Reportajes

PETER WEIR: HORIZONTES LEJANOS

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Todos aquellos que hayan visto Master and Commander se darán cuenta de que se mueve en una fina lí­nea: ¿es una pelí­cula de acción y abordaje o es un drama acerca de las relaciones de camaraderí­a entre los miembros de la tripulación?. Bien, hasta el momento todos sabemos que en la pelí­cula se nos cuenta la historia de la caza del buque francés Acheron por el capitán Jack Aubrey, dueño y señor de la fragata Surprise. Dado que los momentos en los que se sucede esa caza y captura suponen, únicamente, menos de un tercio del metraje total, la cuestión que hay que preguntarse es: ¿de veras importa realmente si el Surprise localiza y vence al Acheron?. ¿O es solo una mera excusa para meternos de cabeza en las vidas de los tripulantes del barco capitaneado por Russell Crowe?

 

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Peter Weir tiene una rara habilidad en el cine de hoy. Su cine es extraño. Frí­o, con poca o ninguna concesión al dramatismo. Weir proporciona una mirada exterior de curiosidad, debajo del excelente narrador de historias que es. Solamente en el caso de El Club de los Poetas Muertos (posiblemente y en mi opinión, la peor pelí­cula de su escasa filmografí­a) se permite entrar de cabeza en el mundo de los pañuelos de papel a mayor gloria de un Robin Williams que empezaba a hartarse de ser el mamarracho de turno. El resto de sus films son una mirada a la vida en sus situaciones más extremas y complicadas, desde el ambiente bélico a la realidad televisada más absurda. ¿Cómo actúa la vida sobre las personas? ¿Cómo elegimos el camino que define nuestra personalidad en medio de un mundo que nos supera o que nos rechaza? ¿Qué resulta del choque entre culturas, identidades, culturas distintas, y, por último, cómo nos afecta de cara al futuro?. Componente de la nueva ola australiana, ese éxodo de directores australianos que encontraron fama y fortuna en las Américas durante los años 80, al igual que Gilliam Armstrong o, mas claramente, George Miller (Mad Max), Weir es, sin duda alguna, el miembro más destacado de este atí­pico club.

 

Archy Hamilton y Frank Dunne son corredores de fondo. Rivales, amigos, y finalmente camaradas en Gallipoli (1981), la primera pelí­cula de Peter Weir con proyección internacional. Dos jóvenes que no pueden esperar a enrolarse en la I Guerra Mundial, con las tropas australianas buscando carnada fresca dado el rechazo al alistamiento de los veteranos. Mel Gibson saltó, junto con Mad Max, al estrellato internacional gracias a ésta pelí­cula donde su papel de protagonista como Frank Dunne está perfectamente equilibrado con el de Mark Lee como Hamilton. Sin embargo, el terrible campo de batalla turco y la demoledora derrota se nos muestran en la segunda mitad de la pelí­cula. Weir ha dedicado los primeros 50 minutos a mostrarnos como se desarrolla la amistad entre Dunne y Hamilton, lo que nos despierta un inmediato sentimiento de preocupación por el destino de los dos muchachos. Gallipoli reúne las marcas distintivas de su director desde un principio: la obra de un autor disfrazada de alegato antibelicista.

 

El Año que Vivimos Peligrosamente (1982) nos lleva al levantamiento indonesio de 1965 contra el despótico régimen del general Sukarno. Weir nos deleita con un fresco de la sociedad indonesa, su cultura, sus ambiciones, su polí­tica, a través del inolvidable personake de Billy Kwan (tremenda comida de tarro: Kwan es un reportero enano y homosexual, enamorado del personaje de Mel Gibson, pero esta interpretado por una mujer, Linda Hunt. Si esta señora hubiera medido un metro más de altura, ahora mismo tendrí­a más de un Oscar® en su cuarto de baño, aparte del recibido por esta pelí­cula, pero ya sabemos como es Hollywood). Tan importante es Kwan, tan sencilla su forma de ver el mundo y atenerse a sus principios, que los personajes de Gibson y de Sigourney Weaver quedan eclipsados en una historia de amor insustancial que sirve de contraste con la mágica perspectiva del pequeño reportero. Es obra de Weir la creación de la densa atmósfera de la pelí­cula, mágica y extrañamente sutil, que nos acompaña cada minuto. Es una historia de supervivencia, pero también una historia de personas en una época de cambios que no entienden, que les rebasan, y que, al estilo de El Americano Impasible, terminan por cambiarles para siempre.

 

En 1985 llega su mejor pelí­cula, su clásico a elegir. Hablamos de íšnico Testigo. De entre todas las pelí­culas que tratan el choque entre el campo y la ciudad, ésta es la mas nombrada por la radicalidad de los extremos que se tocan. Harrison Ford se mete en la piel del duro policí­a John Book, conocedor de la ciudad, de sus peligros, y de la violencia del ser humano. Book recibe el caso de su vida cuando debe proteger a un niño y a su madre de unos peligrosos y despiadados agentes corruptos que han cometido un crimen del que el chaval es testigo en una inolvidable secuencia en los lavabos de la Grand Central Station. A partir de ahí­, Book se verá obligado a protegerles con un pequeño problema en contra: tanto el niño como la madre son Amish, ese extraño grupo de gente que han hecho de la sencillez, la paz, el aislamiento y el trabajo duro en el campo su modo de vida. Es un choque de trenes. Book, completamente desorientado en el nuevo mundo en el que vive, sólo encuentra su punto de apoyo en sus dos protegidos: el pequeño Samuel (Lukas Haas, desaparecido de los grandes éxitos y no es de extrañar, 30 tacos y con una cara clavadita a Fievel, el ratón ese de los dibujos animados) y su madre viuda, Rachel (Kelly McGillis, esta sí­ que desaparecida de verdad desde el 2001), con la que Book iniciará una apasionada, incompleta y hermosa historia de amor.

