Críticas

¡Ave, César!

Sólo los hermanos Coen podían concebir a la vez un homenaje sincero al mito y una sátira desmitificadora de la época dorada de los grandes estudios hollywoodienses y salir indemnes (yo diría que incluso triunfantes). ¡Ave, César! es eso y mucho más: es también una antología de estilos y géneros, una fábula existencialista, una reflexión irónica sobre las contradicciones presentes en ideologías y religiones… y aún así también puede ser asimilada como una comedia meramente disfrutable e insustancial, con grandes valores de producción y un reparto estelar.

Es muy probable que la mezcla de estilos, tonos y líneas narrativas y la falta de un foco claro hayan provocado que la película fuera recibida de manera tibia en la apertura de la Berlinale y que la mayoría de críticas que se pueden leer en imdb.com estén absolutamente polarizadas. Al fin y al cabo lo que componen los Coen es un concierto de jazz bien interpretado y aparentemente inconexo que puede tener sentido o no en la mente del espectador dependiendo de la capacidad de penetración individual de los matices y del subtexto. La fórmula de la cinta es, como decía, una pura paradoja, porque probablemente sea la comedia más blanca (bueno, dejémoslo en menos negra) y accesible de los realizadores y guionistas de Fargo, y al mismo tiempo una de las más personales y profundas, ya que parecen estar jugueteando con el origen de su identidad como cineastas y con la naturaleza de la fe en sentido global, no solo religioso.

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El eje central de la trama es Eddie Mannix (un sobrio e impecable Josh Brolin), el jefe de los estudios Capitol Pictures (sí, los mismos de Barton Fink) a principios de los años 50. Mannix es lo que en la jerga de Hollywood se conoce como fixer, es decir, el encargado de lidiar con los excesos y devaneos de las estrellas, el que vela para que los múltiples rodajes cumplan con calendarios y presupuestos, y el que brega con la prensa para mantener la reputación y honorabilidad del estudio. Su principal foco de stress es ¡Ave, César!, una mega producción al estilo de Ben-Hur o Quo Vadis, cuyo finalización se complica cuando su protagonista (George Clooney, canalizando con gracia a Clark Gable y Robert Taylor) es secuestrado por una misteriosa cábala.

Con este material los Coen ya podrían construir un Ladykillers y pasar página, pero aquí son más ambiciosos. La atención se compartimenta y se divide en las otras producciones, entre las que hay westerns, espectáculos acuáticos, dramas de alta sociedad y musicales tipo Bernstein. Cada rodaje dentro de la película es tratado con absoluto mimo y cuidado en el detalle (con el maestro Roger Deakins al timón de la fotografía), para que transpire al máximo el espíritu de parodia-homenaje a una manera de hacer cine disparatada y fascinante que nunca se repetirá. Y para ello cuentan con una buena muestra de los más granado del star-system actual: Scarlett Johansson encarna a una versión de Esther Williams con matices de Loretta Young, Ralph Fiennes parece hacer lo propio con George Cukor, y Channing Tatum resucita a Gene Kelly, entre otros.

Está especialmente conseguida la secuencia abiertamente homoerótica inspirada en Un día en Nueva York en la que Tatum baila claqué junto un grupo de integrantes de la marina en una última noche de juerga antes de volver al servicio. Igual de genial es el momento en el que el personaje de Fiennes, sacando a relucir esa brillante vis cómica que exhibió en El Gran Hotel Budapest, se las ve y se las desea para enseñarle dicción al paleto interpretado por un colosal Alden Ehrenreich, en uno de los gags más exquisitos de la filmografía de los Coen.

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Hay espacio también para resaltar el papel de los editores y los periodistas del cotilleo de la vieja escuela, con una hilarante Frances McDormand que cuenta con una sola escena para romperlo y una Tilda Swinton que se desdobla para gozo de todos.

Todo ello puede ser disfrutado a un nivel básico, pero lo que hace que la película llegue a otra nivel es la inteligentísima contraposición de los tres grandes sistemas de creencias del siglo XX: el capitalismo, el comunismo y la religión. Cuesta explicar como lo hacen sin desvelar muchos detalles, pero se puede decir que la contraposición está integrada impecablemente en el filme y que ninguno de los sistemas sale demasiado bien parados. Una conclusión que se extrae es que en el frágil castillo de naipes de creencias e ideologías que la humanidad ha creado, encomendarse al arte y al cine, aunque sean un reflejo absurdo de una realidad y existencia ya de por si absurdas, es de las pocas cosas que parecen tener sentido.

La heterodoxia de ¡Ave, César! puede destinar a la película a despertar admiración, animadversión e indiferencia a partes iguales, pero mi impresión es que, cuando el bosque se despeje, el sector reivindicador crecerá cada vez más.


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