Críticas

High-Rise

“Al final, ha sido una fiesta de niños que se nos fue de las manos”, rumia uno de los personajes de High-Rise, una frase que resume a la perfección la película más ambiciosa de su director, Ben Wheatley, en la que sitúa una de las características fundamentales de su cine — la falta de afecto por una clase media británica caracterizada por su indolencia, sus delirios de grandeza y su seguidismo — en el marco de un ciclo revolucionario en tres fases: nos enfadamos, nos desbocamos y finalmente regeneramos con la intención de construir algo nuevo y mejor. Wheatley realiza dos aportaciones: primero, la eliminación de todo rastro de cordura (la película comenzó a cuadrarme cuando asumí que todos sus protagonistas son unos dementes, aunque algunos sean más dementes que otros) y segundo, un énfasis muy marcado en el segundo paso. Tanto, que de hecho está a punto de anular la cierta mano izquierda que hay que tener incluso en películas como esta, empeñada por momentos en batir récords de cafradas.

Por ello, siento que High-Rise lo pasa condenadamente mal a la hora de intelectualizar el espectáculo nihilista de destrucción, canibalismo y orgías todos los días donde está más cómoda y prácticamente se instala, PERO como espectáculo nihilista de destrucción en sí mismo — y como la comedia negrísima en la que se ampara para transmitirlo — me funciona bastante, no completamente pero sí bastante, merced a su energía, a su extraordinario diseño de producción, al compromiso de sus intérpretes a la hora de seguir el juego, a su particular uso del lenguaje, al odio cerval que exhibe por todos y cada uno de sus personajes, y a su falta de complejos para enseñarnos un retablo de degradación que se han buscado los pobres inquilinos protagonistas. Necesito ducharme después de verla, pero mientras tanto, no regrets.

© Film 4 - HanWay Films

© Film 4 – HanWay Films

High-Rise es la historia de una revolución pero no es la clase de revolución de las que acaban con Immortan Joe descuajaringado en el principio de un futuro nuevo y mejor para los desharrapados, sino que es una gigantesca pataleta protagonizada por un grupo de endeudados inquilinos de un apartado y visualmente abominable rascacielos de lujo al que llegaron por vivir por encima de sus posibilidades, contra unas élites gobernantes que imponen pequeños y arbitrarios gestos de tiranía — ahora te sifoneo la luz para montar bacanales, ahora flirteo con tu mujer — algunos por el mero deseo de catar los sencillos placeres de “la gente corriente” y otros para demostrarles quién está verdaderamente al mando. En la vida real no pasaría de perpetuo descontento; en la sociedad utópica que nos presentan Wheatley y Ballard, un supuesto oasis de placer en una tétrica Inglaterra de finales de los 70 marcada por el ascenso de Margaret Thatcher, (cuyos discursos se introducen de manera ocasional en la película) es una olla a presión y terreno abonado para la catástrofe. Y cuando revienta, lo hace de manera esperpéntica.

El humor demente se debe a que Wheatley se apega al principio de que la cordura y el elitismo son incompatibles y el hecho de que el conflicto de clases que nos propone transcurra a un nivel tan alto le da carta blanca para consentir atrocidades de todo tipo — canibalismo, violación y tortura, por decir las primeras que se me vienen a la cabeza –. Es una lección que mi director favorito a la hora de contarme lo que es la Clase, Luchino Visconti, me enseñó desde 1969 y que parece seguir teniendo cierta validez hoy. “La moral personal ha muerto porque somos una sociedad de élite donde todo está permitido”, decía en La Caída de los Dioses. Es una lección que el narrador de la película, nuestro guía, el doctor Robert Laing, conoce a marchas forzadas mientras pivota sin control por los estamentos del edificio en un esfuerzo para integrarse tan infructuoso que acaba convirtiéndose en amigo de todos, íntimo de ninguno. Hiddleston abandera un conjunto de interpretaciones uniformemente espléndidas que se dividen en dos clases: personajes aletargados que se infectan en silencio del horror — una actuación “pasiva”, muy difícil, que tanto Hiddleston como Miller como Moss solventan con gran fortuna — y ejercicios de histrionismo (Evans, Irons y un James Purefoy que está a punto de robar la película) en manos de personajes que entablan ocasionalmente largas divagaciones que progresivamente pierden sentido conforme se desmoronan sus interlocutores. Esta clase de actuaciones convierten a High-Rise en una experiencia visceral y satírica, acentuada gracias al hecho de que Wheatley establece una escala de las numerosas atrocidades que suceden en la película, donde las más repulsivas ocurren fuera de plano y las que ocurren delante de nuestros ojos, atrocidades igualmente, son exageradas y distanciadas hasta casi el grado del fetiche. El hecho de que Wheatley abra la pelicula con una de ellas es una declaración de intenciones de una película que tiene muchísimo más interés en expresar el horror por encima de sus causas y de sus consecuencias que contar una historia con una progresión dramática tradicional.

Esto es el horror explícito. Del implícito se encarga un prodigioso diseño de producción que habla a gritos sin decir nada. El propio Wheatley — a través de sus storyboards y su director de arte, Mark Tildesdey, hacen del rascacielos un monumento a la banalidad cuya única misión artística es hacerte perder la chaveta. El rascacielos forma parte de un proyecto a medio acabar que consta de cinco edificios hasta completar una especie de garra, construido a base de hormigón, con supermercados repletos de marcas blancas, con un monótono hilo ambiental pseudoclásico de ascensor subrrepticiamente construido por Clint Mansell, repleto de estructuras brutalistas y pasillos idénticos que se repiten con tanta insistencia que terminan formando un vacío que ni siquiera las fiestas que montan sus inquilinos son capaces de llenar. Es una mitad homenaje, mitad “fuck you” a la terrorífica y claustrofóbica década británica de los 70, dominada por edificios como el Barbican, o la torre de Trellick, por Orwell y las neurosis y parodiada hoy en día en blogs como Scarfolk y es absolutamente brillante: es un lugar tan atroz que consigue venderte la idea de que ha nacido para ser destruido.

