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“Ya
no podré ver Montana”
Sam Neill,
tras ser disparado en el pecho, a Sean Connery, en La caza del Octubre
Rojo.
John McTiernan nació en Albany, Nueva York, el 8 de enero de
1951, y ha estado rodeado de la cultura de las artes escénicas desde muy
temprana edad. Su padre era cantante de ópera, y el propio McTiernan se
inició en la actuación a la temprana edad de ocho años. Tras el instituto,
estudió cine en la Julliard & New York University, para terminar
convirtiéndose en diseñador y director técnico de la Manhattan School of
Music. Empezó a dirigir anuncios publicitarios para marcas como Volvo o
Reebok, y, finalmente, estrenó su primera película, Nomads, en 1985.
El
director y su filmografía:
De un tiempo a esta parte la carrera de John McTiernan,
fulgurante en los años 90, ha decaído sin remedio hasta alcanzar cotas
realmente bajas. Todos los que hayan tenido el “privilegio” de ver Rollerball,
ese remake de la película de Norman Jewison, se habrán dado cuenta de que
McTiernan se había
quedado muy, pero que muy lejos de ser el realizador de ese par de joyas del
cine de acción que son Depredador y Jungla de Cristal. Sin embargo, no
siempre fue así. En un tiempo en el que las películas de acción de Hollywood
no se dedicaban a insultar la inteligencia del espectador cada treinta
segundos, o a meter ordenador hasta en los títulos de crédito, McTiernan,
junto con nombres como Renny Harlin, Richard Donner o el mismísimo James
Cameron (antes de creerse el MEJOR CINEASTA DE TODOS LOS TIEMPOS), era el
rey en su especialidad.
McTiernan empezó en el mundo del cine como director con la
película Nomads, de 1985, una oscura pieza de celuloide que pasó
absolutamente inadvertida en los Estados Unidos y de la que todavía
esperamos distribución en nuestro país. La película, interpretada por Pierce
Brosnan, con el que trabajaría trece años más tarde en El secreto de Thomas Crown, y Leslie-Anne Down, nos contaba la historia de un antropólogo
moribundo que narraba los dos últimos días de su vida a una joven doctora,
marcados por el encuentro con una raza de temibles seres que vagabundean por
las oscuras calles de Los Ángeles. Poco se sabe de ésta película, ya que la
deben haber visto la familia del director y un par de amiguetes, pero el
trailer, disponible en videodetective.com, parece de lo más prometedor. A
ver si alguien se decide a traerla a nuestro país. Un aperitivo ante lo que
viene a continuación.
Trailer
Si John McTiernan hubiera eliminado los primeros 30 segundos
de su
siguiente película, en los que se describen la llegada de la nave extraterrestre a nuestro planeta, nos la hubiera metido a todos doblada.
Depredador es, en un principio, la historia de un grupo de rescate
liderado por Dutch Schaefer (Arnold Schwarzenegger, en la quintaesencia de
lo que le convirtió en uno de los grandes mitos del cine de acción), que se
ve envuelto en una oscura operación para rescatar a unos diplomáticos
americanos que están en manos de la guerrilla colombiana. Hasta aquí todo
bien. Pero cuando a la media hora de película Dutch y su grupo convierten el
campamento de la guerrilla en un parking a base de bombazos, y parece que la
historia se ha acabado, la cosa empieza a cambiar radicalmente. En esa
jungla hay algo más aparte de ellos: una figura enorme, camuflada, que
dispone de visión infrarroja y que empieza a cazar, uno por uno, a todos los
miembros del equipo de Dutch. Un depredador alienígena, un cazador en busca
de trofeos, guiado por una brutalidad animal y dotado de un particular
sentido del honor que le impide matar a seres desarmados (principalmente,
porque no le divierte).

