|

“He visto El Exorcista
ciento sesenta y siete veces. Y cada vez me río más.”
Michael Keaton, en Bitelchus
Y COMENZAMOS…
En el momento en el que
Tim Burton dio el salto definitivo a Hollywood en 1990 con la adaptación
cinematográfica de Batman, la línea que separaba “autor cinematográfico” y
“artesano de la industria” se hizo mucho más difusa. Por primera vez en
mucho tiempo, un director lograba combinar la comercialidad con el arte.
Burton lo hizo de forma prodigiosa.
Tim
Burton nació en Burbank, California, allá por 1958. Introvertido, callado,
con una afición inusual por el color negro, Burton estuvo inmerso desde su
niñez en el mundo del cine, al que tenía a la vuelta misma de la esquina (en
Burbank se encuentran los estudios Disney). Para que nos hagamos una idea de
la posterior influencia que tuvo el lugar donde se hacía mayor, diremos que
Burbank es el prototipo, la quintaesencia del suburbio americano que tanto
ha explotado Burton en películas como Eduardo Manostijeras o Ed Wood: un
escenario tan recurrente en su filmografía como los paisajes tenebrosos o
las casas encantadas.
Zote
como él solo en los estudios, Burton destacaba por su habilidad en las artes
plásticas: el dibujo, la pintura y las películas, con especial predilección
por las películas de Godzilla, los filmes de terror de la productora inglesa
Hammer, en los años 60, y el trabajo del creador de efectos especiales
Ray Harryhausen, pionero en la técnica del Stop-Motion (Colocamos una
figura de plástico. Sacamos una toma. La movemos un poco. Toma. Otro poco.
Toma... hasta crear un movimiento completo cuando unimos el conjunto).
Así, en 1979, tras
graduarse en el CalTech de California, Tim Burton pasó a formar parte de la
plantilla de animadores de Disney, lo cual no terminaba de hacerle mucha
gracia, dado que para lograr un segundo de película animada, el dibujante
debía repetir 24 veces la misma imagen. Afortunadamente, algún genio de los
estudios le ascendió a artista conceptual (que viene a ser como un empleado
en el departamento creativo), con lo que Burton pudo terminar de explotar
sus habilidades y empezar a dar forma a su manera de ver el mundo a través
de su propia creación artística. Pero las cosas no le fueron demasiado bien.
Su único trabajo fue en el film
Taron
y el Caldero Mágico (The Black Cauldron) que, mira por donde, resulta
que es la “película maldita” de Disney. No se encuentra en nuestro país y Disney aceptó reeditarla en DVD en los Estados Unidos tras muchos tira y
afloja. Una lástima.
Sin embargo, el talento de Burton no fue aplastado vilmente
por el gran estudio: hablamos de otra época donde la gente que hacía algo
distinto no terminaban en películas “indies” donde, a fuerza de explotar sus
ideas, se terminaban quemando. Al contrario: la Disney, en esos momentos
capitaneada por el hijo de su fundador, Roy Eisner, concedió a Burton la
posibilidad de realizar pequeños cortos de prueba que son pequeñas joyitas
como Vincent o Frankenweenie. Ambos se encuentran incluidos en el DVD de
Pesadilla
Antes de
Navidad.
Página
siguiente.
Rafael Martín. |