© HanWay Films / Mark Tildesley

© HanWay Films / Mark Tildesley

Si a todos los elementos destinados a hacer de High-Rise una experiencia muy marcada nivel emocional — sus interpretaciones, su violencia, sus personajes, su diseño visual, su uso de las palabras y el desprecio generalizado de su director por todo lo que se mueve y respira, especialmente perros, no me preguntéis por qué — sumamos la inclinación natural de Wheatley por la violencia, hay un momento en el que parece perder el control sobre una película que, realmente, nunca tiene un interés especial por definirse entre un relato de precaución, una barrabasada o, como apunta en sus momentos finales (donde realmente siento que la película se me queda corta, por las ideas de género que deja entrever y por las que parece pasar de soslayo), un relato de ficción especulativa puro y duro sobre el futuro de la especie. Y es esta indefinición por la que no termino de aceptar que High-Rise sea la película Importante que a veces quiere venderme Wheatley, quien en un par de momentos se pone serio y comunica a través de la fallecida primera ministra británica que el capitalismo es la raíz de todos los males, un momento tan forzado que acaba como una nota amarga, como el encargado que levanta la barra de metal cuando se termina la montaña rusa, y que parece demostrar que Wheatley todavía no tiene la confianza necesaria para mostrarnos valor de la destrucción por la destrucción. En su descargo, no obstante, no puedo recordar de buenas a primeras a muchos cineastas que hayan intentado tamaño desafío con tanta fuerza.


Ben Wheatley | Amy Jump (basado en la novela de J.G. Ballard) | Tom Hiddleston, Jeremy Irons, Sienna Miller, Luke Evans, James Purefoy, Elizabeth Moss, Sienna Guillory, Peter Ferdinando | Amy Jump, Ben Wheatley | Clint Mansell | Mark Tildesdey | Laurie Rose | Jeremy Thomas, Nick O'Hagan, Alainée Kent | Christopher Simon, Peter Watson, Thorsten Schumacher, Sam Lavender, Genevieve Lemal | Film4, British Film Institute, HanWay Films, Ingenious Media | Betta Pictures |
  • John Ryder

    A mí me ha gustado mucho y me ha fascinado en buena medida, si bien es cierto que, como muchos señaláis, más en lo concerniente a la parte del diseño de producción (terrorífico, deprimente y decadente… esa arquitectura británica ‘brutalista’ y laberíntica de las zonas residenciales de la época siempre me dio escalofríos y profunda tristeza), su banda sonora (bien por Clint Mansell y esa versión de Portishead del ‘SOS’ de ABBA), su atmósfera enfermiza y lo extraño, a contracorriente y atrevido de su propuesta. Algunas actuaciones me han convencido (Hiddleston y Purefoy, por ejemplo), mientras que otras me han parecido más arquetípicas y caprichosas.

    No he leído la novela de Ballard, pero sí que es verdad que he notado una alternancia entre fantásticos momentos sugeridos y otros demasiado explicitamente subrayados en su discurso. Y también he apreciado esas ralentizaciones, repetición de ideas o avance a trompicones, dependiendo del momento, en determinadas ocasiones y actos. Pero con Wheatley, a falta de ver ‘A Field In England’, ya sabía lo que esperarme en ese aspecto: no esperaba una narración convencional, poco aspera para el espectador o exenta de humor negro muy incómodo y turbio. ‘Kill List’ y ‘Sightseers’ me exasperaron y me encabronaron en bastantes momentos.

    El caso es que, en el computo global, con ‘High-Rise’ pongo
    sus virtudes, aciertos y aspectos singulares por encima de su exceso de metraje, su ocasional arritmia o sus momentos de brocha gorda o toscos. Algo parecido me pasó con ‘Snowpiercer’ o ‘Antiviral’ (aunque la película de Wheatley me parezca más rotunda), por poner algunos ejemplos. Hoy en día, viendo el cine de género que llega a las salas y los mecanismos a los que está acostumbrado el público general dentro del mismo, agradezco mucho propuestas como éstas aunque sean parcialmente fallidas o haya que pulir sus aristas.

    Y maldigo la película y le doy las gracias a la vez por volver a recordarme, una vez más (como si hicera falta), el mínimo barniz o traje nuevo del emperador que intenta ocultar chapuceramente el primitivismo, la violencia desaforada y la laxitud moral que intenta abrirse paso a mordiscos ante cualquier mínimo impulso absurdo. Realmente he acabado algo turbado tras su visionado. Venga esa ducha con lija del 7.

    Muy buena crítica, Rafa.

  • KonatinaIII

    Después de verla solo puedo decir que prefiero el libro,no es que esté mal hecha ni mucho menos, el diseño visual recuerda a Kubrik, pero la idea principal se pierde un poco es como “Zachu Snyder” que quiere contarte algo mas de lo que ves pero te pierdes en las imágenes molonas

  • Dave Sancho

    Pues no está mal. Me ha hecho reir en más de una ocasión, y Luke Evans está glorioso sí. Aunque es cierto que la segunda hora se hace pesada

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