Depredador es el inicio de la fulgurante carrera de McTiernan. Lo que empieza como un desparrame tipo Rambo, con soldados como
armarios disparando tiros a tutiplén y cadáveres a la orden del día, se
convierte, según avanza la película,
en algo mucho más oscuro, violento y aterrador. El depredador no solo ataca
a los miembros del equipo por separado: lo hace empleando un armamento de
tecnología superior y una impresionante habilidad táctica que le distancian
del resto de “bichos” asesinos tipo Alien que lindaban por las pantallas
en aquella época. Poco a poco, los invencibles soldados se ven superados por
este asesino y se dan cuenta de que las armas de fuego en las que tanto
confiaban ya no valen de nada. Si quieren salir con vida, deberán empezar a
usar el coco. Es entonces cuando McTiernan se empieza a mover en el terreno
que le gusta, sacando el máximo partido del entorno y dejando espacio al
espectador para que se acomode a la nueva situación: ya no está ante una
película bélica, sino ante un film de suspense y ciencia ficción. La
transición entre estos géneros se realiza de una forma fluida y relajada,
sin saltos bruscos, gracias a la información que se nos va suministrando
poco a poco. La cámara, la fotografía y el montaje comienzan a adueñarse de
la película a medida que Arnold comienza a quedarse solo ante la brutal
bestia, para culminar en los antológicos veinte minutos finales, donde el
diálogo desparece por completo, y todo depende de la habilidad de McTiernan
para sugerir lo que no podemos ver. Hay momentos en los que se nos regalan
numerosos planos de los árboles para ver si realmente podemos ver al
Depredador a través de su camuflaje de camaleón. El empleo de la fotografía
de Donald McAlpine, (con una selva que termina pareciéndose
mucho a aquella de Apocalypse Now, oscura, en llamas) y la potente banda
sonora de Alan Silvestri, es impecable. Y por debajo, el duelo final entre
Arnold y el depredador, mano a mano sin armas de ninguna clase. Nunca
Schwarzenneger ha acabado tan machacado, descontando, por supuesto,
Terminator. Pero ésa es otra historia. Volvemos con John McTiernan, que está
a punto de llegar al punto más alto de su carrera en su tercera película,
que se puede resumir en una frase: “Yippee-kay-ay, hijo de puta”.
Bienvenidos a la Jungla de Cristal (1988).

Tengo el honor de presentarles a John McClane (Bruce Willis).
Dado que mi devoción por este personaje es ilimitada, universal, y conocida
por todos, intentaré no excitarme mucho: el día de Navidad, McClane, policía
de Nueva York, viaja a Los Ángeles para intentar una última oportunidad de
reconciliarse con su mujer, una importante ejecutiva de la compañía Nakatomi,
en cuyo edificio se esta dando la fiestaaaaaaa, que diría Pocho. Como dicho
edificio custodia 640 millones de dólares en bonos negociables al portador
en su inquebrantable caja fuerte, el elegante, ambicioso, culto y
absolutamente despiadado Hans Gruber (convertido por obra y gracia de Alan
Rickman en el mejor malo de la historia de las pelis de acción, y eso es un
hecho) y su grupete de terroristas asaltan el edificio para robar el botín,
con la inestimable ayuda de la policía de Los Ángeles y, más adelante, del
FBI, todos más tontos que Abundio. Sólo McClane, que se ha salvado del
secuestro por los pelos, podrá hacer algo para evitar una masacre del copón.
Pero no estará solo: poco a poco, por medio de un Walkie-Talkie, iniciará
una entrañable relación con el sargento Al Powell (Reginald VelJohnson, que
se enfrentaría años después a un desafío mucho mayor: Steve Urkel, en la
serie de Antena 3 Cosas de casa.), un veterano policía que se convierte en
su único aliado y amigo en el exterior, y el único entre esa panda de
incompetentes que le rodean que es capaz de hacer algo inteligente. Entre
medias, Hans Gruber, su letal secuaz Karl (Alexander Godunov), 11
terroristas más, su mujer secuestrada, 1000 kilos de explosivo plástico en
la azotea del edificio listos para estallar, un periodista metomentodo, un
ejecutivo que se las da de listo y un chofer que se pasa media película
soplando güisquitos en la parte de atrás de una limusina. Toma jeroma.
Jungla de cristal es una revisión del cine de catástrofes de
los años 70 que tan famoso se hizo con películas como El coloso en llamas. A pesar del argumento, la película conserva un tono de seriedad
que casi nadie ha logrado imitar. Jungla de cristal puede reírse
de si misma en algunos momentos, pero nunca cae en el ridículo. El guión de
Steven E. De Souza y Jeb Stuart, basado en la novela de Roderick Thorpe,
sigue siendo un modelo a imitar, en especial en dos escenas claves en la
película: el intento de rescate de Ellis, ese ejecutivo idiota que se las da
de listo y que intenta negociar con los terroristas mientras McClane intenta
convencer a Gruber de que no le liquide, y el primer encuentro entre McClane
y el propio Gruber, que se ha visto sorprendido por el duro policía.
