Críticas

EL ÁRBOL DE LA VIDA

Terrence Malick no descubre verdades elementales de la naturaleza. Se limita a recordar que están escondidas debajo de estratos construidos por el ser humano –sociedad, tecnología, moralidad– para intentar dar forma al mundo en el que vive. Para Malick no son suficientes: más tarde o más temprano, cuando en algún momento de nuestras vidas nos obligamos a reflexionar sobre nosotros mismos, percibimos una sensación de desconexión, que evoluciona a una profunda tristeza y desde ahí, a una crisis del aspecto más fascinante del ser humano. El Árbol de la Vida es un viaje de consciencia y su vehículo está conformado por piezas enlazadas entre sí y vacías de fundamentalismos: la ciencia,  la Esjatología, la familia, y— bien, en última instancia, esta película.

Que no cunda el pánico.

El Árbol de la Vida no es un film inaccesible. Más que provocar conexiones emocionales contigo, quiere que seas tú quien las encuentre dentro de tí mismo. Lo que sí es, es extremadamente irregular, con una parte central que se mete de cabeza dentro del apartado “el mejor cine que he visto en mi vida”, y que se mete una hostia espectacular cuando el director abandona su especialidad, las personas, para hablar de cuestiones más trascendentales, lo que sucede durante la primera media hora inicial (que es cuando la gente suele abandonar la sala, lo que me hace pensar en que a lo mejor Malick concibió esa parte del film como una criba) y en el epílogo final, vagamente relacionado con cierta famosísima serie que se fue a hacer puñetas en su última temporada, con la diferencia de que aquí hay como veinte toneladas más de clase, talento, oficio e inspiración porque nadie rueda tan bonito como rueda Malick. Y en el centro se encuentra un as en la manga, un tipo por el que no daba más duros que los convenientes –al fin y al cabo es una estrella de Hollywood, con todo lo bueno y todo lo malo– que se casca una interpretación como la copa de un pino. Brad Pitt.

Primero es Dios, luego se formó La Tierra, después llegó la vida y unos cuatro millones después apareció Jack O’Brien, un arquitecto contemporáneo sumido en una tragedia personal que le lleva a recordar su infancia en un suburbio de Texas durante los años 50. Allí se encuentran los señores O’Brien y sus dos hermanos. Los momentos son breves y episódicos y los hechos, vagos e imprecisos, pero las emociones son vívidas y condicionan la percepción de la realidad del joven Jack: la innata curiosidad de sus primeros años, la primera vez que se enamora, la primera vez que ve la muerte de cerca, los juegos, los desafíos, los amigos, la violencia, la (in)justicia social y, finalmente, la relación con su padre y su madre. El primero, maestro-dictador de moralidad dudosa. La segunda, el amor hecho carne.

Es una suma de experiencias que conforman el núcleo del film y que Malick desea poner en el marco más amplio más amplio posible: el de la existencia. Los personajes se hacen preguntas sobre su naturaleza en la mejor tradición de voz en off que Malick ha desarrollado tras el largo paréntesis de 20 años que terminó con La Delgada Línea Roja. Antes, hemos asistido a la creación del Universo. Después, seremos testigos de la vida después de la muerte. Y aquí comienzan los problemas: por varios motivos, nunca jamás llegan a encajar las piezas.  El prólogo que describe los masivos fenómenos cósmicos que configuraron nuestro universo y la aparición de la vida en la Tierra, es absolutamente espectacular gracias al uso de efectos prácticos, como maquetas y fotografía química, y un sentido de la composición y de la estética que rivaliza con el de Stanley Kubrick. De hecho, es tan extraordinario (aunque cabe destacar que Aronofsky recurrió a las mismas técnicas en The Fountain con resultados a mi gusto más impactantes)  que prácticamente no guarda relación alguna con la sencilla historia que se nos relata a continuación, una además en la que los personajes están tan absorbidos en sí mismos y en sus propias dudas que rara vez tienen tiempo de relativizarse dentro del Gran Esquema de las Cosas.

