Críticas

TRON: LEGACY

ALERTA: CHAAAAPA!!!

Tron Legacy no me ha parecido ni muchí­simo menos el desastre que esperaba que no fuera, pero es otro ejemplo del coñazo de modelo narrativo que aqueja al cine de aventuras de nuestros dí­as: el film, por decirlo mal y pronto, echa toda su leche en la primera hora y después se pasa los siguientes sesenta minutos trastabillando porque los creadores se han dado cuenta de que tienen un pufo de historia. Si tuvieran un sólo arrebato de decencia, estarí­an poniendo velas a Santa Trócola para pedir que el espectador avezado, atractivo y carismático (o sea: yo) no se dé cuenta de que los millones de aciertos aislados del film nunca jamás terminan de pesar en el conjunto, que bordea peligrosamente la lí­nea del coñazo. Ahora bien, llegados a este punto de descarrilamiento, cada superproducción tiene sus propias armas para salvar su culo de 200 millones de dólares. En el caso que nos ocupa, tres: nostalgia, banda sonora y regla del cool (“la suspensión de incredulidad es directamente proporcional a cómo mola la sucesión de imágenes que estamos viendo en pantalla”).

Y cómo funcionan, gente. Y cómo.

Rebobinemos. Tron Legacy nos sitúa un cuarto de siglo después de los acontecimientos transcurridos en la primera parte, que si mal no recordamos, se trataba de una sólida producción Disney elevada a la categorí­a de legendaria por sus méritos técnicos: el primer film en emplear CGI como parte esencial de la historia. No podemos colgar a la segunda parte el sambenito de revolucionaria, en el sentido de que el ordenador se ha convertido en una herramienta omnipresente, pero intenta aportar su granito de arena a la senda de la evolución cinematográfica al presentarnos un personaje humano fotorrealista que participa activamente en el desarrollo del film, creado a partir de modelos faciales del actor base, en este caso Jeff Bridges, rejuvenecido digitalmente y con un tiempo de pantalla bastante amplio.

Este personaje es Clu, principal antagonista de la pelí­cula y otro “uichs, casi” en el terreno de la animación digital. Una parte de mi cerebro me sigue diciendo que es falso y no encaja. No preocuparse porque, a nivel personalidad, es mucho más entrañable. A grandes rasgos, Clu es un programa totalitario estalinista con la misión de crear un sistema, en una palabra, perfecto; un plan cuya solución última es irrevocable: acabar con el mundo real. Es el dictador de un mundo informático que, siguiendo los pasos de la primera entrega, se encuentra completamente antropomorfizado: los programas tienen el aspecto de seres humanos, que se desenvuelven en ambientes minimalistas Ikea de polí­mero, cristal y neón de diferentes colores para marcar la filiación del programa –blanco para buenos, rojo para los malos–. Rara vez una persona real logra llegar a ese mundo. Para nuestra constancia, dos: su creador, Kevin Flynn, atrapado en su propio universo, enemigo/padre de Clu, y que con los años ha acabado aliviando su sentimiento de culpa ante el fracaso de su idea con entrenamiento zen; y finalmente el protagonista del film –en último lugar, y ahora os explico por qué– su hijo Sam, cuya medio inesperada llegada alterará el estado de jaque en el que se encuentran ambos contendientes.

Hay dos pegas en Tron Legacy. La primera es que Tron es el protagonista del film original y aquí­ le tiran por la ventana mientras su sustituto, Sam, no funciona. Tron no tiene cabida en Tron Legacy, un film que quiere ser un film socialmente mucho más relevante que su predecesor. Los videojuegos, espina dorsal de la primera entrega, pasan a un segundo plano. Los temas con los que abre el film son la liberación de la información digital y, por extensión Sinde, el dominio que ejercen sobre ella las grandes corporaciones.  La primera hora del film se inserta en ese contexto y además tiene partes de peli de suspense –Sam recibe una misteriosa llamada de su padre desaparecido–. Ahí­, su personaje –hacker, rebelde porque el mundo le ha hecho así­–, a mí­ me vale. Pero cuando llega al mundo digital de Tron, el film cambia marchas y se convierte en una aventura épica en la que sus programas protagonistas afrontan, fí­jate qué paradoja, dilemas mucho menos tangibles.

