Críticas

PHILLIP MORRIS, ¡TE QUIERO!

Phillip Morris, Te Quiero, es algo más que un film basado en hechos reales: es una tragicomedia homérica. También es de esas pelí­culas que llevan a uno a plantearse si no deberí­an crear una categorí­a especial de Oscar para Jim Carrey. Y, en última instancia, un film tautológicamente extraordinario: es lo que es. Puede tener sus aciertos, puede tener sus fallos, pero lo que es inapelable es que Glenn Ficarra y John Requa querí­an hacer exactamente ESTO. Y ESTO, amigos y amigas, es el recuento, sin ningún tipo de misericordia o dulcificación, de las increí­bles andanzas de Steven Jay Russell.

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Abandonado por sus padres biológicos, Russell es un inadaptado con un cociente intelectual de 163 al que no le ha quedado más remedio que convertirse en un camaleón social. Si no puedes con los secuaces, únete a ellos. Y digo secuaces porque Su verdadero enemigo escribe sus pronombres con mayúscula. De vez en cuando eleva la mirada al cielo azul para preguntar a Dios por qué demonios la tiene tomada con él.  Sin embargo, aunque Russell sabe que va a perder, va a pelear. Y todo comienza con un soberano hostión en coche, que le sirve de detonante para reconocer al mundo –comenzando por su piadosa familia– que es “gay, gay, gay”. A partir de ahí­, se va a Miami a vivir la vida con su mozo (Rodrigo Santoro), a sabiendas de que se está gastando un verdadero pastizal. El remedio, y prueba fehaciente de que es un tí­o con recursos, consiste en simular accidentes para cobrar indemnizaciones y mantener su opulento estilo de vida. Tarda cero coma en acabar con sus huesos en la cárcel, donde paradójicamente, se enamora del tranquilo y sosegado Phillip Morris. A partir del momento en el que cumple condena, Russell comienza una lucha brutal para no separarse de su amor verdadero. Sólo hay dos problemas: que no estamos muy seguros de que sea amor verdadero y de que el mayor obstáculo entre Phillip Morris y Steven Jay Russell es… Steven Jay Russell.

No es la primera vez que Ficarra y Requa cuentan con un protagonista tan decididamente amoral. En realidad, Russell es una prolongación del Willie P. Stokes de su Bad Santa. Ninguno de ellos pide perdón por ser un verdadero bastardo: simplemente es un mecanismo de defensa contra un mundo enormemente miserable, y el universo en el que transcurre PMTQ lo es. Da igual el humor psicópata que quieran inyectar sus directores –el primer y memorable baile entre rejas de sus dos protagonistas–, porque, por cada escena de ese tipo, nos encontramos con otra en la que un personaje espeta un “puto maricón de mierda” lleno de veneno, asco y repugnancia a la cara de Russell, cuya carcasa es demasiado dura como para que se dejen notar estos insultos. El problema es que tal estoicismo es un arma de doble filo y Morris, alma inocente, es demasiado bonachón para siquiera comenzar a comprender si existe verdadero amor entre Russell y él, o simplemente no es más que parte de un gigantesco plan estratégico “que se joda el mundo”  urdido por nuestro protagonista.Todos aquellos con los que se relaciona pueden ser parte del mismo, y algunos (el momento de gloria de Santoro) llegarán a afectarlo de una forma u otra.

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Es una pelí­cula tan cruel como valiente y extraordinariamente respetuosa con la audiencia: el film nunca hace una concesión explí­cita a una audiencia heterosexual, nunca nos guiña el ojo más que para recordarnos –como en escenas como la anteriormente mencionada– que se requiere de un coraje especial para declarar amor a una persona del mismo sexo (un coraje ni más elevado ni más vulgar: simplemente presenta mil fantásticos matices distintos). Lo realmente fascinante del film, y lo que lo convierte en algo francamente superior a otras obras similares es que, con todo, la orientación sexual de los protagonistas sólo es una circunstancia más: no es Russell el Gay el que pone en peligro la relación con Morris. Es Russell, la Persona.

Y aquí­ es donde Jim Carrey, el Mimo, aparece. Cierto: sus muecas no han desaparecido, nunca desaparece en el papel y, como casi siempre, amenaza con borrar del mapa todo lo que le rodea, incluso la propia pelí­cula (El dí­a que deje de hacer una sóla de estas tres cosas, dejará de ser Jim Carrey). Carrey es, como Harrison Ford, una personalidad tan estruendosa que simplemente hace suyo el papel. Y si a Ford le van los héroes que tiran a los villanos desde un barranco metidos en un tanque, y te lo crees, la especialidad de Carrey son los personajes complejos, que los hace como nadie. ¿Por qué? Porque (here it comes) estamos ante la paradoja definitiva de la interpretación: para ser un tí­o tan intrusivo, un actor tan instantáneamente reconocible, este intérprete NO TIENE UN VERDADERO YO. No creo que nunca jamás haya conseguido transmitirme una emoción genuina, sino un esfuerzo para intentarlo. Lo absolutamente rocambolesco es que, si nos paramos a pensar, todos nosotros lo hemos hecho alguna vez y, por ello, tendemos a conectar inmediatamente con los grandes, grandes papeles de este actor, que siempre han sido el mismo personaje “artificial” (Kaufman, Truman Burbank) pero, al mismo tiempo, insondable. Hay que añadir a Steven Russell, y pronosticar buenas sensaciones para su carrera en un futuro, porque cada vez está más a gusto consigo mismo en este territorio.