 

Peter Weir comienza así­ su etapa mas, ejem, experimental. Ya no solo le interesan las historias curiosas, sino también las más extravagantes. Es un rollo muy parecido al de David Lynch: si consigues dominar el cine normal, deja de hacer cine normal. La Costa de los Mosquitos es su siguiente obra: las aventuras de Allie Fox, un extravagante cientí­fico que carga con su familia a la selva de América central. Primero, para construir una fábrica de hielo. Después, para construir un mundo mejor. Excéntrico y dogmático, Fox (interpretado por un Harrison Ford en su mejor momento) no dudara en enfrentarse a todo y a todos para conseguir su sueño, aunque le lleve demasiado lejos. Escrita por Paul Schrader, guionista de Taxi Driver, en otro de sus libretos acerca de la pérdida de la humanidad en un mundo que nos manda a hacer puñetas mas veces de las que quisiéramos. Lo malo es que todo es tan extravagante que no terminamos de creérnoslo muy bien, lo que va en detrimento de la pelí­cula. El “bache” de Weir continúa con Sin Miedo a la Vida, rodada en 1993, con Jeff Bridges, acompañado de Isabella Rosellini, Tom Hulce (Amadeus), y una extraordinaria Rosie Perez, como Max Klein, un arquitecto que sobrevive a un terrible accidente de avión, a raí­z del cual le entra un complejo de inmortal que amenaza con destruirle tanto a él como a su familia. Poco a poco, Klein va forzando la máquina para probarse a si mismo que no puede morir, al tiempo que su verdadera muerte, la social, la familiar se va apoderando de su existencia sin que Klein se de cuenta. Es un film que creó división de opiniones en la crí­tica internacional, y no sin razón, ya que mientras el personaje de Bridges es para algunos, el intento de conocer nuestros propios lí­mites, nuestra propia voluntad de vivir; para otros no es mas que un chulete de tres al cuarto que se cree Dios. El toque humano lo pone Rosie Perez como superviviente atormentada por la idea de que dejó escapar a su hijo entre sus brazos en el momento del terrible accidente. Klein comenzará su regeneración personal mientras intenta ayudarla, lo que da lugar a los mejores momentos de la pelí­cula  y el regreso al buen cine de su director.

 

Weir necesitaba ayuda y la encontró en Hollywood, sistema que estaba a punto de echarle a patadas. La inteligencia del director australiano para seguir en la brecha se demuestra en pelí­culas como El Club de los Poetas Muertos o Matrimonio de Conveniencia. La una, pelí­cula de Oscar® que se ha convertido en un fenómeno con el paso de los tiempos merced al grupo de jóvenes promesas con Ethan Hawke al frente, capitaneadas por el siempre excesivo Robin Williams, que, al igual que Ford o Jim Carrey, encontró al actor que hay en el con la ayuda de Weir, que a la mí­nima que le den, saca petróleo.
El buen cine volverí­a con fuerza a lo largo y ancho del metraje de su siguiente (y penúltima) obra: El Show de Truman, la redención definitiva de Jim Carrey como actor, y una de las mejores pelí­culas de la década pasada. Una obra que no solo crea un punto de partida absolutamente arrebatador, sino que lo exprime hasta sus ultimas consecuencias, cortesí­a de un fascinante guión escrito por Andrew Niccol (Gattaca) y un Charlie Kaufman con menos ideas de grandeza intelectual, lo que es muy de agradecer. Truman Burbank (Carrey) es el primer ser humano adoptado por una multinacional para convertir su vida en un show de televisión donde hay cámaras en millones de lugares (de hecho, nunca se emplea una cámara en la pelí­cula que no exista en el show) y tanto su familia como sus mejores amigos son actores profesionales, en un espectáculo dirigido por mano maestra por Christof (Ed Harris, al que tení­an que haberle mandado un Oscar® por correo), el director del programa, que ha llegado a querer a Truman como su propio hijo. La desesperación y la angustia de Truman se van haciendo cada vez mas evidentes cuando se enamora de una actriz secundaria (Natasha McElhone) que, en principio, no tení­a nada que ver con la lí­nea del guión original que Christof habí­a trazado para la vida de Truman, el cual va descubriendo (a través de mil y una situaciones a cual mas estrafalaria) que su mundo perfecto y aburrido es mas de lo que parece a simple vista. Una gran pelí­cula.

 

Así­ llegamos a Master & Commander, ese peliculón sobre el cual hablamos largo y tendido en esta página. El próximo film de Weir, con vistas al 2005 promete también ser lo nunca visto, The War Magician, la historia de Jasper Maskelyne, un mago británico que ayudo a derrotar al ejercito aleman comandado por Rommel en la IIª Guerra Mundial. Esperamos impacientes.

 

Críticas

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