Se puede decir que la peli aborda una especie de momento intermedio: quizás no podemos comprender la esencia del Universo, pero podemos comprender la esencia de nosotros mismos y alcanzar una especie de paz interior, una comunión con el mundo. Y dado que Malick no es precisamente un experto en simbolismos (por ser Malick, ni más ni menos), queda tan chorra como suena: atrapado en un desierto existencial y solitario (en serio), Sean Penn alcanza la felicidad cruzando la puerta hacia un nuevo nivel de existencia, cosa que hace de la forma más literal posible. Muy de postal. Queda además una última patada en la boca: narrativamente hablando, seguir un film de Malick –quien suele pasarse por el forro relaciones causa efecto– ya es bastante difícil como para encima estar alternando momentos en el tiempo, como sucede durante la primera media hora, con momentos donde se combinan las tres historias en forma de planos aislados a través de leves conexiones que exigen un esfuerzo mental considerable, pero más que nada injusto, dado que hasta ese momento la película no ha hecho nada para ganarse mi confianza. Aún.

Pero ¿Texas, Años 50? Es demencial. Malick desatado. En sus dos films previos, empleaba excusas como la guerra o el choque cultural. Pero esto es pan blanco libre de cualquier tipo de referencias. Podría ser Texas años 50, Teruel años 20, Pekín siglo XVI y un ejemplo que un esterotipo no tiene por qué ser malo, siempre que suene a cierto. Los hijos admiran a sus padres, después intentan superarlos. Los hijos buscan refugio en sus madres. Luego intentan protegerlas. Entre hermanos hay amor, hay violencia, hay amor y hay violencia. Lo que convierte en portentosa a toda esta parte del film es el grado de intimismo y precisión que Malick llega a alcanzar. Son pequeños momentos de no poco más de tres minutos de duración cargados de detalles y texturas, y un par de escenas monumentales: Pitt reparando el coche mientras su hijo cabreado contempla lo que muchos hemos contemplado alguna vez, por pura inconsciencia infantil.

Las emociones se mezclan (cuando Pitt y Chastain discuten uno no sabe en qué momento están cabreados y en qué momento se reconcilian) y sus personajes son figuras míticas: en este film, las mujeres son veneradas. Digo esto porque creo que a primera vista El Árbol de la Vida parece una película bastante machocéntrica cuando en realidad es todo lo contrario y es un problema para Chastain, que lo hace muy bien pero nunca consigue bajar a su personaje del pedestal en el que se encuentra. La aparición de Hunter McCracken como el joven Jack –sin olvidarse del inocentísimo y entrañable Laramie Eppler como el hermano pequeño– y la descomunal interpretación de Pitt tampoco ayudan. En especial esta última. Tras veinte años de carrera, vemos finalmente a Brad Pitt, la persona, padre de cinco hijos en la vida real, uno de cada color. Un hombre de 47 años de edad con arrugas en el rostro y facciones claramente de actor de cine de los 50 que mira plácidamente por la ventana mientras pega palmaditas en la espalda al bebé.  Se trata de un papel que han intentado muchas veces sus compañeros de chupipandi (Clooney en Up In The Air, por ejemplo) pero ninguno de ellos alcanza la resonancia o el rango de este papel (acojonante cuando echa la bronca a los chavales en la mesa). Eso sí, en momentos de dolor extremo, sigue recurriendo al apretujón de estómago como arma principal (ver el clímax de Se7en). Nadie es perfecto.

Afortunadamente, este segmento del film es el más importante, y el más conseguido, y por el que esta película merece ser recordada. Representa un clímax para Malick, quien parece haber destilado su estilo al máximo (el uso libre de la steadycam, de las lentes abiertas y su recurrencia a filmar a última hora de la tarde) y un servidor no sabe muy bien qué rumbo tomará a partir de ahora, pero me parece que un cambio está a la orden del día, porque es casi imposible profundizar más sobre su propuesta y este film se ha convertido en el ejemplo quintaesencial de sus virtudes (y sus limitaciones): Tiene la gracia de que para todo lo espiritual y antimaterial –y no nos engañemos, profundamente anclado en los conceptos de la religión cristiana– que es, nunca adoctrina, sermonea o intransige. Se ha quedado con las mejores partes de la Biblia. Propone, examina y deja que seas tú quien busque respuestas. Cualquier otro autor tendría un problema, o sería acusado directamente de moñas, pero Malick es tan sólido y crítico a la hora de examinar al individuo, que es fácilmente perdonable. De todos sus films es el más alienante por envergadura, el más incisivo en su humanidad y el más confuso en cuanto a narrativa, pero sigue siendo uno que obliga a quien lo contempla, a sacar lo mejor que tiene dentro para alcanzarlo.