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Ewan McGregor, quizás el intérprete más sólido de su generación, no aparece en algunos carteles del film, y deberí­a tomarselo como un cumplido. Tiene una capacidad de comprensión innata para discernir qué es lo que le está pidiendo exactamente el film y, para que la idea cale directamente: este chaval está sujetando él sólo un cañón suelto de 2.000 kilos llamado Jim Carrey. El precio a pagar es que su personaje, de puro decente que tiene que ser para ejercer de ancla moral del film, es un estereotipo de “chica perfecta”. Pero hete aquí­ que realmente es un “chico perfecto”. Para hacernos otra idea, su papel es empatí­a pura y dura, y la última vez que vi un rol semejante desempeñado tan a la perfección, a Kinnear le nominaron al Oscar por Mejor Imposible –film, por cierto, con el que comparte una extraordinaria similitud a nivel de relaciones entre protagonista y secundario–. Eso sí­: es la enésima vez en la carrera de McGregor que le doy dos puntos Marca y, ya por pura simpatí­a que me despierta Obi Wan, comienzo a estar harto de ver una vez tras otra cómo lleva pelí­culas sin esfuerzo aparente. Que le den un Taxi Driver de una maldita vez.

Rematemos esto y vámonos a casa: si, es un film excesivo. Hay momentos en los que su humor es alienante y extremista, y claramente perjudica los momentos más í­ntimos del film. Además, cabe la posibilidad de que el rollo Atrápame si Puedes se haga pelí­n repetitivo, sobre todo en sus momentos finales. De esto último puedo comprender quejas,  pero de lo primero no: es excesivo porque es realmente épico, y totalmente indisociado del tono bizarro que le quieran dar sus creadores. Russell vs. Dios con el Amor Verdadero atrapado en el centro. No puedes escaquearte de ese tema. O vas a romper o mueres en el intento y soy de la opinión que la única manga ancha de la que disfrutan los films románticos reside en su franqueza a la hora de analizar las relaciones humanas. A este film, franqueza le sobra, y ni un mí­nimo asomo de provocación o autocomplaciencia. Estas tres condiciones las tiene por los cuatro costados y por ello es posiblemente la mejor pelí­cula estadounidense que he visto este año.


Glenn Ficarra & John Requa | Glenn Ficarra & John Requa, basado en el libro de Steven McVicker | Jim Carrey, Ewan McGregor, Leslie Mann, Rodrigo Santoro, | Xavier Pérez Grobet | Thomas J. Nordberg | Nick Urata | Hugo Luczyc-Wyhowski | Andrew Lazar, Far Shariat | Luc Besson | Mad Chance | Europa Corp., Aurum |
  • Sergio G.Ros

    Hola, sigo vuestra página desde hace mucho tiempo, pero es mi primer comentario.
    Bueno, querí­a deciros que no estoy de acuerdo con esta crí­tica.
    No digo con ello que Carrey me parezca un mal actor, y valga por delante que considero a McGregor un actor como la copa de un pino.
    Ahora bien, la historia me defraudó totalmente, me pareció lenta, redundante, floja… sin emoción. Es cierto que la condición gay no resulta determinante pues vemos a las personas, y, precisamente por eso yo digo: pues si nos quedamos con las personas la historia no vale mucho, casi nada. No tiene acción, ni me emociona.
    Y, lamentablemente, si los protagonistas hubieran sido heteresoxesuales creo que no llegarí­a a la altura de pelí­culas de sobremesa.
    Saludos.

  • https://www.lashorasperdidas.com/ Ángel Vidal

    Y en España como siempre el sistema de calificaciones se lo pasan por el forro.

    Está la pelí­cula que no se puede estrenar en medio mundo y aquí­ le cascan un NO RECOMENDADA PARA MENORES DE DOCE AÑOS .

    Y a Centurión que debe tener decapitaciones cada 2 minutos le han puesto la misma calificación.

  • DexterMorgan

    Ser hetero toda tu vida y de repente descubrir que eres gay, no es ser hetero.
    Es descubrir que eres gay reprimido. Es bastante dificil ignorar una tendencia.
    Repito, nadie se hace o se deja de hacer gay ,la orientación sexual no cambia de esa forma.
    Y no he dicho que ser gay fuese una actitud unica y exclusivamente.

    Queria decir mas bien que tiene mucho de actitud en la forma de vivir.
    Un hombre casado y con amante sí­ que es gay, pero de puertas para afuera no.

    Sobre lo de otros tipos de romance prohibidos pues no se, sigo creyendo que no es enteramente lo mismo, ya no en estos tiempos. Hace unas cuantas décadas los matrimonios interraciales estaban prohibidos en USA (y probablemente tambien en otras partes del mundo).
    Hoy aunque todaví­a levanta polémica, dificilmente se van a montar las campañas de boicot que se montaron como cuando se estrenó brokeback mountain, o las vueltas que han dado con esta.

    Por eso, hoy en dia considero que no tiene equivalente, al menos en occidente. Luego ya si te vas a alguna teocracia islámica con el tema de matrimonios de religion mixta pues si, pero ya me estoy yendo al extremo.

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