McClane, que nunca le ha visto, es incapaz de reconocerle dado que Gruber
cambia su frío acento alemán por un sorprendente acento tejano. Por un
momento, McClane, incluso, ve en ese desconocido a un posible aliado. La
escena es fantástica.
Y es este grado de inteligencia lo que la distinguirá
siempre de sus imitadores. Esta película es la inauguradora del género de
acción conocido como “Todo vale”, donde el héroe de acción es un pobre
diablo superado por los acontecimientos, pero capaz de hacer las mayores
proezas para salir con vida del brete, por muy increíbles que sean. Y la
dirección de McTiernan alcanza grados de precisión desconocidos: no hay dos
planos que se repitan, el uso de los efectos especiales está perfectamente
dosificado y la leyenda del antihéroe
John McClane se crea, precisamente, porque McTiernan concede tanta
importancia a los diálogos como a la acción, lo cual funciona perfectamente
a la hora de desarrollar los personajes en su justa medida.
McTiernan retomaría la saga en 1995, con la tercera parte,
Jungla de Cristal: la
Venganza, tras un breve paréntesis realizado en 1990
con La jungla 2: Alerta Roja, de Renny Harlin, una secuela muy digna pero
que carece de la dinámica dirección de McTiernan. Jungla de Cristal 3 es un
verdadero tiro de película. Sencillamente, va tan rápido que uno no tiene
tiempo de ver los descomunales agujeros de guión que se suceden en los
últimos tres cuartos de hora de película. A lo
Harry el Sucio, McClane,
que a pasado de ser un policía cínico y simpaticón a ser un cuasialcohólico
despojo humano, es manipulado por el hermano de Hans, Simon Gruber (Jeremy
Irons, pasándoselo pipa), corriendo de teléfono en teléfono para desactivar
una serie de bombas distribuidas por Nueva York, y que provocan las mejores
secuencias de destrucción urbana jamás vistas en una pantalla, con la mejor
explosión (la inicial) que se ha rodado. Samuel L. Jackson se convierte en
el improbable compañero de armas de McClane, en una relación plagada de
clichés pero superada por el buen rollo que tienen entre ellos. Muy
recomendable: violenta, cachonda y con tacos que se sueltan a velocidad de
ametralladora. Un auténtico desparrame, fue la película más taquillera de
1995, con 350 millones de dólares recaudados en todo el mundo.
Volviendo atrás en el tiempo, el director de Albany está en
el mejor momento de su carrera. Su siguiente película tras Jungla de
Cristal, La caza del Octubre Rojo (1990), es un prueba fehaciente de
ello. Con un reparto espectacular:
Alec Baldwin, Sean Connery, Scott Glenn, James Earl Jones, Richard Jordan,
Stellan Skarsgard y Jeffrey Jones, la película nos cuenta el destino del
invencible submarino soviético nuclear “Octubre Rojo”, invisible al sónar (o
sea, indetectable) que se dirige a la costa estadounidense por motivos
desconocidos. Sólo el analista de la CIA Jack Ryan (Baldwin) podrá llegar al
fondo del misterio aunque para ello tenga que meterse en la mente del
capitán de la nave desaparecida, Marko Ramius, interpretado por Sean Connery.
Poco a poco McTiernan se nos revela como un director que, a través de la
acción y el presupuesto millonario, se esfuerza en mostrar a sus personajes
como multidimensionales, secundarios incluidos. Ramius es un viejo lobo
(“Echo de menos la paz de la pesca. Mi mujer quedó viuda cuando me hice a la
mar”, dice Connery) que rechaza los principios monolíticos de la sociedad
comunista que le domina, llevándose consigo el tesoro más preciado de la
armada soviética. Ramius inicia así un viaje casi suicida que tiene en Ryan
a su única esperanza. Baldwin, joven, crédulo, ingenuo, es enviado por los
jerifaltes del Pentágono para hacer un informe de la situación, y se verá
metido en una auténtica batalla en el fondo del mar por el control de la
nave rusa. El mensaje de concordia, una vez que se encuentran las
tripulaciones del Octubre Rojo y del USS Dallas, capitaneado por Scott Glenn,
es evidente, y muy acorde con los tiempos de la caída del comunismo en los
que se estrenó el film, un éxito comercial por otro lado, gracias a los
espectaculares duelos de submarinos que tienen lugar a lo largo de toda la
película. De nuevo, McTiernan se lleva todos los honores en este sentido.
