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BATMAN Y MÁS ALLÁ
Batman se estrenó en 1990 en
nuestro país. Yo tenía 9 añitos y mi padre me llevó a verla el día del
estreno. Nada más bajar del autobús llegó el desastre: la cola del cine
Liceo daba DOS vueltas a la manzana el día del estreno. No la pude ver hasta
un año después, estrenando mi flamante video VHS. Un fenómeno, vamos.
Batman se convirtió en una de las 10 películas más taquilleras de la
historia. Captaba el espíritu oscuro que hizo famoso el cómic del hombre
murciélago. La banda sonora se hizo muy famosa (a cargo del maestro Danny
Elfman, habitual colaborador de Burton). Y, a pesar de las reticencias del
estudio acerca de poner el rostro de Michael Keaton al superhéroe, la verdad
es que el actor se defendió muy bien. Tenían a Nicholson como el Joker.
Tenían a Basinger. Era entretenida, excéntrica, y Burton aplicó toda su
imaginación para recrear Gotham City. Entonces... ¿por qué todo el mundo
coincidió en que era una mala película cuando hoy nos tragamos tonterías
como Spider-man o coñazos de tomo y lomo como Hulk?. Yo,
personalmente, no tengo ni idea. Quizás fuera por Prince (estés donde estés,
Prince o como te llames ahora: MUÉRETE).
Burton había dado en el clavo. Puede que sólo
fuera un producto de merchandising, pero, que puñetas, molaba. Su éxito
tremendo llevó a la Warner a poner de inmediato en marcha una secuela,
también dirigida por el propio Burton,
Batman Vuelve (Batman Returns, 1992), que tenía a Michelle
Pfeiffer en pleno delirio sado como Catwoman y a un irreconocible Danny
DeVito como El Pingüino. A pesar de que casi todo el mundo coincidió en que
era mejor película (algo a lo que casi me suscribo, es más oscura, más
psicológica, y los malos tenían mas importancia que el personaje
protagonista... pero eso de poner pingüinos con misiles en la espalda no se
le ocurre ni al que asó la manteca), Burton acabó muy quemado.
Y ahora me voy a centrar un momentito en lo
que vino después con Batman. Lo siento pero me lo tengo que sacar de
encima.
Ambas películas supusieron pingües beneficios
para la Warner. Pero cuando Burton se negó en redondo a hacer una tercera,
llegó el cataclismo: algún prohombre de la Warner sugirió revitalizar la
franquicia con dos nuevas películas, Batman Forever (1995) y
Batman & Robin (1997), con Val Kilmer y George Clooney como nuevos
hombres murciélago.
El director elegido para ambas fue Joel
Schumacher, que tenía una buena película Un Día de Furia (Falling
Down, 1993), pero una gota no hace océano. La siniestra Gotham se
convirtió, por arte de magia, en una especie de discoteca de la Ruta del
Bakalao, mezclada con toques de Paco Clavel (esos fuertotes machos de piedra
que sujetan los edificios) y Agatha Ruiz de la Prada, poblada con luces de
todos los colores y formas, con energía suficiente como para iluminar Las
Vegas durante un año entero. Forever ya da asco, ASCO, con Jim Carrey en su
faceta más repugnante haciendo de Enigma y Tommy Lee Jones como Dos Caras,
un fiscal del distrito al que le echan ácido en la cara, volviéndola fucsia.
Absurda en planteamiento, nudo y desenlace, interpretada por un Val Kilmer
que no da la talla, con Nicole Kidman medio tuerta media película por el
mechón de pelo que le cae en la cara y Chris O’Donnell haciendo de Robin
(con eso basta). Planos del culo de Batman y los pezoncillos marcados en el
traje. Cremita. Parecía insuperable.
Pero luego
llegó Batman y Robin. Hay tanta cantidad de afrentas por minuto
contra el cómic, el cine, y el sentido común que no quedaría sitio en la web
para explicarlas todas. Si alguien no la ha visto, que la vea, porque no
quiero estropearle la sorpresa... pero ver a Arnold Schwarzenegger haciendo
de Mr. Freeze en su guarida con zapatillas de oso polar de estas que se
regalan en los cumpleaños cuando quieres dar la notita de “Jo, que regalo
mas cachondo... ¿y ahora cual es el regalo de verdad?” es (todos conmigo)
CRE-MI-TA FI-NA.
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Rafael Martín. |