Críticas

Big Eyes

Tim Burton lleva cuatro años intentando reencontrarse a sí mismo y evoluciona favorablemente. Si Sombras Tenebrosas suponía un retorno a las fuentes de las que ha bebido su cine fantástico, Big Eyes es su regreso al drama tras un paréntesis demasiado largo, desde los veinte años que la separan de su mejor película y salvando los flirteos esporádicos de Big Fish. Traigo buenas noticias: los problemas de la película son resultado de oxidación y cierta minúscula falta de confianza pero nunca de incompetencia. Burton, simplemente, no está muy seguro de cuándo lanzar los ganchos de izquierda y es incapaz de controlar a una fuerza de la naturaleza como es Christoph Waltz, lo que puede desembocar en la sensación de que a la película está un poco desnortada (a veces bordea la payasada) y le falta la fuerza, la emotividad y la nostalgia de la que hacía gala su biografía de Ed Wood. Por contra, nos encontramos con una película con picos excelentes cuando se concentra en su complejo tema, aunque nunca termine de explotarlo, y en su fantástica actriz principal, dentro de lo que es siempre una narración fluida y amena, y es un precioso elogio al poder del arte como expresión del individuo.


Big Eyes es un decentísimo esfuerzo de Burton; expresión que cobra más valor conforme revisamos el camino por el que está intentando recuperar sus hechuras, que permanecen en su mayor parte intactas.


Porque Big Eyes es una película especialmente dedicada a cualquiera que haya intentado expresar sus emociones de manera artística, quien sin duda alguna se verá reflejado o reflejada en Margaret Keane, una mujer que se comunica a través de sus obras hasta el punto de que disuelve en ellas. Sus pinturas son fruto de vívidas experiencias personales que han modelado un estilo y un contenido. Y es más, suponen su manera de responder a los conflictos que, siendo tímida, apocada y, esto es importante, colocada en un segundo plano por la sociedad de la época, es incapaz de solucionar en la vida real. Big Eyes es la historia de cómo esta mujer cae en manos de un depredador, Walter, su segundo esposo, un trilero que le arrebata la propiedad de las mismas haciéndose pasar por su creador, a cambio de fama y fortuna, y con ello su identidad. Parece en principio una relación estable, porque él vende sus obras con su nombre y ella se dedica a trabajar desde una lujosa mazmorra, pero llega un momento en que la explotación de las obras va más allá del ámbito comercial y de la felicidad material: es un robo de los sentimientos de la persona. Y el dolor se hace insoportable.

© The Weinstein Company

© The Weinstein Company

Big Eyes rodea este poderosísimo tema de algunos circunloquios que la debilitan –en particular, una trama entera dedicada a la opinión crítica de las obras de Keane, protagonizada por Terence Stamp, que realmente no va a ninguna parte– y tengo algunas dudas con ciertas decisiones estéticas de Burton y su maravilloso director de fotografía, Bruno Delbonnel, que dan a la película una textura quizás demasiado suave. La verdad sea dicha, el Burton “dramático” (es decir, aquí el de Sleepy Hollow no entra) me gusta mucho más con imágenes más mundanas, menos ambientales, que contrastan mucho mejor con el mundo fantástico que tiene en su cabeza. Tampoco es que sea un efecto demasiado intrusivo, pero creo que la fuerza de Tim Burton reside en abrirse paso a través de la realidad más aburrida. Delbonnel realiza una representación muy bonita del mundo real — inmaculada, de hecho, sobre el San Francisco de los años 60– pero en cierto modo disminuye el efecto de fantasía que expresan las pinturas de Keane.

Quizás la mayor expresión de que hay veces que Big Eyes no sabe qué clase de película quiere ser (¿es un cuento?, ¿es un drama pedestre con retazos de fantasía?), es Christoph Waltz, quien actúa aquí como “detonador” de Tim Burton. Es decir: la interpretación enérgica, dinámica y flat-out insane que Burton cree que necesita para impulsar la película. Tim Burton lleva tanto tiempo conviviendo con el símbolo de Johnny Depp que instintivamente su cine ha terminado necesitando de personajes grandilocuentes. Waltz rellena este vacío y los resultados son mixtos: dejando a un lado que su acento se le escapa cada dos por tres –el verdadero Walter Keane es de Nebraska, y cabe puntualizar que esto lo va a notar cualquiera que haya dado dos horas de Hi, I’m Muzzy: a Waltz solo le falta dar órdenes a una división de Panzers–, lo que comienza siendo como una interpretación calculada de un estafador acariñado con su esposa termina escapándose de las manos de Burton y del propio Waltz. Ninguno de ellos profundizan en un personaje al que los guionistas, los excepcionales Scott Alexander y Larry Karaszewski, apuntalan con un aspecto maravilloso, como es el del enamorado del arte incapaz de dibujar un árbol, lo que degenera en la consiguiente envidia de la habilidad de su esposa para impactar genuinamente al espectador. Walter Keane, en resumidas cuentas, es un villano de opereta que aplana el film y que le priva de fantásticas ventajas.

Ventajas que proceden del propio Burton, quien entiende a la perfección la figura de Margaret Keane y dirige a Amy Adams con mano maestra en una interpretación muy dolorosa y de gran inteligencia. Burton podría haber manejado este ángulo trágico con el exceso que distingue a la parte de Waltz, pero la mano izquierda con la que guía a su actriz principal y cimiento de la película demuestra que sigue siendo un director de actores de categoría: no se le escapa ni una nota en falso y el impacto es tremendo. Minuto a minuto asistimos a la despersonalización de una mujer que ha entregado, por pura ingenuidad, lo más íntimo de sí misma. El personaje de Margaret Keane es una maravilla de diseño, está configurada para ser el estereotipo de una mujer censurada de los años 60 –el pelo rizado, su voz timorata, el perpetuo cigarrillo en la mano, su adición al alcohol–, pero Burton, Adams, Alexander y Karaszewski conspiran constantemente para hacerlo pedazos. Es un viaje en silencio, expresado a través de miradas y planos cortos, bastante degradante en algunos momentos y muy poco dado a las explosiones emocionales (no hay ninguna escena del film en el que Adams solicite explícitamente una nominación al Oscar; enésima prueba de que estamos ante una actriz de éxito tardío que agradece lo que tiene con espléndidos resultados), en el que Burton demuestra, o una de dos, que le quiten lo bailao porque su calidad en la silla de director permanece intacta o b) la opción más favorable, que ha vuelto a encontrar el pulso y a día de hoy está preparado para todo siempre y cuando el sistema se lo permita.


Tim Burton | Scott Alexander, Larry Karaszewski | Amy Adams, Cristoph Waltz, Jon Polito, Krysten Ritter, Jason Schwartzman, Danny Huston, Terence Stamp, Madeleine Arthur | Danny Elfman | Bruno Delbonnel | JC Bond | Rick Heinrichs | Jamie Patricof, Bob Weinstein, Harvey Weinstein, Katterli Frauenfelder, Derek Frey | Tim Burton, Scott Alexander, Larry Karaszewski | Silverwood Films, Electric City Entertainment, Tim Burton Productions, The Weinstein Company | EOne Entertainment |

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