A partir de aquí, el director llega a su encrucijada
personal, una que le ha marcado hasta hoy. Elegir entre la creatividad
artística en medio de las producciones de acción millonarias que, la mayoría
de las veces, se ve forzado a dirigir por encargo. A veces, se rinde por
completo y se entrega a la acción pura y dura, con resultados lamentables
(caso de Rollerball – 2001, una de las peores películas que he visto en
mi vida, un desastre tipo MTV y un verdadero batiburrillo de planos sin
sentido) o sencillamente mediocres (Basic, 2002). En otras ocasiones, sin
embargo, la lucha por mostrarnos algo de espíritu entre tanto millón de
dólares se nota de una forma patente, con resultados que no forzosamente son
buenos, pero desde luego son convincentes y muy interesantes. Hablamos de
tres películas: Los
Últimos
Días
del Edén,
El
Último
Gran
Héroe
o El
Guerrero
nº 13. En todas y cada una de ellas hay algo especial que las hace
valiosas, pero que no fue suficiente para convertirlas en éxitos de
taquilla. Un deseo por parte del director en ahondar en la historia de una
forma antropológica. Los
Últimos
Días
del Edén, la historia de un par de
científicos (Sean Connery y Lorraine Bracco) que luchan por encontrar una
cura para el cáncer en medio de la selva amazónica, a punto de extinguirse,
es casi una carta de amor a la jungla en la más pura línea de películas como
La
Selva
Esmeralda. Un alegato ecologista que mantiene el interés por las
socarronas interpretaciones de los dos actores protagonistas, con una
química irreprochable,
así como por el sentido del ritmo anteriormente
mencionado marca de la casa.
El
Último
Gran
Héroe
es la película más arriesgada, extraña
y valientemente fallida que un gran estudio tendrá ocasión de realizar. No
hablamos de películas como El
Club
de la Lucha, que tienen numerosos club
de fans (entre los que estoy incluido), sino de filmes que están abocados al
fracaso porque, sencillamente, los vemos con el chip incorrecto: ¿una
película de Schwarzenegger con referencias a Bergman, a Olivier, a
Shakespeare?. Vamos hombre. En El
Último
Gran
Héroe, Danny Madigan, un
niño que vive con su madre soltera en un cochambroso apartamento, se ve
arrastrado mágicamente al mundo de su héroe favorito, Jack Slater (Arnold de
nuevo, en el principio de sus películas autoparódicas). Un lugar donde todas
las mujeres están buenas, donde todos los coches explotan cuando se les
dispara, donde ninguna herida infligida al protagonista es mortal
y donde
todos los teléfonos empiezan por 555. Pero un lugar donde se nos enseña que
los grandes héroes tienen una vida solitaria y aburrida cuando no están
matando terroristas. Cuando la tortilla se invierte, cuando Slater y su
enemigo, Benedict, son arrastrados a nuestro mundo, uno tan peligroso donde
incluso el propio villano parece un inocente corderito, se produce un choque
de trenes la mar de curioso. La primera conversación que Slater mantiene con
una mujer durante más de diez minutos es
con la madre de Danny. Como climax
final, Slater y el auténtico Schwarzenneger se confunden en la premiere del
estreno de la película. El resultado es hilarante. Sin embargo, una mala
colocación en la taquilla,
la película fue estrenada en 1993, dos semanas
después de esa peliculita llamada Parque Jurásico,
y un guión demasiado
apresurado no permiten sacar todo el jugo a este film, que pasó sin pena ni
gloria. Una lástima.
