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La celebración del XXXVII Festival de Cine
Internacional de Sitges se celebró entre los pasados 2 y 11 de diciembre,
deparándonos algunos interesantes estrenos, algunos de ellos de improbable,
lamentablemente, llegada a las carteleras de nuestro país. Afortunadamente
parece ser que cada vez más se acepta, y se pide, la llegada a nuestras
salas, o videoclubes, de filmografía de otros países, principalmente de
Japón y Corea, actualmente los que realizan algunas de las mejores películas
del momento. Pero no sólo cine asiático hubo en Sitges. También se pudieron
ver remakes americanos de películas japonesas… y cosas mucho más
interesantes. Este humilde servidor pudo ver un poco de todo y pretende
reseñar en líneas generales que se pudo ver este año en Sitges.
Viendo el palmarés vemos que la gran
triunfadora, como cualquier mente no precisamente avispada podía suponer,
fue Oldboy. Venía precedida por el éxito del último Festival de
Cannes, donde recibió el premio especial de la crítica, y visto lo visto hay
que reconocer que tal expectación estaba totalmente justificada. Los 3
premios recibidos en Sitges incluso saben a poco para tamaña obra de arte,
sin querer desmerecer al resto de películas claro está, aunque la política
seguida por el jurado del festival, repartiendo muy ecuánimemente los
premios lejos de parecer un disparate resulta muy acertada dada la calidad
de las propuestas presentadas.
Oldboy nos cuenta la historia
de Oh Daesu, un tipo corriente y vulgar, quizás algo bocazas, que se nos
presenta al inicio del film borracho, en comisaría, justo el día del
cumpleaños de su hija. Una vez puesto en libertad bajo fianza, y mientras un
amigo llama a su casa, Oh Daesu desaparece sin dejar rastro. Es encerrado
durante 15 años en una habitación. Se le alimenta, regularmente le duermen
con un gas y le cortan el pelo, las uñas y le toman muestras de sangre y de
orina, y evitan que se suicide. Al cabo de 15 años es liberado, se le
entrega un teléfono móvil y dinero, y una misión: averiguar quién y porqué
le han encerrado durante 15 años.
Con semejante premisa podría parecer que nos
encontramos ante otra versión de la famosa novela de Dumas, El Conde de
Montecristo. Y efectivamente así es, incluso en algún momento de la
película el protagonista es referido mediante el título de la novela de
Dumas. Pero lejos de encontrarnos ante otra típica y tópica historia de
venganza nos encontramos con un film perfecto. Sí, va sobre una venganza,
tema recurrente del director, del cual hablaré más adelante, pero la
comunión de diversos factores hacen de éste un film único. Un director en
estado de gracia, Chan-wook Park, que ya había demostrado en anteriores
films su maestría, pero que aquí confirma su gran momento, poniéndose a la
altura de directores asiáticos como Takeshi Kitano y arrebatándole a Takashi
Miike el puesto de mayor director de culto actual (y eso que Miike es mucho
Miike). Un guión perfecto, sin fisuras, con diversos giros y un final
impresionante. Y qué decir de las interpretaciones, Min-sik Choi como Oh
Daesu borda el papel de hombre desesperado, esquizofrénico (aprende Russell
Crowe… y aprende de Ralph Fiennes también ya puestos), y finalmente
luchador. Un montaje excepcional y una fotografía más que correcta, todo
ello empacado por una música genial, incluyendo una escena de tortura con
las Cuatro Estaciones de Vivaldi de fondo, nos da un producto perfecto, que
contiene algunas de las mejores secuencias que un espectador podrá ver jamás
en una película, como por ejemplo, una escena de lucha filmada en un plano
secuencia lateral. Sí, así como suena, al más puro estilo de aquellos tan
míticos videojuegos como Final Fight o Streets of Rage, Chan-wook Park (ojo,
que la referencia a un videojuego no nos induzca a pensar erróneamente en
Paul W.S. Anderson… ¡ni por asomo!) nos filma una secuencia de lucha
genialmente coreografiada, donde lo gracioso es que no parece que esté
coreografiada, que ya quisieran muchos directores de cine de acción tener la
capacidad de filmar.
Aunque haya recibido los premios de mejor
película y el premio de la crítica, se hecha de menos el premio de mejor
director para Chan-wook Park, cuya labor se podría calificar de maestra
(recomiendo fervientemente sus anteriores películas, Joint Security Area
y Simpathy for Mr.Vengeance, que conforman su trilogía sobre la
venganza, y su episodio de Three Extremes).
En cambio el premio de mejor director ha ido
a parar a Johnny To por Breaking News. Aunque reconociendo que es una
buena película (pero desde luego no la mejor de To) y que su dirección es
fenomenal, incluyendo un plano secuencia de 10 minutos al inicio del film
que es de visión obligada, el premio sorprende, aunque resulta lógico por la
ya mencionada política del jurado del festival de repartir muy
equilibradamente los premios. Breaking News es un vibrante film
policiaco que trata del asedio del cuerpo especial de policía a un edificio
controlado por terroristas. Junto a los policías entrarán en el edificio dos
periodistas que informarán al exterior… con los convenientes ajustes
informativos pertinentes cual soldados destacados con el ejército americano
en Irak (por poner un ejemplo al azar). La trama se desarrolla de forma
quizás algo convencional aunque son de agradecer la inclusión de unos
impagables momentos cómicos dentro de una película con elevadísimas dosis de
violencia.
El premio al mejor actor fue, como sin lugar
a dudas todo el mundo esperaba, para Christian Bale por
The Machinist.
