Críticas

Transformers: La era de la extinción

La era de la extinción es un punto bajo de la franquicia porque el clímax palidece respecto a la gran secuencia de acción de mitad de metraje. El ataque final en China es demasiado. Entra tarde, entra forzado, entra mal. Y con todo incluye tres minutos absolutamente asombrosos que te confirman que nadie, absolutamente nadie, es capaz de rivalizar con Michael Bay a su propio juego. ¿Cómo es posible que pueda tirar a una película con tan poco? Porque la simplicidad es una cabrona mamona. La simplicidad siempre ha sido un arma de doble filo para la franquicia Transformers. Ninguna otra tiene sus prioridades marcadas con tanta nitidez: primero, máquina de generar dinero; segundo, a muchísima distancia, película. Pero tampoco ninguna otra se ha aferrado con tanta firmeza a una serie de principios tan pedestres como satisfactorios –robozs, explosiones y, estructuralmente, tonterías varias en progresión hasta un clímax de caerse la chorra al suelo, a grandes rasgos–. Cuando han cumplido con ellos, cuando ha entendido que para ser enorme hay que ser sencilla –El Lado Oscuro de la Luna es el mejor ejemplo- he perdonado alegremente todos sus pecados. Pero cuando no lo hace – como sucede en La Venganza de los Caídos o esta que nos ocupa – recuerdo los catastróficos errores que han plagado todos, absolutamente todos, los episodios de estas entregas.

Transformers odia el riesgo. Lo odia. Tiene cero interés en arreglar lo que no está roto. Viene al caso especialmente en esta última entrega: a pesar del cambio de reparto humano, a pesar del cambio de diseño en sus personajes robóticos, da la sensación de que has regresado a 2007. Cualquier evolución –la principal: su progresiva y agradecida inclinación hacia la ciencia ficción– que haya podido registrar la serie parece accidental. No hay ninguna sensación de progreso: se trata de una repetición de situaciones en un nuevo escenario. Y el miedo a los cambios en Transformers se ve claramente en la trama de este film, que se dedica a introducir tantas variantes sin propósito alguno que alcanza unos niveles de confusión de la puta hostia. Lo de Transformers 4 no es un guión, es la Configuración del Lamento hecha papel y si lo resuelves aparece un cenobita y te arranca el pepino de un bocado. Pero para los y las valientes, aquí va un croquis orientativo que intenta aclarar los entresijos de un film protagonizado por robots que se transforman llamados Transformers y en el que se busca un mineral llamado Transformio. Para empezar.

TRANSFORMERS-TOTAL

Y para agravar la cuestión, resulta que La era de la extinción es un film especialmente incómodo en los momentos en que Michael Bay y su enfermiza comprensión de lo que debería ser un entretenimiento juvenil e inofensivo entran en juego. La mecánica es muy simple: a Bay no le importan los personajes, nunca los ha trabajado desde el guión, así que los caracteriza a base de instinto desde el set, con horrendos resultados, porque la forma en la que Bay entiende la realidad choca diametralmente con una producción juvenil de estas características. Se da la circunstancia no obstante de que Transformers 4 es la película más esquizofrénica de las cuatro. Pretende ser al mismo tiempo la más triste (“Optimus Prime hasta las narices de la Humanidad”), la más radical (se acabaron las figuras positivas en las fuerzas de seguridad estadounidense, ahora reducidas a un equipo de operaciones negras liderado por Titus Welliver) y la más edulcorada (“Familia unida salva el mundo”). Todo ello se traduce en un mal viaje de ácido, que comienza con una operación de genocidio contra los autbots –salvadores del mundo en la entrega anterior– que ha convertido a los supervivientes, entre ellos su líder, Optimus Prime, en prisioneros de la PARANOIA y de la PSICOSIS, mientras el concepto de la posesión, habitual en el director y que tan espléndidos resultados da en Dolor y Dinero, es representado aquí en una turbia y opresiva relación de dominio entre el protagonista humano, Cade Yeager (Mark Wahlberg), y su hija Tessa (Nicola Peltz) un personaje demasiado infantil –17 años según el film– como para ser sexualizado, cosa que sucede habitualmente durante la primera media hora del film. Es perturbador.