El Guerrero
nº 13
supuso el regreso de McTiernan a su lado
mas creativo cuando, en 1998, intentó adaptar la mediocre novela de Michael
Crichton. La mejor película del trío. La experiencia de un embajador árabe (Antoñito
Banderas) en las tierras vikingas mientras lucha contra una tribu de hombres
bestia nos es narrada como un documental al mas puro estilo National
Geographic, deleitándonos con las costumbres y la forma de vida y de
pensamiento del pueblo nórdico cada vez que la acción lo permite, con total
respeto y huyendo de la imagen de los vikingos como borrachos gordos que
beben cerveza como si respiraran aire. Rodada casi en su totalidad con
cámara en mano, McTiernan huye de los grandes paisajes para mostrarnos las
intimidades de ese pueblo acosado por los “Wendol”, los “Devoradores de
cadáveres”. Destacar la manera en la que Banderas salva las diferencias lingüísticas
entre sus compañeros vikingos y él, y las caracterizaciones de Vladimir
Kulich, como Buliwyf, lider de los trece guerreros que se encaminan a luchar
contra el mal, y de Dennis Storhoi, o Hrothgar el Alegre, guerrero valiente,
simpático y socarrón hasta la médula, que se convertirá en el mejor amigo de
Antonio Banderas. Desgraciadamente, Crichton, preocupado por el tono oscuro
y pausado de la película, despidió a McTiernan durante el montaje y tomó el
mismo las riendas, cortando 40 minutos de película, metraje que nunca verá
la luz. Sin embargo, el resultado es correcto, aunque no brillante. Se echa
de menos algo más de garra y de sentido del espectáculo en una producción de
estas características. El equilibrio entre épica a intimidad que se
encuentra en grandes producciones como El
Señor
de los Anillos, de Peter
Jackson, no aparece en demasía por aquí.
 
Así llegamos a su antepenúltima película y su último éxito de
taquilla: El secreto de Thomas Crown (1999), protagonizado por Pierce
Brosnan, Denis Leary y una impresionante Rene Russo. Thomas Crown (Brosnan),
es un millonario hecho a sí mismo que, por puro aburrimiento, roba un Monet
valorado en 100 millones de dólares. La agente de seguros encargada del
caso, Catherine Banning (Russo), intentará pillar a Crown con las manos en
la masa, pero terminará iniciando con él un seductor y lujosísimo juego del
gato y el ratón. El triángulo se cierra con el detective Michael McCann,
interpretado por Leary, un detective de Robos y Homicidios que contempla
todo el asunto como un vulgar juego de pijos con dinero (algo que es,
sencillamente, una verdad como la copa de un pino). Sin embargo, la
banalidad de toda la trama (¿todo esto por un puñetero cuadro?) termina por
resultarnos atractiva al ver el mundo en el que se desenvuelven Banning y
Crown (y que el 99.9 % de nosotros nunca podremos alcanzar). Por muy
desagradable que se nos haga esta pareja, que intenta superar en ingenio al
otro en todo momento, la verdad es que la historia avanza con ritmo, calidez
y mucho humor, para culminar en otro climax antológico: veinte minutos en el
museo de NY al ritmo de Sinnerman, de Nina Simone, mientras Crown intenta
devolver el cuadro robado en medio de un ejército de policías dispuesto
a echarle el guante. No es una película para adolescentes, sino que alcanza
al espectador de más de 35 años, más maduro y reflexivo. La historia más
claramente romántica que McTiernan ha dirigido. En este sentido, la
respuesta del director es sobresaliente, dejando que Brosnan y Russo
(increíble, arrolladora, bestial) se despachen a gusto tirando de miradas
irónicas y comentarios con doble dirección, en la mejor tradición del
Hollywood clásico.
En
conclusión:
En definitiva, he intentado hacer en este resumen una especie
de trayectoria de John McTiernan no de forma cronológica, sino más adecuada
a sus etapas como director, repasando los títulos más importantes. Lo que
está claro es que nos encontramos con un artesano que va un paso más allá,
como alumno aventajado del gremio. Su pericia técnica (esos desenfoques, ese
aprovechamiento del panorámico) es superior al resto de sus congéneres
(descontando quizás a James Cameron) así como sus pequeñas inquietudes
artísticas, que saca a la luz siempre que puede. Inquietudes que no se
encuentran en el cine de Richard Donner, de Jonathan Mostow o de John Woo. A
veces, de todas maneras, McTiernan concede a la cámara un mayor protagonismo
del que se merece, con movimientos un poco gratuitos, pero en ningún momento
llega al nivel de esa desgracia que tiene el nombre de Michael Bay, ni mucho
menos. En realidad reconforta saber que, aunque John McTiernan no esté en su
mejor momento, nombres de futuro como F.Gary Gray (Negociador, The Italian
Job), o Antoine Fuqua (Training Day, o la futura King Arthur), aportan un
grado de clasicismo necesario en el cine de acción, alejado del abuso de los
efectos especiales a los que se nos está mal acostumbrando, y eso me
reconforta. Hasta el mes que viene.
John
McTiernan en imdb.com
Rafael Martín. |