protagonistas para mostrarnos, de manera subjetiva y en privado, un soprendente y horripilante descubrimiento. ¿Recordáis cuando Demme recorre con la cámara la guarida de Buffalo Bill en El Silencio de los Corderos? Mismo efecto.

A título muy personal, echo mucho de menos esta clase de lenguaje en producciones de gran envergadura. Al final acabo interpretándolo como recursos únicamente circunscritos a de un cine de bajo presupuesto, cuyos responsables no tienen más remedio que trabajar “con lo puesto” (Bruce MacDonald rodó Hellions con película ultravioleta), pero es una afirmación tan generalizada como engañosa y, más en El Infinito, donde Benson y Moorehead demuestran una vez más las virtudes de la empatía: por mucho efecto visual que la película introduzca, siempre hay un propósito interno, bien dirigido hacia nosotros (causar nuestra incomodidad o nuestra sorpresa) o hacia sus propios personajes. Y recuerdo, por ejemplo, como Cube venía a decirnos que no hay mecanismo infernal que pueda equipararse a la crueldad que escondemos. El Infinito viene a decirnos que no hay nada más alienante que la separación entre dos personas que se quieren, sin importar las sorpresas que les depara el mundo en el que viven.

Tengo que decir también que me parece que El Infinito no siempre se pega a esta noción, su gran baluarte. Parte de la película, percibo, es una carta de presentación de sus directores a los grandes estudios para demostrar que son capaces de trabajar con presupuestos  más amplios. En ocasiones muy, muy contadas, es una película demasiado efectista. En otras, se nota que ninguno de sus dos protagonistas es un actor profesional, incapaz de enriquecer las palabras de su propio guion, o de inyectar más energía a alguna de sus escenas más emotivas, pero su única misión, y la cumplen con creces, es comunicarme un vínculo de hermandad, con sus pequeñas trifulcas, su cariño silencioso. Intuyo que la acumulación de ideas y su proximidad al “territorio mindfuck” podría ser un problema para algunos espectadores porque se podría interpretar como una salva de disparos en todas direcciones, a ver si alguno cuela. Para mí, no obstante, su voluntad de distanciarse de un género, de un plan concreto, significa en este caso particular que tiene una historia más importante que contar; un bromance que no se aplica necesariamente ni al terror, ni al fantástico, ni a cualquier otro marco de referencia. Y es desde ese punto de vista del que he aprendido tantas cosas buenas de esta película.


Justin Benson, Aaron Moorehead | Justin Benson | Justin Benson, Aaron Moorehead, Callie Hernandez, James Jordan, David Lawson Jr., Lew Temple, Peter Cilella | Jimmy Lavalle | Aaron Moorhead, Justin Benson, Michael Felker, Aaron Moorhead | Ariel Vida | Justin Benson, Thomas R. Burke, David Lawson Jr., Aaron Moorhead, Leal Naim | Frederick Pfaff, Robert Pfaff | Snowfort Pictures, Pfaff & Pfaff Productions, Love & Death Productions (LDP), Rustic Films | La Aventura |
  • MisterFloppy

    Menos mal que hice caso y vi antes Resolution. Como película independiente es un puto coñazo. Viendo luego The Endless, la hace un poco mejor.

    Y ésta… Pues a ver, sus ideas SciFi molan un huevo, pero se cree mejor película de lo que es, y en el fondo es simplemente raruna porque sí, sin contarte nada realmente.

    Ahora tendré que ver Spring, de 2014 ?

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