En descargo de su realizador, me sigue asombrando la forma en la que Bay soslaya estas barbaridades hasta conseguir que casi parezcan irrelevantes. Y en cierto modo me parece ilegítimo caracterizar a Transfomers 4 como una película moralmente repugnante cuando no es ni mucho menos una prioridad. Cuando se meten en faena, todas las películas de Transformers, y esta no es una excepción, tienen un concepto sano de la diversión. Los desmanes de Bay se convierten en apuntes incómodos. Cade Yeager podría ser Bernarda Alba o podría llevar un burdel. Optimus Prime podría ser un antihéroe, un mártir o un superviviente. Cuanto menos relevancia tiene el “personaje”, más alta es la probabilidad de que el actor que lo interpreta se dedique a divertirse y a llevarse la función de calle, como Welliver, Grammer o Tucci. Dan igual las caracterizaciones porque a efectos prácticos los propósitos del film serían exactamente los mismos: acción sin tregua. La interpretación de Wahlberg es de “estrella”: presencial, sin matices y completamente profesional, impávido ante el hecho de que su personaje pasa de inventor fracasado a superaction hero y es ejemplo de que Transformers está completamente dispuesta a sacrificar mil cosas a cambio de defender sus principios. Es la opción que ha escogido y no pide disculpas por ello.

© Paramount Pictures

© Paramount Pictures

Y no hay momento en el que Bay lo tenga tan claro como en la gran secuencia de acción a mitad de metraje, donde sale a relucir el maravilloso entendimiento entre Bay y su director de fotografía, el iraní Amir Mokri, traducido en el film más colorido y vibrante de la saga, y en el proverbial dominio del que hace gala su realizador a la hora de comunicarnos la sensación de vértigo. El momento en el que Wahlberg, Peltz y Reynor tienen que atravesar un estrecho puente hacia la azotea de un rascacielos encoge las pelotas como no recuerdo desde… desde Transformers 3. Es connatural al estilo de un realizador que se mueve con picados y contrapicados, que siempre busca la altura y el hecho de que buena parte de la secuencia transcurra a bordo una gigantesca nave espacial da fe de ello, por no mencionar que trasladan al film al agradecido terreno de aventura galáctica.

Me ha hecho falta cuatro películas para entender que cuánto más “arriba” transcurre Transformers, mejor nos lo pasamos todos. No es extraño, por tanto, que la mejor escena de la película sea la pelea entre Wahlberg y Welliver en los altos de la fachada de un apelotonado edificio de apartamentos, que reúne todas las características previas: colorida, dinámica y sorprendente. Son imágenes diseñadas para ser disfrutadas en la pantalla más grande posible y es el mejor cumplido que puedo dedicar a Michael Bay como realizador de entretenimientos, faceta en la que sus habilidades siguen intactas.

Es más, lo hace tan bien que lo repite veinte minutos después. Y llegados a este punto, a las dos horas de película, los resultados no son los mismos porque ese atrapadedos que tiene por trama le castiga hasta el punto de que a Bay se le abren más frentes de los que puede controlar. El Macguffin. El equipo de operaciones secretas. Lockdown. Galvatron y sus secuaces. Los Dinobots (salvajemente infrautilizados). El cameo de un actor chino. El cameo de una actriz china. Y por supuesto la pertinente ración de explosiones. Individualmente funcionan – la pelea entre Wahlberg y Welliver transcurre precisamente aquí– pero todas sumadas se convierten en una sobrecarga bestial que aparece a los 120 minutos de film y que supone una prueba de saturación, frente a la sencillez del clímax de la tercera entrega.

Y para un film que vive y muere por esto, y sumado al hecho de que se trata del clímax, es un problema de consideración porque Transformers se mueve desde hace siete años en conceptos muy limitados y uno de ellos es “gánatelos con el final”. La mayor ventaja de tener unos pilares tan simples es que son más fáciles de cumplir (¿la lógica interna ha sido algún problema para los aficionados de esta saga? No.) Pero en el momento en el que fallan, terminas recordando lo que hay detrás: que solo con haber pagado los euros de la entrada la película ya ha cumplido su propósito. Solo quería las cosas simples. Solo quería cosas idiotas. Solo quería salir con un buen sabor de boca. No hay franquicia más honesta que Transformers, pero tampoco no hay otra más cruel cuando no responde del todo a sencillas expectativas. Es el precio de pedir tan poco.

You had one fucking job.


Michael Bay | Ehren Kruger | Amir Mokri | Roger Barton, William Goldenberg, Paul Rubell | Ian Bryce, Matthew Cohan, Tom DeSanto, Lorenzo di Bonaventura | Michael Bay | Mark Walhberg, Nicola Peltz, Titus Welliver, Kelsey Grammer, Jack Reynor, Stanley Tucci, Fan Bing Bing, | Steve Jablonsky | Hasbro, Di Bonaventura Picture,s Tom DeSanto/Don Murphy, Ian Bryce Productions | Paramount Pictures |
  • Lademigranciaenpersona

    Se te olvidan las de 2 policias rebeldes…

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