Dejando a un lado la sospecha de que Clu tiene envidia filial de Sam, o que el dicharachero Kevin Flynn de la primera parte se ha convertido en una especie de mesí­as / Dr. Frankenstein torturado con el Bridges más cercano al Nota desde El Gran Lebowski, el personaje más fascinante –y más Disney– es Quorra, la ayudante de Kevin Flynn, diseñada para que su maestro recuerde los mejores momentos de la Humanidad. La chica aprende con la lectura de libros –reales– de Nietzsche y Dostoievski. Sin embargo, Quorra ha acabado por generarse una visión idealizada del mundo real. No se profundiza en este aspecto. Joder. Porque yo me pregunto: ¿qué podrí­a pasarle a Quorra el dí­a que alguien le explique qué es una ablación? Posiblemente no sobrevivirí­a. No ayuda el hecho de que Los Ojos de Olivia Wilde interpreten su personaje con inteligencia suma, calidez e inocencia en plan Campanilla en lugar de aparecer como el interés amoroso power girl –y por qué no decirlo: pelí­n putilla– que tan bien se le da hacer a Keira Knightley o como un bicho raro como Jovovich en El Quinto Elemento (un ejemplo más cercano de personaje). Quorra es empática al 100 por 100 y abre decenas de fascinantes posibilidades. Con algo más de peso en el film, la pelí­cula no sólo hubiera ganado enteros: quizás se hubiera convertido en otra cosa (podéis decir Wall.E, pero perfectamente).

Desde ahí­, más perdido que perro en lancha, Sam se ha convertido en nuestro protagonista estándar del cine de acción: dinámico, dí­scolo y diluido.  Primero porque no encaja, segundo porque ejerce más como avatar de la audiencia para explicar el fantástico mundo en el que se desenvuelve, en el que lo que sucede a su alrededor es mucho más curioso. Más curioso que la trama, incluso, que se soluciona como pasa en estos dí­as: hablando durante diez páginas seguidas de guión sin preocuparse ni lo más mí­nimo en integrarla en la acción. Yo ya lo doy por asumido.

El segundo problema reside en que gran parte del mérito del film original hací­a de la necesidad virtud: el mundo Atari que nos presentaba, dadas sus limitaciones técnicas, tení­a mucho encanto por sus cualidades abstractas (nubes pixeladas, lagos de energí­a, muros sin texturas, ese rollo). El entorno de Legacy es falsamente austero, mucho menos parco y deja menos campo libre a la imaginación. Por “parco” me refiero a que no sé qué se dedica mi Firefox cuando lo cierro, pero seguro que no se va A TOMAR COPAS. A UN BAR. CON SEÑORITAS BAILANDO. Son detalles no muy nimios que marcan diferencia entre  un film que sale de la mente de un creador obsesivo, como Steven Lisberger, y un producto que cataliza a distintas personalidades.  Escribí­a antropomorfizado (clásica palabra con la que tiras de corta-pega) pero Legacy va más allá: es un mundo XBox 360 parecido al nuestro, con más peso, y por desgracia, con menor interés artí­stico, a mi parecer.

Ideas como esta se alejan de lo que realmente es Tron Legacy, pero el hecho de que un servidor se ponga a rumiar posibilidades desperdiciadas –como muchos de vosotros quizás habréis hecho– significa que la pelí­cula no me está llenando.  Así­ que es mejor bajar un poco el listón y contemplarla como un espectáculo audiovisual, que es donde el film saca las armas pesadas.  Primero, por el fascinante diseño de producción: David Levy como artista conceptual del entorno, Neville Page y Christine Clarke en los trajes, Daniel Simon en los vehí­culos retrotraen primero y mejoran después el diseño del film original.  Segundo y fundamental, por la banda sonora de Daft Punk que es, dicho ahora con elegancia, un verdadero y absoluto cipote. Ninguna escena de acción es especialmente novedosa (la pelí­cula se preocupa más del gancho nostálgico que de generar una aventura nueva… digamos que es una actualización mejorada, lo que no tiene por qué ser malo) pero al ritmo que imprimen dos gabachos se convierten en la secuela buena que nunca existió de Matrix. En términos generales, es una de las pocas BSO merecedoras de ser omnipresente en un film: se integra en la acción como un condón, jamás estorba y, en los momentos lentos (muuuy leeeeentos), confiere por lo menos un ápice de fluidez y unidad al puntuar apropiadamente pausas dramáticas (pensad en el “ni-no-na-niiiii” de James Horner, pero en fresco). La incorporación de talento galo recuerda a la presencia de Moebius en la primera entrega. Y de nuevo acierta.