Terrence Malick | Terrence Malick | Emmanuel Lubezki | Alexandre Desplat | Hank Corwin, Jay Rabinowitz, Daniel Rezende, Billy Weber, Mark Yoshikawa | Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Hunter McCracken, Laramie Eppler | Grant Hill, Sarah Green, Brad Pitt, Dede Gardner | Dede Gardner, Donald Rosenfeld | Cottonwood Pictures, Plan B Entertainment, River Road Entertainment | TriPictures |
  • Carlos Javier Martín Esteban

    Acabo de leer la critica por que acabo de ver la peli y solo puedo decir que enhorabuena, por que creo que es la mejor critica que te has cascado, como todo, esto es subjetivo, y claro, estoy totalmente deacuerdo contigo en absolutamente todo, pero ni en mis mejores sueños podría acercarme siquiera a una redacciòn de una crítica tan buena como esta.

  • tech support

    El árbol de la vida me ha parecido un tostón monumental. Hay directores muy sobrevalorados. Algo análogo me ha pasado con Midnight in Paris, la típica película con referencias culturales, clichés, la clase de películas que si la quisiera hacer un director novel le habrían dado con la puerta en las narices. Una parecía la publicidad de una compañía de seguros y la otra, hecha por alguna agencia de turismo de París.
    Perdonen este ataque de cinefilia pero es que para mi desgracia en un solo fin de semana vi ambas películas.
    A veces no entiendo a algunos críticos de cine como pueden llamar poesía a una cosa pretenciosa como esta donde la fórmula parece ser mantener los encuadres 15 segundos, enfoques cenitales, y escenas tipo national geographic metidas con calzador y, por supuesto, una voz en off que guíe nuestras emociones. No se la recomiendo a nadie. PD: vi este adefesio por Sean Penn pero incluso este se ha quejado del resultado final donde apenas sale como mucho durante 15 minutos: http://www.cinemania.es/actualidad/noticias/9235/

  • Eweisze

    Ya la he visto, y ni me parece una obra maestra ni un bodrio. Es una película lenta que está bien y tiene momentos muy grandes, con buena música y buenas interpretaciones. Creo que le falla el hecho de que la historia se ahogue en un mar de filosofía, pero habrá quien la prefiera así. Le daría un 7.

  • naxete_69

    No creo que el presentar a un padre cabrón, fervorosamente religioso y déspota sea un enaltecimiento de los valores familiares y de la religión. Más bien todo lo contrario digo yo. Aunque cada uno es libre de opinar lo que le transmite cada película, tenga o no tenga razón.

  • http://www.musicaocasional.blogspot.com arcadeplay

    @Jgarciam4 yo no veo absolutamente nada del panfleto religioso que dices

  • Jgarciam4

    Desasosiego y desesperación, eso es lo que produce este largometraje. Es más relevante el continente, o la forma de contarlo, que el contenido o lo que cuenta. Muy bellas imágenes acompañadas de un excelente repertorio de música clásica.
    En ciertos momentos parece que estás viendo un documental de National Geographic, y en otros parece que estás viendo un panfleto de las más altas esferas religiosas.
    Un enaltecimiento del amor a los valores familiares y a la familia compuesta por padre, madre y hermanos. Todo ello a través de una historia sin pies ni cabeza. Obra experimental, poesía en movimiento, para el público en general un aburrimiento.
    Un trabajo muy personal, solo apto para incondicionales del director. La gente salió muy descontenta de la sala.

  • Javier

    @def leppard

    Jaja, bueno qué se le va a hacer.

    De todas maneras a mí también me gusta mucho 2001. Y porque ya está culturalmente asimilada, pero a veces se nos olvida que es rara, pero rara, de cojones.

    Y es curioso, porque no soy de los que cree en el concepto de “autor”, ni admiro a gente sólo por ser gente genial o no: eso me da lo mismo. Admiro lo que crean. Y lo mismo una obra me parece sublime como una castaña, al margen de que provengan del mismo señor.

    Y también intento sustraerme a modas, a poses, o a lo que me huele a idea vacía. Por ponerte un ejemplo: detesté con toda mi alma, con irritación, la estupidez que me vendían con “Las vidas de Mr. Nobody”. Tanto pajote mental para contar que el tío pudo estar con tres mozas en vidas paralelas. ¡Oh, el azar, cómo es! ¡Y el destino! ¡Qué cosas!

    Pero, en fin, la de Malick me ha entusiasmado.

    Lo de Brad Pitt y HAL, jajaja, la idea de relacionarlos es tentadora.

    Saludos!

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