Por todos es conocida ya enorme la profesionalidad demostrada por Bale a la
hora de afrontar este papel llegando a perder más de 30 kilos para poder
encarnar a un hombre cuyo insomnio, que le hace llevar un año sin dormir, le
provoca extraños comportamientos que lo apartan de sus compañeros de
trabajo, llegando a provocar grandes desgracias. Un muy buen guión, con una
gran resolución, excelentemente dirigido por el director Brad Anderson,
ganador del premio al mejor director en el Festival de Sitges hace 3 años
por Session 9, y con una fenomenal interpretación de Bale que
confirma el buen momento de este actor galés, conocido por su excelente
interpretación de Patrick Bateman en la adaptación de American Psycho,
y a la espera de saltar totalmente al estrellato gracias al estreno el
verano de 2005 de
Batman Begins,
la que promete ser la mejor adaptación comiquera de todas las realizadas
hasta la fecha. Incluso este próxima fama de Bale podría servir para que se
estrenara por fin en España Equilibrium, una fantasía futurista a
medio camino de 1984 y Fahrenheit 451 con elementos de
Matrix. A todo esto decir que
The Machinist
es una muy recomendable película que también ganó el premio a la mejor
fotografía.
El mejor guión fue a parar a manos de Frank
Cottrell Boyce por Code 46, de Michael Winterbottom, apreciado
director cultureta, que no por ello menos interesante. Esta cinta también
recibió los premios a la mejor banda sonora y el premio Melies a la mejor
película fantástica europea. En este caso nos hallamos ante otra fábula
futurista, aunque en apariencia final no lo sea tanto, que cuenta una
historia de amor entre un agente del gobierno (Tim Robbins), capaz de leer
la mente de las personas gracias a un virus, y una reaccionaria contra el
sistema (Samantha Morton), a la cual ha de detener. Interesante factura
visual para una muy buena película, en la línea de
Cypher,
y cuyo montaje es menos denso que el presentado en el Festival de Venecia de
2003.
Del maestro nipón Takashi Miike nos llegaron
tres propuestas, cada una de ellas más alucinante aún que la anterior. En
primer lugar se proyectó oficialmente Izo, que cuenta la historia de
un samurai crucificado por sus enemigos (en una escena que deja la Pasión de
Mel… digo, de Cristo en una representación navideña de escolares) que por
culpa de una maldición queda condenado a luchar eternamente a través del
espacio tiempo contra toda clase de enemigos. Personalmente, no sabría decir
si esta película es un despropósito enorme cuya único aliciente son los
efectos especiales, a los cuales concedieron el premio en Sitges, o si por
el contrario es una maravilla, con una narrativa densa y distorsionada que
necesita de varios visionados para poder ser totalmente comprendido. Podría
parecer que Miike fuera un director gafapasta o cultureta que
pretende crear un nuevo modelo narrativo y bla bla bla… pero aquellos que
hemos seguido fervientemente la obra de este director sabemos que no es así.
Sabemos que Miike jamás cuenta la misma historia, que sus montajes jamás son
convencionales (bueno, algún que otro churro tiene, pero de un historial de
60 películas alguno ha de tener). Desde luego me quedé con ganas de otro
pase, no estamos ante una simple historia de mata-mata, por mucho que la
primera impresión sea esa. Al menos consigue transmitir perfectamente la
sensación de opresión y total y absoluto desquicio que siente el
protagonista, gracias a un montaje de luchas frenético, aderezado todo ello
con un personaje con guitarra que se dedica a cantar cuatro chorradas en
momentos puntuales de la película, generando un cómico contrapunto a la
película que te deja totalmente fuera de lugar cuando en cierto momento del
film dicho personaje parece guiar las acciones de Izo. Desconcertante, pero
muy interesante. Interesante, claro, para aquellos que no se queden en la
superficie del torbellino de imágenes que nos ofrece Miike. Si alguien tan
sólo pretende que se lo den todo mascado tiene como alternativas cosas como
Captain Sky and the World of Tomorrow, que parece ser que no es tan
aburrida como la pintaban en ciertas páginas americanas.
De Takashi Miike también se pudo presenciar
Zebraman, una divertidísima parodia, que coge elementos de las
típicas películas de superhéroes americanas y de otros subproductos tales
como los Power Ranger, y que conforma una historia tan absurda e
hilarante como interesante. Tiene una excelente primera hora, muestra del
sarcasmo que han hecho grande a Miike, pero hacia media película todo se
vuelve más convencional, or tener elementos vistos hasta la saciedad, pero
que en conjunto se salva gracias a un descacharrante final repleto de
efectos especiales, tan exagerado que no se puede evitar sentir admiración
por este director, capaz de hacer espectáculo de lo absurdo.
Y por último se proyectó Three Extremes,
premio al maquillaje, un conjunto de tres cortos, dirigidos por Takashi
Miike (Box, una interesante historia sobre incesto, que necesita de
un par de visionados para ser totalmente captado), Fruit Chan (Dumplings,
un inquietante relato sobre canibalismo, no recomendado para estómagos
delicados) y de Chan-wook Park (Cut, otra pequeña maravilla del
director de Oldboy, centrado también en el tema de la venganza, un
auténtico delirio visual).
Finalmente, comentar que
servidor también pudo asistir al pase de
Ghost in the Shell 2:
Innocence, galardonada con el premio Orient Express, a la mejor
película de producción asiática. Una excelente continuación del manga de
Masamune Shirow, con unos excelentes diálogos plagados de referencias
filosóficas, que versan sobre el alma humana y la creación de vida
artificial. De ritmo pausado pero intenso, con más de una referencia a
Blade Runner y con unos bellos y espectaculares escenarios, que pierde
algunos enteros en la forzada secuencia final de acción, que corta con el
ritmo impuesto en toda la película, pero que no ennegrece el gran resultado
final. Mención especial a una de las mejores bandas sonoras que se
escucharon en el Festival.
David Nasarre
(colaborador). |