Yo no me esperaba hacer una reseña tan larga del film, pero resulta que al final Tron Legacy no me ha parecido tan de usar y tirar como creí­a en un momento. Ahí­ hay algo. No es que el director, Joseph Kosinski, termine de saber qué es (obvio aquí­ las informaciones sobre la intervención activa de Pixar y Fincher en el desarrollo del film) pero es una elección moderadamente acertada: tí­o muy elegante y clásico pero  impersonal y poco ducho en las escenas de acción que sin embargo sabe extraer lo mejor del absolutamente extraordinario diseño de producción, sumado a la banda sonora, sumado a muchos aciertos aislados. Pero como podéis haber leí­do, he visto este film desde el prisma de las pegas, que esas sí­ que actúan en conjunto. Peli altamente regulera pero con matices, unos con sabor a fresa y otros con sabor a popó, medio digna pupila del original en méritos técnicos, y sobre todo, bastante inofensiva. Ideal para alejarse de extremismos varios y, teniendo en cuenta cómo Hollywood suele tratar a ilustres predecesores, casi podemos pensar en dar las gracias…

…Y celebrar una Feliz Navidad, como os deseamos de todo curaí§ao todos los integrantes de esta página tanto a los lectores all over the world,  como a los comentaristas habituales (Doc, Fare, el amigo binario, herrdirektor, naxete, jordi, el presidente, jocaiba, bracero, walter, elalel, kaplan, pasatiempo, elvira, silvia, sasha, vito y perdonad si me dejo a alguno) como a, de estos no me olvido, los heroicos irreductibles del foro (seaker, jabbo, cady os guiño un ojo). Salud. Bitches.


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  • Skyla

    Vista, por fin. Y me alegro de que en general haya gustado, pero a mi me ha resultado un coñazo de competi. No me ha divertido, ni entretenido, ni me ha sacado siquiera una sonrisa con sus milisegundos de humor, creo que no le pegaban en absoluto. De hecho he mirado el reloj un par de veces para saber la hora que era, cosa que en mi caso, es que estoy deseando que se acabe la peli para hacer algo por la vida. En fin, muy decepcionado con la peli, de la que esperaba bastante más, sobre todo después de leer vuestras crí­ticas/comentarios.

    Feliz año a tod@s!

  • JC_esar

    La vi y me gusto a pesar de sus errores y de que pudo dar mas, esta bien para el espectaculo.

    En cuanto al asunto del 3D: como dicen el tener fonod oscuro y trajes oscuros hace que el 3D se pierda muchas veces,funciona bien en algunas partes y en otras no se nota…tambien esta el asunto de que muchos minutos de la pelicula estan hechos en 2D.

    Creo que se puede ver tranquilamente en 2D sin sufrir tanto drama, en cambio en Avatar la diferencia entre verla en 3D y un cine normal si era otra cosa.

  • Vito

    o sea que la unica que merece la pena disfrutarla en 3d es avatar el resto no merece la pena el gasto

  • http://www.ficcionpulp.blogspot.com ficcionlock

    con dos cojones, Mac
    Pero es que es verdad, tios, no sé que cojones le ha pasado a todo el mundo con esta peli que han tirado a matar. Entiendo que la Tron original cautivara en su momento por su estética pero a mí­ este Legacy me ha parecido mucho, mucho más ambicioso en sus ideas(otra cosa es si las lleva todas a buen puerto o no. La escena del cochinillo y la cena es de culto pero YA)

  • McHartnigan

    Pues ya la he visto y me lo he pasado pipa, como un enano, y eso que antes me he visto la original en mi casa para ir preparado (y me ha parecido infumable, por cierto). Ha sido una de las pelí­ que más me han entretenido en el cine este año, y me da igual que el guión sea mediocre y el estilo narrativo moderno una porquerí­a (o lo que queraí­s), en cuanto salga en Bluray, pa’ casita.

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